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Menos bromas y más ciencia: los ovnis (y el COVID) obligan a los espías a reinventarse

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Llevábamos mucho tiempo sin saber nada realmente interesante —desde el punto de vista informativo— sobre posibles platillos volantes (también conocidos como ovnis, ufo o uap) hasta que, a finales de junio, los servicios de Inteligencia estadounidenses publicaron un informe que, sin dar la vuelta al mundo, sí que despertó cierta curiosidad (en la prensa estadounidense tuvo mucho más recorrido). El documento, con un parte desclasificada —apenas 9 páginas— y otra clasificada —de la que está por ver si sabremos algo alguna vez— ha sido elaborado por las más importantes agencias de defensa, inteligencia y científicas de Washington.

El NYT desveló que el Pentágono había iniciado tiempo atrás, en 2007, un Programa de Identificación de Amenazas Aeroespaciales Avanzadas

Este sainete cósmico arranca con una investigación realizada por The New York Times. El periódico desveló que el Pentágono había iniciado tiempo atrás, en 2007, un Programa de Identificación de Amenazas Aeroespaciales Avanzadas, con un presupuesto de 22 millones de dólares, una cifra irrisoria —pero nada despreciable— al lado de los 600.000 millones con los que cuenta el Departamento de Defensa. El programa secreto, liderado por Luis Elizondo, un funcionario de inteligencia militar, comenzó a funcionar en 2007 gracias a la solicitud de Harry Reid, senador demócrata de Nevada y una persona desde siempre muy interesada por los fenómenos espaciales, según narra el NYT. Gran parte del dinero para llevar a cabo esa investigación fue a parar a manos de Robert Bigelow, director de Bigelow Aerospace, amigo de Reid y conocido por haber diseñado módulos inflables como el que tiene la Estación Espacial Internacional (ISS).

El NYT pregunta al Pentágono y los funcionarios reconocen la existencia del programa, aunque insisten en que la iniciativa solo permaneció activa cinco años, hasta 2012. Elizondo, quien dimitió en octubre de 2017, sostiene que lo único que terminó fue la financiación del Gobierno y que la investigación siguió su curso. En su carta de renuncia mostró su malestar por las limitaciones que se impusieron al programa y pide que se preste más atención a “todos los informes de la Marina y otros servicios que han experimentado interferencias en plataformas de armamento militar causadas por sistemas aéreos inusuales con un despliegue de capacidades muy superiores a las de la generación actual de aeronaves”.

Estados Unidos había vuelto a investigar aquellos fenómenos que se producían en sus cielos, sesenta años después de la fiebre que vivió el país por los platillos volantes desde 1947

El programa recopiló grabaciones de vídeo de objetos extraños volando a velocidades muy altas, rotando y en dirección contraria al viento. Estados Unidos había vuelto a investigar aquellos fenómenos que se producían en sus cielos, sesenta años después de la fiebre que vivió el país por los platillos volantes desde 1947. Una fiebre que terminó con el ‘Informe Condon’, llamado así en honor a su director, el físico Edward U. Condon, que dictaminó, en 1968, que en 20 años del estudio del fenómeno ovni «no ha aportado nada al conocimiento científico» y que no merecía la pena prestarle más atención. También recomendó que no se creara un programa gubernamental para investigar reportes de ovnis.

La existencia de esta nueva investigación deja en evidencia a los creadores del ‘Informe Condon’. Estados Unidos vuelve a abrir el melón de los fenómenos extraños y en esta ocasión parece dispuesto a llegar más lejos que en anteriores ocasiones. Cuando Trump firma el proyecto de ley de alivio y financiamiento gubernamental por el coronavirus con 2.300 millones de dólares, se estableció una cláusula mediante la cual las agencias de inteligencia de EE. UU. contaban con 180 días para informar al Congreso sobre lo que sabían realmente de los ovnis. La directiva de la comisión de inteligencia del Senado señaló que el informe resultante no debía estar clasificado, pero que podría tener un anexo que sí que lo estuviese.

A finales de junio llegó el esperado día. Los servicios de Inteligencia publicaron el informe y sus conclusiones no podían ser más desalentadoras: no hallaron respuestas para explicar los avistamientos inusuales producidos entre noviembre de 2004 y marzo de 2021. No hay explicación para los 144 informes originados por las agencias gubernamentales. Además, el documento reconoce que al menos 18 incidentes son fenómenos aéreos con patrones y vuelos irregulares, objetos que permanecían inmóviles ante fuertes vientos o que realizaban maniobras abruptas a grandes velocidades sin medios de propulsión. De ser tecnología desarrollada por humanos está lejos de las capacidades de Rusia, China u otras naciones.

El informe no saca conclusiones porque los datos son inconclusos y limitados, ya que se recopilaron cerca de campos de prueba o de entrenamiento militar, por lo que la información obtenida podría ser el resultado de un sesgo de recopilación. El documento, en definitiva, al no ser tajante en ningún sentido, deja hueco a todo tipo de explicaciones y de conspiraciones. Es más, Defensa establece cinco categorías para clasificar los fenómenos: tecnología secreta desarrollada por una potencia adversaria; tecnología estadounidense clasificada; un fenómeno natural; desórdenes en la atmósfera; y, por último, ‘otra categoría’, donde se podría incluir la tecnología extraterrestre.

Inteligencia se ha comprometido no solamente a realizar un mayor esfuerzo para mejorar las técnicas de recopilación de datos —es decir, emplear tecnología más avanzada— para proporcionar al Congreso información periódica y más sofisticada, sino a intentar quitar el estigma sobre este tema para poder aglutinar datos más fiables. Ya en 2019, como informó Politico, la Armada preparó nuevas directrices para que los pilotos y todo el personal pudiesen informar de los encuentros con «aviones no identificados», para así recoger y analizar los avistamientos inexplicables y desestigmatizarlos. «Por cuestiones de seguridad y protección, la Marina y la Fuerza Áerea de los Estados Unidos se toman estos informes muy en serio e investigan todos y cada uno de ellos», explicaron a la publicación. Tras el informe, Defensa prácticamente obliga a todo el personal militar que tenga un encuentro a reportarlo en un plazo de dos semanas.

Ni sí ni no, sino todo lo contrario

Esta actitud de ni confirmar ni desmentir roza con la desinformación. Es una forma de seguir dando pábulo a un asunto que lleva generando portadas de periódicos, novelas, películas e incluso diagnósticos de esquizofrenia desde hace más de 70 años, cuando el piloto Kenneth Arnold afirmó haber visto un ovni mientras se encontraba a bordo de una avioneta CallAir A-2 buscando una aeronave militar extraviada. Aquel incidente, que si bien no fue el primero, fue ampliamente divulgado por diferentes agencias de noticias.

Nuestras sociedades, democráticas, abiertas y liberales, dependen de debates públicos basados en informaciones transparentes y veraces, principalmente en un momento como el actual en que las opiniones son sagradas mientras que los hechos son opinables. Hoy cada uno puede construir su propia verdad en función de sus creencias y/o prejuicios. Pero pasar del frenopático a la seguridad nacional en apenas unas décadas es propio de un desconcierto y de una falta de explicaciones oficiales –más que de un intento de ocultar nada– que es alarmante.

Señala Julia Alicia Olmo y Romero, embajadora en la Misión Especial para las Amenazas Híbridas y la Ciberseguridad, dependiente del Ministerio de Asuntos Exteriores, en Desinformación: concepto y perspectivas, que «la desinformación puede definirse como la difusión intencionada de información no rigurosa que busca minar la confianza pública, distorsionar los hechos, transmitir una determinada forma de percibir la realidad y explotar vulnerabilidades con el objetivo de desestabilizar». Estas líneas no pretenden justificar que Defensa o los servicios de Inteligencia de EE. UU. pretenden desestabilizar su propio país, simplemente busca subrayar que esta —llamémosla así— ‘desidia explicativa’ merece su punto final.

Y lo merece porque la cantidad de información publicada y nunca confirmada sobrepasa cualquier teoría de la conspiración. Nunca antes ha habido tantas fuentes de alto nivel hablando de un tema aún sin confirmar. Mitt Romney, senador republicano por Utah: «Imagino que cualquier cosa puede ser posible» (CNN); el expresidente Barack Obama, sobre los vídeos desclasificados: «Lo que es cierto, y voy a ser verdaderamente riguroso aquí, es que hay imágenes y vídeos de objetos en los cielos que no sabemos realmente qué son» (CBS).

El papel de los servicios de Inteligencia: faltan científicos y una buena reinvención

Por el hueco de las dudas que deja la falta de confirmación, no es descabellado pensar que estamos ante una amenaza para nuestra seguridad. Siendo asépticos y tomando como referencia las informaciones oficiales y las palabras de representantes políticos, lo que sabemos es lo siguiente: se han detectado objetos o fenómenos en nuestros cielos y no hay una explicación viable. ¿Pueden chocar con esta presunta amenaza un avión comercial o un vuelo de la Fuerza Aérea? «Este informe es un primer paso para catalogar estos incidentes, pero solo un primer paso. El Departamento de Defensa e Inteligencia tienen mucho trabajo por delante antes de que podamos comprender realmente si estas amenazas aéreas representan un problema de seguridad nacional grave», dijo Marco Rubio, vicepresidente del Senado.

El viejo espionaje no funciona para explicar ciertas cuestiones. Los servicios de Inteligencia de Estados Unidos son muy prestigiosos y cuentan con el respaldo de la población. Sin embargo, se les acumulan asuntos a los que no pueden dar carpetazo, como el verdadero origen del coronavirus (la Casa Blanca ha dado órdenes a Inteligencia para que presente a finales de verano un informe para aclarar cómo empezó esta pandemia realmente, ya que hay dudas sobre si el virus se creó y salió de un laboratorio), la aparición de ovnis o los misteriosos problemas de salud que afectan a espías y diplomáticos de todo el mundo, el denominado ‘síndrome de La Habana’ para el que de momento no existe una explicación clara de cómo y qué lo origina, aunque hay científicos estadounidenses que apuntan a radiación de microondas dirigida. En cualquier caso, este asunto tiene una explicación menos exótica que el fenómeno ovni y apunta a potencias extranjeras como las causantes de este mal.

Cuenta el New York Times que el espionaje tradicional no ha logrado avances significativos en esas investigaciones, por lo que el personal se está dando cuenta de que necesitan nuevos conocimientos o nuevos perfiles. Profesional científico, con experiencia en machine learning e inteligencia artificial y gente joven que sea capaz de tener una visión renovada.

Nos encontramos en un momento crucial en el que el Covid-19 y la transformación digital han impulsado un cambio radical de paradigma a todos los niveles. Para responder a las preguntas del hoy y de este nuevo momento en el que nos encontramos hace falta más ciencia y más digitalización, y menos de los viejos trucos de siempre. Los servicios de Inteligencia de Estados Unidos han comprendido este cambio y están renovándose. ¿Serán capaces de dar respuestas a los grandes retos que tienen encima de la mesa?

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