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Nacionalismo antieuropeo

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Nacionalismo antieuropeo 1

Cuando acabó en 1945 la Segunda Guerra Mundial, el régimen alemán, nacionalsocialista, derrotado por los Aliados –las democracias occidentales y Rusia—, fue lógicamente responsabilizado de la gran tragedia. Existía el riesgo de que, como ya ocurrió con el Tratado de Versalles después de la Primera Guerra Mundial, la humillación de los derrotados terminase provocando a medio plazo el resurgimiento de agresivos nacionalismos y un inexorable rencor que un día u otro se convertiría en intento de desquite. Por ello, las mentes más lúcidas de Europa propusieron para evitarlo una política de alianzas, cooperación e integración. El primero en sugerir tal idea fue Churchill, poco después del armisticio, pero quien efectuó la primera propuesta concreta fue Robert Schuman, ministro francés de Exteriores, quien en 1950, en una famosa Declaración, sugirió el establecimiento de una autoridad común a la que se sometieran las industrias del acero y el carbón –es decir, las armamentísticas entre otras— de los países que se adhirieran a la idea. La propuesta fue aceptada de inmediato por el canciller de Alemania, Adenauer, y en 1951 se firmaba en París el tratado de la CECA, la Comunidad del Carbón y del Acero formada por Alemania, Francia, Italia y los tres países del Benelux.

Hubo grandes debates sobre cómo debía producirse la integración de la naciente Europa entre federalistas y funcionalistas, entre Altiero Spinelli y Jean Monnet. Como ha explicado Rubio Llorente con clarividencia, ese debate concluyó con los Tratados de París (1951) y Roma (1957) y el triunfo de las tesis de Monnet, a quien, en palabras de Spinelli, corresponde por eso el mérito de haber puesto en marcha la unificación de Europa y la culpa de haberlo hecho por un camino equivocado. Los términos de la opción siguen siendo hoy los mismos: Federación o Comunidad; Estado Federal o Unión de Estados.

En resumidas cuentas, la integración de Europa, primero Mercado Común, después Comunidades Europeas, hoy Unión Europea extendida sobre 27 Estados (28 con el Reino Unido de salida), se llevó a cabo para  rectificar el rumbo previo, caracterizado por la confrontación de identidades nacionales, por la rivalidad agresiva entre culturas, de forma que los viejos patriotismos, desacreditados, dieron paso al que mucho después de haberse implantado se llamaría patriotismo constitucional, en el que fraternidad se basa en la comunidad de creencias y en el disfrute de las mismas libertades, y no en la reivindicación territorial o en el lucimiento de determinadas características étnicas, como antaño.

Por eso, el resurgimiento del nacionalismo en Europa es incompatible con la existencia de la Unión Europea, y ello explica también la hostilidad de Bruselas a la aventura secesionistas del nacionalismo catalán.

Sucede sin embargo que, en el marco del racionalismo cartesiano, cuando las expectativas creadas no responden a la realidad, se revisa esta si se sigue pretendiendo mantener aquéllas. El nacionalismo populista hace lo contrario: cuando la realidad, siempre terca, se resiste a la manipulación, se cambian las expectativas, los objetivos, los valores.

Esto es lo que ha sucedido con el nacionalismo catalán, después de comprobar que la Unión Europea no aceptaba en absoluto sus planteamientos ilegales, inconstitucionales y por tanto antidemocráticos, y luego de constatar que el unilateralismo rupturista no era en absoluto inocuo económicamente: en lugar de revisar las posiciones propias a la luz de las críticas prácticamente unánimes, la solución que han arbitrado los mediocres líderes que han dirigido el proceso ha sido la imaginable: repudiar la Unión Europea. Para ello, no han vacilado en acusarla de no reaccionar ante las “violaciones de los derechos humanos” que supuestamente padecen los independentistas, obligados con inaudita crueldad… a cumplir las leyes democráticas que nos hemos dado entre todos.

Puigdemont, padre espiritual de este espectacular viraje, ha tenido que escuchar las acusaciones más obvias y veraces: su posición antieuropea es la misma que mantienen, con idénticos o muy parecidos argumentos, los partidos de extrema derecha europea, el Frente Nacional (FN) francés de Marine Le Pen, la Alternativa para Alemania (AfD) de Jörg Meuthen, el PVV de Geert Wilder, el partido austriaco UE-STOP, el Partido del Pueblo Danés, los Demócratas de Suecia y el UKIP dirigido por Nigel Farage… Todos ellos con un fuerte componente nacionalista, cuyas fuentes no están lejos del nacionalsocialismo alemán…

De cualquier modo, lo llamativo no ha sido la alineación sino el viraje: Puigdemont, en una rabieta pueril, se ha mostrado dolido porque ni un solo dirigente europeo mínimamente cualificado le ha hecho caso, después de su abrupta ruptura de la legalidad de un Estado de la Unión. Y este impúber (intelectualmente)  representante del secesionismo catalán ha optado por encalabrinarse ante la sensatez ajena. Sin caer, seguramente, en la cuenta de que la agricultura catalana sobrevive gracias a la Política Agraria Común, de que la inmensa mayoría de las infraestructuras de Cataluña han contado con financiación europea o de que no tiene ni siquiera sentido plantear una Cataluña independiente fuera de la Unión Europea… a menos que, en otra pirueta sorprendente, Puigdemont proponga la entrada de Cataluña en la Organización para la Unidad Africana. Sería, sin duda, una opción. Entre Adis Abeba y Barcelona no hay más que unas tres horas de avión.

Es evidente que la amenaza de convocar a los catalanes para que se pronuncien sobre la pertenencia a la UE es una bravata sin fundamento, pero queda perfectamente reflejado el carácter y la falta de sentido ético de quien la emite. El error, a juicio de Puigdemont y sus prosélitos, no estriba en procurar una independencia imposible, que fracturaría definitivamente una sociedad ya cuarteada afectivamente en dos mitades por la intransigente presión soberanista, sino que ha de atribuirse a quienes se niegan a semejante dislate. El Bien y la Verdad están obcecadamente de parte de quien ya se veía entronizado como presidente de la República Catalana, una ensoñación también pueril y primaria… que además de colmar el ego del mediocre político, hubiera sido el juguete de una caterva de nacionalistas y la tabla de salvación de los corruptos, con la familia Pujol a la cabeza, que hubieran encontrado sin duda la comprensión de sus conmilitones. ¿Quién podría dudar, en esta idílica República de andar por casa, que la voracidad de Marta Ferrusola, su marido y sus hijos tenía otro objeto que el engrandecimiento del patrimonio de Cataluña, frente a la avidez recaudatoria de la Hacienda española, que es por cierto la que paga las pensiones y sostiene los servicios públicos?

En definitiva, uno se permite la esperanza, ojalá que fundada, de que semejante deriva antieuropeísta termine de abrir los ojos a los catalanes. Que evitarán quedar en manos de estos ambiciosos manipuladores dispuestos a todo para alcanzar notoriedad, poder y protagonismo.

Iberia Alexa
Antonio Papell
Director de Analytiks

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