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Rusia quema las naves

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El presidente de Rusia, Vladimir Putin

El desenlace de la guerra de Ucrania –de la agresión de Ucrania por Rusia– es incierto, entre otras razones porque toda guerra en nuestro mundo globalizado es hasta cierto punto global y porque la brutalidad que se abate sobre un territorio es tan destructiva que es imposible preservar los principios humanitarios.  Pero con independencia del desenlace material del conflicto y de quien pueda considerar más colmados sus objetivos de partida, es claro que Rusia, que tuvo oportunidad de ser un actor relevante en  ese futuro globalizado sin límites en que estamos instalados, se ha disparado un tiro en el pie. Y ha quemado las naves, ya que no hay modo de regresar al punto de partida, de recuperar un pulso que se ha perdido para varias generaciones.

Rusia fue efectivamente desairada y engañada por quienes, tras el desmembramiento de la URSS, la caída del Muro de Berlín y la reunificación de Alemania, le aseguraron que la OTAN, aunque se mantendría, no saldría de los límites de la Alemania reunificada. Así lo manifestaron el presidente de los Estados Unidos y el secretario general de la OTAN, entre otros actores destacados del ajedrez mundial. Pero este incumplimiento no era agresivo. A nadie en Occidente se le hubiera ocurrido que el ‘club de las democracias’ fuese a actuar fuera de sus límites para ‘conquistar’ territorios irredentos o para corregir a democracias dudosas o mucho mejor para adherir a la causa de la libertad a vecinos díscolos. La OTAN nunca fue una amenaza real para Moscú, y hubiera sido perfectamente posible conseguir entre el este y el oeste un relajamiento fronterizo, la neutralidad de Ucrania y ciertas condiciones de desarme a ambos lados de la gran frontera.

Por el contrario, las dos agresiones brutales, la toma de Crimea en 2014 y la ocupación de Ucrania ahora, que se suman a las brutalidades cometidas en Chechenia, impedirán a Rusia conseguir un objetivo que ya no se estaba cumpliendo: ir al paso de la modernización vertiginosa que están llevando a cabo las potencias mundiales: Estados Unidos, China, La Unión Europea. Rusia no es más que un gran país con una pequeña población (en relación a los mencionados) de apenas 140 millones, que tiene un PIB algo superior al español y que ha de destinar gran parte de su presupuesto a mantener un ejército desproporcionado que, pese a todo, está irremediablemente anticuado.

Pues bien: en lugar de ayudar a salir de ese pozo, la megalomanía de Putin ha hecho de su país un paria aislado que ya ni siquiera podrá recurrir a sus recursos naturales para ir consiguiendo migajas de tecnología. La economía rusa se basa en sus exportaciones de energía y materias primas, y es evidente que Europa, su principal cliente, irá reduciendo su dependencia para no seguir en manos del intemperante vecino oriental. La decisión de Scholz de cancelar para siempre el gasoducto Nord Stream 2, que por cierto dejaba en la irrelevancia a Ucrania en su papel de puente energético entre Europa y la Federación, es bien expresiva, y cabe imaginar que en unos pocos años Rusia, que exporta más de cinco millones de barriles diarios de crudo, se quedará sin mercado: su flota de carga apenas es capaz de distribuir un millón de barriles al día, que irán hacia el Sureste asiático, único mercado que seguramente le quedará abierto.

La comunidad internacional ante Rusia

Es difícil de prever qué hará ante este desastre la Nomenklatura actual, los oligarcas, que son los administradores de los monopolios creados por Putin… Muchos de los cuales ya funcionan autónomamente, sin necesidad de ayuda del gran sátrapa. Lo cierto es que la comunidad internacional no se mantendrá de brazos cruzados ante este escándalo de unos explotadores que dispendian en los centros de diversión de Occidente lo que le roban al pueblo ruso, incapaz incluso de enterarse de lo que ocurre.

Por decirlo de otro modo, la brutalidad rusa ha roto el ensalmo que permitía a Putin jugar un papel basado en no hacer preguntas, ni mucho menos requerir respuestas. La corrupción rusa se está quedando sin los dólares occidentales del petróleo y sin el statu quo que le permitía desenvolverse con cierta respetabilidad en los foros mundiales. Hoy, Putin es un vulgar tirano y Rusia un vestigio de la guerra fría de la que hay que defenderse, que tendrá que recomenzar su instalación en el mundo en cuanto las represalias económicas hayan conseguido apagar los últimos fuegos de artificio del cruel dictador.

Antonio Papell
Director de Analytiks

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