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Sanciones de destrucción masiva

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El presidente de Rusia, Vladimir Putin

La democracia es, según una de sus definiciones clásicas, un método insuperable de resolución pacífica de conflictos. No es, pues, extraño que los regímenes autoritarios sean los que amenazan la paz global al renunciar a los sistemas de conciliación que la propia democracia ofrece y optar por soluciones de fuerza, es decir, por la guerra. Con la particularidad de que mientras existió la bipolaridad mundial, los conflictos quedaban represados por las dos grandes potencias, en tanto que al aparecer la multipolaridad actual nadie es capaz de detener determinadas confrontaciones que, aunque locales, participan de la inexorable globalización, que ofrece grandes ventajas al desarrollo y al progreso pero también plantea riesgos evidentes de extensión incontrolada de los diferendos.

La guerra de Ucrania es la primera que se produce en un territorio sensible, contiguo a la Federación rusa y a la OTAN. Y por primera vez también estamos experimentando plenamente la que parece ser ya la pauta proverbial de comportamiento de las democracias liberales frente a los regímenes iliberales: en un mundo tan interdependiente, es posible hasta cierto punto dominar a los agresores mediante sanciones económicas. De hecho, Putin conocía perfectamente que la invasión de Ucrania, por sí sola, no tendría una respuesta militar de occidente. Y en efecto, como era previsible, él y su pueblo están sufriendo la presión cada vez mayor de una serie de medidas que amenazan con sumir a Rusia en una grave y creciente depresión y a los rusos en una caída libre de su nivel de vida, que por otra parte ya no es demasiado elevado (hay que recordar que el país más extenso del mundo, con más de 144 millones de habitantes, tiene un Producto Interior Bruto apenas algo superior al español).

Putin, aupado de por vida al poder por métodos autoritarios, no está controlado por sus propios ciudadanos ni por las instituciones a su servicio; además, el orden internacional establecido no es capaz de embridar a los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU que tienen derecho a veto. De ahí que, para evitar una escalada incontrolable del conflicto, que podría degenerar incluso en un holocausto nuclear, las estructuras democráticas occidentales hayan implementado un sistema de sanciones económicas, que debería ser capaz de disuadir al sátrapa de continuar recurriendo a la violencia militar.

Este es otro método, muy imperfecto, de resolución de conflictos, pero no debería pensarse que, al no incluir la confrontación militar, se trata de un sistema incruento. Raghuram G. Rajan, exgobernador del Banco de la India y profesor de Finanzas en la Escuela de Negocios Booth de Chicago, ha publicado un artículo titulado “Economic Weapons of Mass Destruction”, en el que previene de las consecuencias, a menudo muy lesivas, de esta forma de respuesta a la violencia: “las armas económicas, posibles gracias a la integración mundial —escribe Rajan—, ofrecen una forma de eludir un sistema de gobernanza mundial paralizado. Permiten a otros poderes una forma efectiva (es decir, dolorosa) pero civilizada de responder a la agresión y la barbarie. Puede que no derriben edificios ni derrumben puentes, pero destruyen empresas, instituciones financieras, medios de subsistencia e incluso vidas. Al igual que las armas de destrucción masiva militares, infligen dolor indiscriminadamente, golpeando tanto a los culpables como a los inocentes. Y si se usan demasiado, podrían revertir el proceso de globalización que ha permitido que el mundo moderno prospere”.

Rajan advierte contra determinados riesgos de estas ”armas económicas”. En ocasiones, se abusa de ellas, como es el caso del bloqueo de Cuba por los Estados Unidos desde los años 60, cuando hay regímenes autoritarios en el mundo mucho más «iliberales» que el de La Habana que no sufren presión alguna. En otros casos, ciertas actuaciones, como las limitaciones a la mensajería financiera SWIFT, podrían desembocar en una ruptura del sistema de pagos global, con la consiguiente fragmentación de la idea misma de globalización. Además, no debe desdeñarse como dato elocuente que debe modular las estrategias el empobrecimiento de todo un país a causa del proceder de sus gobernantes.

La consecuencia de todo ello es obvia, y también la sugiere el propio Rajan: es necesario idear nuevas salvaguardias en el futuro frente al imperialismo de las dictaduras. De lo contrario, “corremos el riesgo de crear un mundo económicamente balcanizado y más pobre”. Estamos, en fin, ante un delicado deber de reflexión.

Antonio Papell
Director de Analytiks

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