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Sanciones frente a cañonazos

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El presidente de Rusia, Vladimir Putin

La guerra de Ucrania, una brutalidad injustificable cuyo alcance es todavía imposible de determinar, es una guerra antigua porque trata de afianzar un presunto imperio en franca decadencia mediante la recuperación de una zona de influencia a la vieja usanza que garantice que la añeja entidad del Estado ruso no será inquietada por la vecindad. Porque al contrario que las grandes  guerras del siglo XX, la desatada por Putin no tiene argumentos ideológicos: el centralismo del sátrapa actual no se inspira en el leninismo sino en el imperio de los zares, por más que Putin haya intentado aparentar la existencia de una democracia parlamentaria, irremisiblemente contaminada por la falta de libertades, el acoso brutal a la prensa y las artimañas que le proporcionarán un reinado vitalicio al frente de un clásico partido único que compite con algunos títeres en la representación del poder.

Aquel planteamiento zarista, que no cesó con la revolución de 1917, se exacerbó de nuevo en la etapa de la URSS, en la que el surgimiento del comunismo, convalidado por su participación en la Segunda Guerra Mundial en el lado correcto de la historia, dividió el mundo en dos hemisferios, cada uno de los cuales hizo proselitismo de su ideario e intentó formar un bloque incondicionalmente afecto a la opción correspondiente. La URSS y los Estados Unidos fabricaron potentes maquinarias militares, el pacto de Varsovia y la OTAN, y se repartieron el planeta en una especie de tratado de Tordesillas de la contemporaneidad. Hasta que la ineficiencia del comunismo y la decadencia del bloque oriental provocaron el derrumbe del modelo, la caída del Muro de Berlín y lo que Fukuyama denominó con exagerado optimismo “el final de la historia”.

Putin, un antiguo espía capaz de medrar inteligentemente y sin escrúpulos hasta la cima del poder, está tratando, y en apariencia ha conseguido, de afirmarse como el gran caudillo capaz de recomponer los pedazos dispersos de la URSS, hasta construir una gran potencia basada en tradiciones y creencias ajenas al eurocentrismo acuñado por la integración europea. La tarea no es fácil porque, a pesar del exhibicionismo ruso, la “gran” Rusia tiene un PIB algo mayor que el español —es la decimoprimera economía del mundo—, con un PIB per capita de menos de la mitad que el nuestro, y está viviendo una gran catástrofe demográfica que a medio plazo puede ser letal.

El mundo occidental ha evolucionado mucho desde 1945, y la idea de la guerra es hoy reactiva, solo concebible como respuesta defensiva a la agresión después de haber realizado todos los esfuerzos imaginables en pro de la disuasión. No cabe, por tanto, que la OTAN reaccione contra la brutalidad rusa en Ucrania, que no es territorio OTAN, por lo que solo es posible plantear la adopción de sanciones. “Sanciones devastadoras sobre Rusia ahora” que incluyan “el aislamiento completo de Rusia por todos los medios y en todos los formatos posibles” pedía esta semana el ministro de exteriores de Ucrania, Dmytro Kuleva. La retórica ha sido bien aceptada por Occidente, y tanto en Washington como en Bruselas se han alzado voces exigiendo el castigo al agresor, que manifiestamente está dispuesto a recomponer la antigua Unión Soviética, sin la menor consideración a las soberanías nacionales de los países limítrofes. Ya ha empezado a temerse que, después de Ucrania, Moscú centre sus reclamaciones sobre los Países Bálticos, que sí son ya territorio OTAN.

Rusia es uno de los primeros productores de materias primas y de energía del mundo, por lo que el confinamiento comercial del país podría suponer la paralización de la industria global

Sucede sin embargo que Rusia es uno de los primeros productores de materias primas y de energía del mundo, por lo que el confinamiento comercial del país podría suponer la paralización de la industria global. Lucas Proto, en un artículo reciente, explicaba estas cuestiones y ponía como ejemplo el del aluminio, del que Rusia es el segundo productor mundial. En 2018, los Estados Unidos se vieron obligados a revertir una serie de sanciones que habían impuesto a Rusal, un fabricante de metales industriales controlado por el oligarca Oleg Deripask, cercano a Putin, porque tras anunciarse las medidas, el precio del aluminio se disparo un 30 %. El caos fue tan notorio que las sanciones solo duraron 17 días, los que tardaron los grupos de presión del sector en hacer oír sus protestas.

No hace falta decir lo que ocurriría si Rusia dejase de exportar petróleo (es el primer productor mundial), gas o fertilizantes… Por lo que, por muy airado que esté Occidente, ha quedado ya claro que en esta ocasión las sanciones no afectarán al suministro de materias primas y energía: los castigos irán dirigidos al sector financiero del país, a los miembros del círculo personal de Putin o a sectores estratégicos. Habrá que ver sin embargo si Putin se someterá a esta selectividad o sí, al verse obligado a apretarse el cinturón, nos forzará a apretárnoslo también a nosotros. Seguramente Rusia tendrá más capacidad de resistencia a la hora de practicar la austeridad forzosa que nuestras sociedades opulentas, muy poco partidarias de pasar frío o escasez.

En definitiva, y paradójicamente, se reitera un equilibrio siniestro que ya tuvo lugar durante la Guerra Fría: era el MAD, Mutual Assured Destruction, Seguridad de la Mutua Destrucción: si uno de los dos contendientes apretase el botón nuclear, ya sabía de antemano que también resultaría destruido por completo. Hoy ocurre prácticamente lo mismo: si estrangulamos la economía rusa, Rusia estrangulará una gran parte de los procesos productivos occidentales.

Occidente tiene, en fin, una tarea muy delicada que llevar a cabo: contener y encerrar al monstruo sin que este destruya a zarpazos la estabilidad mundial.

Antonio Papell
Director de Analytiks

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