Estados Unidos

Trump y el ‘impeachment’: las 5 razones por las que este otoño decidirá las elecciones de 2020

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Donald Trump impeachment

Cuando despertó, el impeachment seguía ahí. Donald Trump, uno de los políticos más importantes de la última década, vuelve a revivir su peor pesadilla: ser apartado del cargo por sus ‘enemigos’ demócratas, con el apoyo de los medios ‘liberales’ utilizando el temido mecanismo del impeachement –proceso de destitución, para entendernos–. Y esta vez ha sucedido todo casi sin previo aviso, con una economía que, pese a algún signo de enfriamiento, sigue estando en un estupendo estado de salud; y tras haber sobrevivido al agónico escrutinio legal de Mueller por las sospechas acerca de su posible participación en la injerencia rusa en las elecciones de 2016.

Digámoslo claro: Que Trump es uno de los políticos más importantes de la década es algo que ya está fuera de toda duda.

Su carácter extremo y su peculiar ideología, situada entre el populismo y el márketing de la oportunidad que supone utilizar selectivamente alguno de los principios de la derecha más dura americana y otros más decididamente centristas, han marcado un antes y un después en la política occidental.

Su propio país, polarizado como nunca, asiste entre entusiasmado y estupefacto a la constatación de que el poder presidencial es más absoluto e ilimitado de lo que incluso ellos creían, pese a su estudiado sistema de checks and balances.

A golpe de tuit y protegido por la economía, Trump, el político actualmente más estudiado, copiado, amado y denostado a lo largo del planeta, galopaba seguro hacia el horizonte de la reelección y de cuatro años más de mandato como sheriff de la potencia más importante del panorama global. Ahora, desde hace cuatro días, lucha por conseguir no caerse del caballo.

La figura de Trump se tambalea

Fue la semana pasada cuando empezaron a conocerse las primeras informaciones sobre un denunciante anónimo que el pasado 12 de agosto acusó al presidente de Estados Unidos de tratar de usar el poder de su cargo para solicitar la injerencia de un país extranjero, Ucrania, en las elecciones estadounidenses de 2020 para mediar a su favor y, por supuesto, intentar que toda esta trama permaneciese oculta.

Con todo, la indignación generalizada no se desató hasta hace dos días cuando la Casa Blanca liberaba los registros de una conversación entre Donald Trump y su par ucraniano, Volodímir Zelenski, en las que el primero indagaba las posibilidades de conseguir información perjudicial sobre Joe Biden– en concreto sobre su hijo, Hunter-, quien tiene todas las papeletas para convertirse en el principal rival de Trump en las elecciones de 2020.

Finalmente, este jueves pudimos conocer toda la denuncia del informador al detalle, dejando claro por la seriedad de las acusaciones no sólo que esta historia no desaparecerá en el siguiente ciclo de noticias, sino que va a permitir a los demócratas hacer algo que hasta ahora les tenía divididos y hasta les hacía flaquear las piernas: activar un proceso de impeachment contra Donald Trump.

Pelosi el pasado miércoles anunció que activaba la maquinaria del que, de llegar a presentarse, será el cuarto impeachment de la historia de Estados Unidos.  Un proceso que, además, en ninguno de los tres anteriores casos ha llegado a tener éxito a la hora de destituir al presidente y en el que solo dos veces ha llegado a completarse: con Andrew Johnson en 1868 y Bill Clinton en 1998. Recordemos que Nixon en 1973 dimitió antes de que prosperara el proceso.

Así, lo que pase en las siguientes semanas será crucial: o bien Trump conseguirá capear el temporal y consolidar su poder y las elecciones de 2020 serán poco menos que un paseo campestre para él, o bien acabará en una posición tan complicada que, como poco, le costará la reelección o incluso podría acabar empujándole a una dimisión a lo Nixon.

Estas son las cinco claves de un escándalo que pasará a la historia por lo insólito y grave de las acusaciones que ha destapado:

1- Una acusación que desata el pánico en la Casa Blanca: injerencia extranjera en el proceso electoral

Trump y el ‘impeachment’: las 5 razones por las que este otoño decidirá las elecciones de 2020 1Tras conseguir apartar la sombra de la investigación del fiscal Mueller sobre una posible cohabitación entre el candidato a la presidencia de EE. UU. y una potencia hostil como Rusia, nos encontramos en un nuevo doble o nada muy similar: ahora es el turno de Ucrania y aunque la letra es muy diferente, la música es igual en este nuevo escándalo.

Esta vez las acusaciones parten de un informador anónimo, al parecer de toda solvencia –aunque algunas voces se han apresurado a señalar su carácter partidista– y miembro de la comunidad de inteligencia estadounidense –el New York Times, ha desatado las críticas al desvelar algunas pistas sobre el mismo, destapando que este garganta profunda pertenece a la CIA y trabaja o trabajaba en la Casa Blanca–.

Como decíamos, esta vez no solo dicho informante parece ser de “toda solvencia” para algunos de los actores que están detrás de las investigaciones, incluso para muchos de los afines al presidente, sino que, para empeorar aún más las cosas, la transcripción de la conversación telefónica revelada por la Casa Blanca este jueves entre Trump y Zelenski deja poco lugar a dudas sobre la denuncia del informante: aunque en la documentación sobre la misma desvelada por la Casa Blanca técnicamente no se explicita el quid pro quo necesario para constituir un crimen, implícitamente no deja mucho lugar a la imaginación –“Me gustaría que nos hicieran un favor”, dice claramente Trump en un momento de la misma–.

El ‘favor’ consistiría en investigar a su rival demócrata Joe Biden, favorito para enfrentarse al presidente en 2020, y a su hijo Hunter, consejero de una de las empresas más importantes del país y que se habría –supuestamente– librado de ser acusado por corrupción gracias a las presiones de su padre sobre el gobierno ucraniano.

Nada de esto último ha sido nunca probado pero lo que sí es un hecho es que esta llamada para intentar conseguir información dañina para su rival se produjo -oh, casualidad- días después de ordenar Estados Unidos la congelación de un importante paquete de ayuda militar a Ucrania.

Para colmo, el contenido total de la denuncia no sólo describe la dudosa coreografía alrededor del gobierno ucraniano del abogado personal de Trump, el antaño idolatrado ‘Alcalde de Estados Unidos’, Rudolph Giuliani, para intentar llegar al fondo de las acusaciones contra los Biden sino que además recoge la posible implicación del fiscal general William Barr en el caso –figura fundamental para los demócratas en el relativo fracaso de la investigación sobre Mueller.

Y para rizar el rizo, y como si no hubiera bastante, la fuente anónima además desvela maniobras de la Casa Blanca para intentar, en cierta manera, dar carpetazo a dicha llamada ahora filtrada, intentando ocultarla fuera del circuito habitual reservado para el almacenamiento de las mismas, bajo la excusa de una confidencialidad de la que la llamada carecía.

Un despropósito absoluto que, eso sí, ha de ser probado pero que construye un relato contra la Administración Trump mucho más sólido que en anteriores ocasiones, ya sea por la proximidad de las elecciones o por la sensación de repetición de un patrón similar a anteriores escándalos.

Con todo, la gravedad de las acusaciones es tal que no parece que vayan a necesitar mucha investigación para ser probadas, debido a la seriedad de una burocracia y de un sistema político que obliga a un nivel de transparencia desorbitado. Cualquier llamada con cualquier presidente del mundo deberá ser recogida y registrada. En estos momentos, los nervios en la Casa Blanca son patentes y el país contiene la respiración.

2. ¿La trama ucraniana, secuela de la trama rusa?

Llegados a este punto, es necesario recordar el fiasco relativo que ha supuesto para los demócratas la extensa, carísima y parcialmente exonerante investigación del Fiscal Especial Mueller sobre la trama rusa. Por mucho que la misma se considere amortizada tras incautar activos durante la misma que han conseguido poner sus números en negro de cara al sufrido contribuyente americano y aunque la posición oficial  del ‘campamento demócrata’ es que Mueller se vio obstaculizado a la hora de hacer su trabajo y en cierta manera puede que limitado por su jefe, el Fiscal General William Barr, lo que ha calado a la opinión pública es la falta de conclusiones inculpatorias de la misma hacia el presidente.

De esta manera, la investigación ha permitido solidificar la idea del presidente Trump y de su equipo acerca de su inocencia ante los cargos presentados y la existencia de una auténtica ‘Caza de Brujas’ contra él… pese a que en el informe de conclusión de la investigación, Mueller pone de manifiesto una trama de corrupción alrededor de la figura del presidente que, de hecho, ya ha costado penas de prisión a alguno de sus colaboradores más cercanos.

Con todo, el cierre de la investigación fue una buena noticia para la Administración Trump: no sólo consiguieron salir relativamente indemnes de la misma sino que cuando se forzó a Mueller a declarar ante el Congreso, el carácter aséptico de su intervención pareció certificar que Trump había ganado la batalla del relato.

En dicha declaración, Mueller no fue capaz de aportarle a su investigación ese matiz de pasión y, por qué no decirlo, narrativa ‘lo Netflix’ que parecen demandar estos cargos especiales por parte de la opinión pública americana -algo, por otro lado, posiblemente más elogiable que criticable- recordemos, por ejemplo, la encarnizada persecución de Bill Clinton por parte de Ken Starr.

En definitiva, gran parte del pueblo americano y, sobre todo, la base de votantes del presidente zanjó el asunto y todo el proceso, en cierta manera, contribuyó a reforzar la figura y la épica de Donald Trump. Hasta ahora. 

Y es que, repasando todo lo anterior, posiblemente la peor parte de este nuevo escándalo con Ucrania son dos connotaciones muy negativas para la Casa Blanca. De un lado, de ser verdad la denuncia, confirmaría de manera definitiva un patrón de comportamiento, altamente peligroso, como sería esa cierta tendencia al ‘flirt’ con potencias extranjeras para conseguir informaciones perjudiciales para sus rivales -primero las sospechas recayeron sobre Rusia, ahora toca Ucrania-.

Pero, sobre todo, llama la atención por la  sensación de total impunidad que dibujan alrededor de la figura de Trump estas acusaciones.

Y es que la polémica llamada se produjo el día después de que Robert Mueller testificara relatando su investigación con la misma frialdad de un forense lo haría de una autopsia rutinaria y negándose a realizar ningún tipo de aspaviento más allá de la ley y los hechos probados. Veinticuatro horas más tarde, en una llamada que no iba a revestir ninguna sorpresa y convenientemente monitorizada, Donald Trump parece saltarse todas las limitaciones éticas y estéticas en una conversación con un líder extranjero ante el pasmo de su propio personal. Esta cronología pone contra las cuerdas al líder de un sistema obsesionado sanamente con el Imperio de la Ley.

3- El apoyo del partido republicano: ¿menos sólido de lo que parece?

“Le gustan sus jueces, pero no sus tuits”. Esta afirmación, recogida ayer por un analista en la MSNBC, refleja lo que piensa parte del ‘status-quo’ del partido republicano sobre Donald Trump.

Y es que los republicanos han asistido en los últimos años a contemplar cómo su partido ha sido dominado por un independiente al que al principio denostaban, pero que una vez ha llegado al poder ha conseguido poner en marcha reformas en los ámbitos necesarios para lograr un cambio real hacia un país más conservador -por ejemplo, el ámbito judicial o la inmigración- y que, digámoslo todo, ha conseguido fidelizar y hasta secuestrar hasta el delirio a la base de votantes del partido… y alienar a los independientes y votantes moderados del mismo.

Y aquí es donde se encuentra el problema real. No nos olvidemos que en 2020 no solo llega la codiciada batalla por el poder presidencial, sino también la del Senado. Eso quiere decir que las filas republicanas, anteriormente prietas en torno al líder, si este nuevo escándalo va a más pueden empezar a tomar distancia del mismo, como ya empieza a vislumbrase de manera sutil. Ahora mismo, los republicanos con sillones en disputa en las zonas en los que la victoria demócrata es posible, intentan encontrar una zona de confort que varía entre defender tibiamente a Trump o decir que, aunque no ha sido correcto el comportamiento del presidente, está muy lejos de ser susceptible de impeachment.

El riesgo es evidente. Los republicanos entienden que más allá de su fiel base ‘trumpista’, la cita de 2020 se libra en eso que entendemos en España como el centro, que en EE. UU. se dibuja en las zonas grises entre campo y ciudad, los famosos suburbios, que pueden darles aún más la espalda. Y decimos aún más porque a Trump, como es lógico, se le resisten el voto femenino y el de las minorías, como las afroamericanas.

En conclusión, si este relato de la trama ucraniana consigue pasar los diversos filtros de veracidad necesarios para que parezca sólido, puede acabar ahuyentando aún más a los votantes moderados, sea cual sea el estado de la economía y por lo tanto, obligar a algunos de los ‘barones’ republicanos que ahora intentan pasar de puntillas sobre esta situación, a generar cierta presión favorable al impeachment en el Senado, donde su voto es fundamental para que salga adelante.

Esto nos conduciría, directamente, a un escenario similar al de 1973. Los analistas recuerdan constantemente la historia de Richard Nixon: como su victoria electoral arolladora y el cierre de filas de su propio partido se evaporó conforme el relato del Watergate fue más que aplastante, arrastrando con él tanto a la opinión pública –tan contraria al impeachment como ahora– y a su propio partido, finalmente el causante de que tuviera que dimitir para no enfrentarse de manera colectiva al desgaste del proceso.

4- Presión extrema de los medios y de los teóricos de la conspiración

Un punto que se menciona siempre a la hora de dibujar el momento polarizante  que atraviesa Estados Unidos es el poder que tienen las teorías de la conspiración, centradas en el relato del líder solitario frente a lo que aquí se llama el Deep State –un símil remotamente parecido a las Cloacas del Estado en nuestro país– y el ruido en redes sociales de la base más leal a Trump.

En este momento de incertidumbre, los partidarios de las conspiraciones, que representan a una parte de los fieles de Trump minoritarios pero muy vociferante podrían jugar a elevar la tensión lo que, aunado a la presión de los medios tradicionales que juegan a favor de los republicanos y a la contestación de los grandes periódicos liberales podría acelerar un proceso de cierre o salida rápida de este escándalo ante el riesgo real de ahondar más en la brecha divisiva en la que viven los americanos.

Y es que la conspiranoia es de todo menos inofensiva en este país. Baste con recordar, por poner un ejemplo, a los partidarios de la descabellada teoría de QAnon. Una conspiración según la cual Trump libra una batalla en solitario contra la corrupción con ayuda de militares y altos funcionarios fieles y que acabará cuando llegue ‘La Tormenta’, que provocará encarcelamientos masivos entre la oposición al presidente y en cierta manera entregará el poder a los militares, al menos temporalmente.

Estas teorías de la conspiración están fuertemente, ahora sí, vigiladas muy de cerca por parte de las grandes plataformas tecnológicas de Silicon Valley –Facebook, Google, Twitter y, sobre todo, YouTube– mediante el uso de fact-checkers y filtros tras ayudar durante años a difundirlas sin ningún pudor. No es para menos, debido al peligroso tono que adoptan y que ya ha dado algún susto, como el desenlace del famoso Pizzagate.

Junto con el ruido en redes y plataforma, la última semana hemos asistido a cómo los medios conservadores, capitaneados por la televisión por cable líder, Fox News empezaban a elevar la presión frente a los grandes periódicos y cadenas ‘liberales’, que van desvelando, a cada hora, nuevos detalles del escándalo que han destapado. Así, el pulso está servido.

De un lado, Fox a la derecha –para entender el auténtico fenómeno de masas y su dominio de la opinión pública basta con ver la estupenda serie ‘The Loudest Voice’, acerca de su fundación y como su ahora denostado y lider, Roger Ailes, consiguió crear la plataforma de ‘infotainment’ más poderosa del planeta

a la que se suman todo el universo digital ‘alt-right’ -portales, podcasts, YouTubers de extrema derecha… destacando entre ellos Breitbart, la plataforma de información creada por el ahora caído en desgracia e ideólogo de todo lo que está pasando, Steve Bannon– y del otro, sobre todo, los dos grandes periódicos y cadenas de televisión liberales –encabezadas por la CNN y la MSNBC–, que se apresuran a librar la batalla más importante los últimos años, caracterizada por algo distinto a las anteriores: el nivel de ruido, esta vez, amenaza con ser insoportable y puede no llegar a ser sostenible. 

Y es que conviene recordar que,  mientras que en el pasado Mueller realizaba su investigación sobre la trama rusa en silencio y con alergia a medios y declaraciones, esta nueva batalla es cualquier cosa menos discreta, con revelaciones a cada minuto, con todo el elemento de presión añadido que eso supone para demócratas, republicanos y el sufrido votante americano.

5- No es la economía, es el rechazo y la fatiga de los votantes independientes y demócratas

Es un error creer que estamos ante el enésimo escándalo sobre Trump que el presidente conseguirá desmontar utilizando su estrategia habitual: primero, negar, luego admitir la acusación con ‘rebajas’ sobre la gravedad de la misma y, finalmente, desviar la atención de la opinión pública hacia otro tema importante.

Por ahora, no tiene pinta alguna de que vaya a ser así. El tono de las declaraciones del 45 presidente de Estados Unidos es de intranquilidad y nervios –basta con recordar la intervención filtrada ayer donde opinaba sobre el informante: “Saben lo que hacíamos en los viejos tiempos cuando éramos listos con los espías y la traición, ¿verdad?”– y parece entender perfectamente el potencial peligro que revisten estas acusaciones.

Mientras, en el equipo rival, los demócratas también tienen mucho en juego. Perdida la batalla económica (Trump ha mejorado los datos, eso es irrefutable), solo les queda el intentar conseguir una gran movilización dada la repulsa que suscita el actual presidente.

Pero si el impeachment sale mal, cuidado. Los demócratas, encabezados por Nancy Pelosi, pueden ser señalados por su incapacidad para apear del poder a Trump: se han pasado tres años dibujándolo como poco menos que un tirano, pero no han sido capaces de conseguir un relato legal que respalde ese retrato de ‘forajido’ que han puesto a circular sobre el presidente.

Es en ese dibujo donde se entiende la jugada de manera global: los demócratas entienden que es ‘ahora o nunca’ y que si con este pulso para abrir el impechament consiguen construir un caso sólido contra el presidente podrán doblarle el pulso o, igual, con el apoyo de los republicanos más dubitativos, darle la vuelta a la opinión pública y conseguir forzar la dimisión de Trump, el reemplazo por el vicepresidente y, de manera casi automática, un victoria demócrata incontestable el año que viene en los dos frentes necesarios (presidencia y Senado).

Las fuerzas puestas en funcionamiento entran ahora en fase de colisión. Los siguientes días veremos una escalada verbal y de informaciones cruzadas que intenten o bien llevar el impechament a un punto sólido –que los demócratas quieren poder construir lenta y precisamente, y no presentar cargos hasta Acción de Gracias-… o bien que el escándalo se desinfle y se vuelva contra los demócratas como un bumerán.

Estamos ante el punto de no retorno y vislumbrando el resultado adelantado de las próximas elecciones. Como en el famoso ‘Juego de la Gallina’, con ambos bandos armados con sus brazos mediáticos, aquel que flaquee o se aparte ahora mismo –en ese sentido se entienden las inteligentes apelaciones que empieza a tuitear Donald Trump para cerrar filas en el partido republicano– perderá las próximas elecciones.

Podríamos asistir a la paradoja de que los demócratas, incluso sin haber designado aún un candidato, pierden o ganan las elecciones en este mismo mes.  Bienvenidos a uno de los otoños más trascendente para la política americana de la última década.

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