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Ultimátum

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El presidente de Rusia, Vladimir Putin

Moscú exige a Washington y a la OTAN (no a Bruselas, evidentemente) una respuesta a su exigencia de que no traten de incluir en la Alianza Atlántica a países limítrofes con la URSS. Ello sería de aplicación, en primer lugar, a Ucrania, un país ya mutilado por el expansionismo de Moscú, que se ha adueñado de Crimea contraviniendo todo el derecho internacional pero sin que esta haya organizado una respuesta expresiva a la tropelía. Pero no solo exige el Kremlin contestación: también que sea rápida. Debe llegar en una semana. Se trata, en fin, de un ultimátum.

Frente a este desparpajo agresivo, Occidente ha amenazado con durísimas medidas… económicas. Frente a las decenas de miles de soldados y millares de carros de combate que Moscú ha desplegado junto a la frontera de Ucrania, la Alianza Atlántica comandada por Washington contrapone sanciones dinerarias y comerciales. Es como lo de matar moscas a cañonazos, pero al revés.

Cuando en 1962  la URSS desplegó en Cuba sus misiles apuntando a los Estados Unidos, Kennedy no amenazó con sanciones sino con una respuesta militar en toda regla… Y la URSS se plegó y retiró la amenaza.

Por el contrario, ahora, la tibia respuesta occidental a Moscú significa que la OTAN no va a actuar aunque Moscú invada Ucrania. Lo cual, además de una renuncia inconcebible a los equilibrios ulteriores a la guerra fría, representa una rendición en toda regla ante Rusia. No merece la pena vivir en un mundo en que la sola voluntad de un régimen populista dotado de armas nucleares puede someter a un estado libre. Occidente no puede consentir esta clase de amenazas porque, de hacerlo, todas nuestras libertades quedarían también en precario. Y si se claudica, los valores que los aliados desplegaron en la Segunda Guerra Mundial quedarían reducidos a unas inquietantes cenizas.

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