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Trump y Vox: el ‘reality show’ del caos

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Vox y Trump

Si algo tienen en común los renuevos fascistas actuales es que han crecido a la sombra de Trump. Copian sus métodos en redes sociales, sus técnicas de combate contra la prensa y convierten la agenda política en un esperpento, en un espectáculo. El magnate y ahora presidente pasó de montar shows en los cuadriláteros de la WWA a convertir en un combate cada mitin de campaña, trufando sus discursos con cánticos de “¡Que la encierren!” en referencia a su contrincante, Hillar Clinton, a la que también apodó ‘Killary’. La gente que acudía a estos eventos, dice Naomy Klein en su último libro, Decir ‘no’ no basta, salían conmocionados, sin saber muy bien que acababan de asistir a un extraño cruce de combate de lucha libre y concentración de supremacistas blancos.

Trump está señalando el camino a la ultraderecha patria. En redes sociales, la formación de Santiago Abascal se dedica a crispar los nervios de los votantes de izquierdas a través de campañas segmentadas. Bajo coste y gran rendimiento, ya que con poco dinero se puede llegar a muchísima gente. De nada sirve que en la televisión se les obvie: ellos abren su propio espacio a base de 280 caracteres. Lo último que han hecho ha sido pedir a sus adláteres que no se fíen de lo que publican los periódicos, que se fíen solo de lo que ellos llevan a sus redes sociales. También, como Trump, se encaran con la prensa crítica con ellos, pues se han querellado contra Antonio Maestre. No saben con quién han topado.

El valor de la mentira

En la WWE todo es mentira. Los combates están amañados y todos los espectadores lo saben. Aun así, asisten a estos eventos y disfrutan por igual. Los vítores y los abucheos forman parte del espectáculo y multiplican la diversión. La lucha libre y la telerrealidad explotan ambas la espectacularidad de las emociones extremas, del conflicto y del sufrimiento, explica Klein en su obra. Y ahora Trump ha implantado en su Administración esa misma relación retorcida con la realidad. No importa que lo que diga sea verdad o mentira, eso es lo de menos; lo que conviene es enardecer a la multitud.

Esto nos suena a muchos. Vox se dedica a crear y propagar bulos para encender a los suyos. Su temática favorita es la inmigración, pero no desprecian hacerlo con la violencia de género si ven la oportunidad para hacerlo. El mensaje que emiten, aunque falso, es miel para sus seguidores. Al fin un partido responde con agresividad a su sentimiento ‘anti progre’ y utiliza su lenguaje: feminazi, podemita, rojos radicales…

Sobre los votantes de Vox se han popularizado dos visiones. Por un lado, la que defiende que no son 400.000 fascistas los que han surgido de repente en Andalucía, sino que son personas que se sienten abandonadas por el actual sistema; por otro, la que señala que este casi medio millón de votantes serán partícipes de todo el mal que con su presencia pueda hacer Vox, pues con su voto les han dado carta blanca para hacerlo. Personalmente, me inclino por esta última visión. Luego vendrán los lamentos.

Genios del reality y de las redes

Trump sabía que si convertía las elecciones en una especie de reality show nadie podría hacerle sombra. El republicano incrementó en la carrera electoral el factor del entretenimiento en sus mítines. Los informativos pasaron a convertirse en una yincana de la información. Nadie quería perderse las palabras del que pronto iba a ser su presidente.

Y cuando todos los estadounidenses despertaron, Trump ya estaba allí, sentado en su trono del Despacho Oval. Al día siguiente fueron varios los medios de comunicación que entonaron el mea culpa admitiendo su contribución en el ascenso electoral de Trump al dedicarle una parte tan desmedida de su cobertura. “Y es verdad, su contribución fue enorme (…). También son responsables de haber hecho a Trump el mejor regalo, que no fue simplemente el darle tanto tiempo en antena, sino el propio modelo informativo de la cobertura electoral, centrado en airear hasta la saciedad los reproches personales que se intercambiaban los candidatos, dejando de lado la labor periodística tradicional de profundizar en las políticas concretas de sus programas y explicar cómo afectarían a la vida de los votantes sus diferentes posturas respecto a cuestiones como la cobertura sanitaria o sus reformas legislativas y reglamentarias”, explica Naomi Klein.

Un tuit de Vox vale oro. Desde que anunciaron que condicionarían su apoyo al acuerdo de PP y Ciudadanos a la eliminación de la ayuda contra la violencia de género, no hacemos otra cosa que hablar de Abascal, Smith y Serrano. La prensa, la tele y la radio: todos saltamos al tuit de Vox. La formación verde ha conseguido marcar la agenda política y poner en serios aprietos a Ciudadanos mientras continúa seduciendo a los votantes desencantados del PP. Estamos cometiendo los mismos errores que nuestros compañeros estadounidenses. Al tiempo.

Sergio García Moñivas
Periodista. Orgulloso de serlo.

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