Opiniones Ajenas

La Seminci y el cine de autor

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Cinema. The audience in 3D glasses watching a movie. Elements of this image furnished by NASA.

Hoy vivimos días en que el cine se muere por diversas razones. La principal es la falta de ideas, el cine tiene que competir con otras formas de entretenimiento y ya se sabe, cuando se entiende la industria del cine como la de las hamburguesas, es decir, como un sistema de producción en masa de objetos de consumo, no se pueden esperar productos artesanales precisamente. También se muere por la crisis de la distribución, la gente ya no va a las salas, prefiere otras formas de consumir cine, que le garantizan al espectador una mayor inmediatez. Sin embargo, hay una tercera razón, no menos poderosa que las dos anteriores y que, generalmente, se obvia cuando se habla de la tan manida crisis del cine: el elitismo. Decía Platón en La República que su ciudad ideal debía expulsar a los poetas para mantenerse excelsa y pura.

Algo similar le ocurre a cierta crítica tan obsesionada con preservar la pureza y la autenticidad del llamado cine de autor. Según su opinión, ver buen cine exige ascesis, es decir, masoquismo puro. Deglutir a Kiarostami hasta la extenuación, aunque sea acríticamente y por imperativo cinéfilo, aburrirse con Kim Ki Duk es un paso doloroso pero necesario para curtirse en la dura ascesis hasta alcanzar el nirvana cinéfilo. No hay atajos, ni sucedáneos de Godard y sus plúmbeas peroratas maoístas de los 60. Mizoguchi o Manoel de Oliveira no son narcolépticos, sólo aquietan nuestro espíritu. John Ford o Howard Hawks son de primero de bachiller cinéfilo, lo que ocurre es que ha bajado tanto el nivel que ya nos conformamos con el aprobadillo en los fundamentos. El cine mudo, mejor lo descartamos. Total, ya no quedan filmotecas casi.

La realidad es que los cinéfilos espantan / espantamos a la gente que se acerca al cine por primera vez con nuestra pretenciosidad, grandilocuencia y espíritu hipercrítico. Olvidamos que nuestro arte nació proletario, tosco y para las masas, en aquellas barracas de feria llamadas nickelodeones. Hemos interiorizado que Resnais es Deleuze en 24 fotogramas por segundo en su pureza analógica o que El Séptimo Sello remplaza en el siglo XXI a Temor y Temblor de Soren Kierkegaard. Todas estas reflexiones las traigo a colación del eterno lamento sobre la identidad perdida del Festival Internacional de Cine de Valladolid, Seminci. Leyendo a críticos, escuchando a cinéfilos en las colas de las proyecciones de este festival y de otros, parece que el cine de autor está en mayor peligro de extinción que el rinoceronte de Java.

Los festivales puros, donde se proyectan películas sin distribución, de nombres malditos de la industria o de osados debutantes, son escasos. Rotterdam y realmente pocos más. Incluso en aquellos prestigiosos, donde se ve cierto riesgo (Cannes o Berlín), suele estar en secciones paralelas, que poca repercusión tienen salvo para los cuatro entendidos y compradores compulsivos de Dirigido Por o Caimán. Los festivales son más lugares de mercadeo de la industria que de degustación de buen cine. Ya no son esos templos de cinefilia, donde rendir culto a lo transgresor o lo revolucionario. Los cinéfilos tienen / tenemos dos opciones. Una es convertirnos en plañideras de formatos perdidos (35mm), de programaciones insustanciales y banales de festivales de cine. La segunda es alegrarnos de que todavía hay gente que se interesa por el cine con pretensiones que van más allá del entretenimiento. Aunque no compartamos sus objetivos, filosofías subyacentes o recursos estilísticos. A mi personalmente, La Madre de Alberto Morais me parece un ejemplo de falso cine de autor. Que sólo arriesga en la imitación derivativa del cine ya explorado por otros (Dardenne, Loach…) y, sin embargo, tengo que admitir el acierto de su programación. Quizás gracias a eso, el cine de los Dardenne o Loach sea explorado por nuevos cinéfilos del mañana. A veces una película que no es redonda (en la jerga pseudo geométrica que se gastan los críticos para decir que algo no les gusta) hace más por el cine de autor que las diatribas de Boyero en El País.

Admitámoslo, somos cansinos, parecemos profetas bíblicos cuando anunciamos el final del cine de autor. A veces olvidamos que este mundo de la gran pantalla tiene algo que se nos escapa. Emociona a la gente, incluso cuando ven bazofia comercial, sentimentaloide. Todavía el cine suscita ese efecto catárquico que anunciaba Aristóteles. No nos creamos que nuestra subjetividad, nuestro canon occidental, euroasiático, africano y socio-comprometido, puede erigirse en ese juicio estético universal de lo bello y lo sublime que buscaba Kant con tanto ahínco. Lo sublime y lo bello reside en las emociones, vulgares, zafias y poco cinéfilas de los espectadores, que se van contentos después de haber disfrutado pseudo productos de autor como La Pazza Gioia o Un Ciudadano Ilustre. ¿No empezó todo esto que llamamos ahora , con pomposidad manifiesta, cine de autor con taumaturgos del mundo proletario como fueron Chaplin o Mélies?

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