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Khashoggi, Arabia Saudita y la Supercopa

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El príncipe saudí MBS, Mohamed Bin Salmán

Acaba de cumplirse el primer aniversario del asesinato brutal del periodista de Arabia Saudita, Jamal Khashoggi, en la embajada de su país en Turquía, torturado y desmembrado antes de que se hicieran desaparecer sus restos, en represalia por las críticas que había prodigado a la aberrante dictadura saudí.  En la actualidad, en una escarnecedora representación que da idea de la vileza del sistema saudí, se está juzgando en Riad a los autores materiales de aquella salvajada cuando no cabe duda alguna de que se trató de un crimen de Estado, urdido por  la siniestra familia reinante que domina el país… y que ha mantenido una actitud inquietante ante el terrorismo islamista: la mayoría de los terroristas del 11S —los atentados de las Torres Gemelas de 2001— y el fundador de Al Qaeda, Osama bin Laden, eran saudíes.

En Arabia Saudí, las mujeres están intelectual y jurídicamente postergadas y los homosexuales son condenados a muerte por la sharia. Para que se entienda del aberrante régimen saudí, es ilustrativo conocer que también se castiga con la pena capital la posesión de perros en las casas y sólo se aceptan los canes para funciones de caza o de vigilancia en algunas residencias; el Presidente de la Comisión para la Promoción de la Virtud y la Prevención del Vicio, conocido como muttawa o policía religiosa, ha explicado que la razón es que los perros son ‘animales inmundos’ según El Corán. Por otra parte, en Arabia Saudí son ajusticiados unos 150 reos al año, bastantes de ellos por simple disidencia política.

El escándalo por el asesinato de Khashoggi

Es un escándalo que la comunidad internacional no haya reaccionado ante el asesinato de Khassoghi, lo que confirma que la posición privilegiada de Arabia Saudí como primer productor mundial de petróleo le ofrece una prácticamente total impunidad. Nuestro país le vende además armas y modula sutilmente las críticas porque Riad es buen cliente de nuestros decaídos astilleros militares. Y tampoco las críticas a esta indecente lenidad abundan en demasía. Pero algunas hay, como la reciente del periódico de más tirada de este país: “El asesinato del periodista saudí Jamal Khashoggi —escribía el editorialista de El País— sigue impune un año después de que se cometiese. Pese a que organizaciones tan diferentes como la CIA, la ONU, el Congreso de Estados Unidos y la Fiscalía turca consideran responsable del crimen de Estado al príncipe heredero Mohamed Bin Salmán, las relaciones del hombre fuerte de Arabia Saudí con las democracias occidentales no han cambiado. Los líderes mundiales, como quedó claro en las fotos de familia de las cumbres del G20 en Buenos Aires y Japón, actúan como si este crimen nunca hubiese ocurrido”.

Pues bien, en España —ya dijo Fraga en sus tiempos de ministro de Franco que España es diferente— no sólo no hemos tomado represalias ni interrumpido las relaciones políticas, económicas y comerciales con Arabia Saudí, sino que estamos a punto de acceder a una espectacular operación de lavado de cara del régimen fundamentalista de Riad: la celebración en aquel país de la Supercopa de España, a cambio, claro está, de un indecente chorro de millones de dólares para la Federación Española de Fútbol.

El Gobierno, que no desea interferir en las decisiones de la FEF, ya se ha  manifestado en contra de semejante cosmética y la misma opinión manifiesta la UEFA

El Gobierno está en contra

El Gobierno, que no desea interferir en las decisiones de la FEF, ya se ha  manifestado en contra de semejante cosmética y la misma opinión manifiesta la UEFA —de la que Luis Rubiales es vicepresidente—, que, a través de su presidente, Alexander Ceferin, ha manifestado que “recomendará a las 55 asociaciones nacionales y a todos los clubes europeos que no jueguen partidos en países en los que las mujeres tengan acceso restringido a los estadios” y “que no jueguen contra los equipos de estos países donde no se respetan los derechos básicos de las mujeres”. La FIFA también se ha movilizado para que dejen entrar a las mujeres a los estadios de fútbol en países como Irán, donde existen restricciones. Desde 2018, Arabia Saudí permite el acceso de las mujeres a los estadios, pero en zonas separadas de los hombres.

Así las cosas, los clubes de fútbol, sin los que la FEF no existiría, tienen el deber de oponerse a semejante manipulación. Y en ultima instancia, los aficionados han de hacer saber a los clubes de sus amores que su fidelidad no es incondicional, y que la pasión deportiva no se antepone a los derechos humanos, ni a la dignidad de las personas. Aquí y en Arabia Saudita.

Iberia Alexa
Antonio Papell
Director de Analytiks

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