Oriente Próximo

La UE debe impulsar la apertura en Oriente Próximo

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Los movimientos migratorios del Mediterráneo, especialmente los que genera Libia y tantos conflictos suscitan al Sur de Europa, constituyen hoy uno de los fenómenos más conflictivos que afectan a la Unión Europea, donde la opinión pública está dividida (sorprendentemente, la xenofobia es todavía una opción en el Viejo Continente). De donde se desprenden dos vectores cuasi axiomáticos de futuro: de un lado, la inmigración ha de considerarse un problema comunitario, de toda la UE en su conjunto; y, de otro lado, la UE no puede abstraerse de su entorno, ni del continente africano en su conjunto ni mucho menos del mundo árabe e islámico, con toda su complejidad, con el que siempre ha mantenido histórica y particular relación.

Los cambios de 2011: las primaveras árabes

Las monarquías absolutas del Norte de África, de Oriente Próximo y de Oriente Medio vieron seriamente amenazada su posición con las ‘primaveras árabes’, movimientos democráticos espontáneos que, en una pacífica revolución, trataron de derrocar a los regímenes corruptos del mundo árabe, que han consagrado una región autoritaria al amparo de unos tabúes religiosos adaptados para la ocasión. La religión musulmana, radicalizada hasta el paroxismo, ha sido el instrumento utilizado tanto para legitimar los modelos sociopolíticos arcaicos de la mayoría de los regímenes árabes e islámicos cuanto para generar un terrorismo que cumplía tareas disuasorias en el resto del mundo.

Como es conocido, aquellas “primaveras” tuvieron su detonante en Túnez, cuando el 17 de diciembre de 2010, en la ciudad de Sidi Bouzid, un vendedor ambulante (Mohamed Bouazizi) se inmoló a la vista de todos cuando fue despojado por la policía de sus mercancías. El pueblo tunecino, indignado, se alzó contra la dictadura de Ben Ali, que gobernaba con mano de hierro desde 1987, y tuvo que exiliarse aquel mismo mes de enero de 2011.

En Egipto, hubo incontrolables manifestaciones masivas contra Hosni Mubarak quien llevaba 30 años en el poder; los libios arremetieron contra Muamar Gadafi, sátrapa que había permanecido 42 años en la jefatura del Estado; en Siria se alzaron contra Bashar Al Assad, cabeza de una verdadera dinastía con 15 años al frente del país; en Yemen, contra Ali Abdullah Saleh, que llevaba 21 años entonces gobernando; en Argelia contra Abdelaziz Buteflika, con 12 años entonces…

Mubarak fue derrocado el 1 de febrero. Y en Libia, Gadafi amenazó con recurrir al ejército para aplastar a los revoltosos, pero la OTAN encabezó una coalición aérea para impedírselo. Los rebeldes, ayudados por Occidente, se hicieron con el control del país y ejecutaron a Gadafi el 20 de octubre, cuando huía hacia ninguna parte. En Yemen, el país más pobre del mundo árabe, las protestas contra Ali Abdullah Saleh duraron más de un año, hasta que en febrero de 2012 fue expulsado del poder. En Siria se produjo una cruenta e interminable guerra civil que todavía no ha concluido completamente y que generó un éxodo de varios millones de personas.

El contagio

Otros regímenes, alarmados, comenzaron tímidas aperturas para aplacar a los airados manifestantes que se habían contagiado de los vientos de libertad que soplaban en la región. El sultán de Omán, Qabus bin Said al Said, y el rey Hamad bin Isa Al Jalifa de Barhéin incrementaron el poder de los parlamentos y prometieron mejores condiciones de vida en ambos países para aplacar las protestas; en Jordania, el Rey destituyó al primer ministro Samir Rifai, cuya cabeza había sido pedida por los manifestantes, y a todo su gobierno en febrero de 2011.​..

La historia de aquellos hechos registra que sólo dos países, Qatar y Emiratos Árabes Unidos (EAU), no experimentaron protestas populares y no se vieron conmocionados por aquel movimiento emergente, de desenlace muy desigual y de resultados casi siempre trágicos. Pero después de las ‘primaveras árabes’ ya nada será igual en la región.

La evolución de aquellos acontecimientos ha sido muy desigual. Libia es actualmente un Estado fallido. La democracia egipcia, organizada en las urnas por los Hermanos Musulmanes que ganaron las elecciones, fue víctima de un golpe militar abiertamente tolerado por Occidente. Siria sigue en guerra y Al Assad se fortalece. En Argelia pervive un régimen autoritario sostenido por el ejército… Y en el Golfo, se ha producido un movimiento introspectivo, de rearme de las monarquías autoritarias que han decidido encastillarse y armarse para prevenir cualquier nueva tentativa revisionista.

El caso de Arabia Saudita es paradigmático: el nombramiento como heredero de Mohamed Bin Salman Abdulaziz Al Saud (el apellido de la dinastía se confunde con el nombre del país) el 21 de junio de 2017, fue seguido de una gran purga intrafamiliar en noviembre y del asesinato del periodista crítico Khashoggi el 2 de octubre de 2018. La opinión pública internacional le culpa además de un incremento claro de detenciones de activistas de derechos humanos; del bombardeo brutal de Yemen, donde la hambruna ha causado y seguirá causando millones de muertes; del conflicto saudí-libanés de 2017; y del bloqueo de Qatar, que ya dura más de dos años y que ha obligado a este pequeño país, el más democrático y abierto de la región, a un singular esfuerzo para mantenerse a flote y para impulsar sus grandes proyectos de futuro, entre otros la celebración del Mundial de Fútbol 2022.

Tampoco ha sido ajena Arabia Saudita al cambio de postura de Washington con relación a Irán, la otra gran potencia de la zona, que además de mantener  una teórica rivalidad religiosa con Arabia Saudí –los iraníes son chiíes y los saudíes son sunníes— pugna por el liderazgo regional. La pacificación que auspiciaba el arduo tratado nuclear que logró firmarse gracias al impulso del presidente Obama restaba tensión en la zona y dejaba manos libres a países, como Qatar, que están buscando espacios fuera de los rígidos marcos mentales de Arabia Saudí, que mantiene una satrapía infecunda y que vive aislada del mundo, atenazando además a sus vecinos en el rígido Consejo de Cooperación de Golfo que controla.

Oriente Próximo, clave para la UE

Pero el porvenir no va en la dirección de la confrontación y la guerra. Trump es después de todo un presidente democrático que tiene que ajustarse a unos cánones y controles institucionales, y el ocasional apoyo de Washington a los reaccionarios de Oriente Próximo no será eterno, como no lo será tampoco el desaforado apoyo de la Casa Blanca a Netanyahu, con gestos que vulneran la legalidad internacional, las resoluciones de la ONU y el derecho a existir del pueblo palestino. Y, de hecho, el G-7 acaba de tener un gesto explícito en favor de la distensión y de la resolución pacífica de los conflictos al invitar al ministro iraní de Exteriores, Mohammad Javad Zarif, a Biarritz, con la evidente intención de recuperar aquel costoso tratado que pacificaba el Golfo, reducía el expansionismo iraní y rebajaba la tensión en toda la zona. Trum ha terminado aceptando lo que racionalidad aconsejaba y se ha plegado a la presión de sus principales socios.

La iniciativa europea con relación a Irán, que demuestra que la UE comienza a tener una política exterior, debería ser el principio de una serie de acciones en la misma dirección. En primer lugar, puesto que la OTAN participó en la caída de Gadafi, Occidente debería intervenir en la pacificación y normalización de Libia. En segundo lugar, Europa debe recuperar su papel en el conflicto palestino-israelí y ha de tomar cartas en el asunto de Yemen. En tercer lugar, ha de hacer saber que la UE no admitirá pasivamente los excesos de regímenes de origen ilegítimo como el egipcio e influirá en la medida de sus fuerzas en la recuperación de la democracia, a la vez que apoyará a las democracias nacientes como la tunecina. Por último, la UE debe dar soporte diplomático y político a Qatar, que tiene perfecto derecho a practicar su propia apertura ideológica y política y de vincularse al multilateralismo mediante actos como el Mundial de Fútbol 2022 y diversas acciones encaminadas a atraer el turismo y a desempeñar una diplomacia muy activa en la comunidad internacional.

Iberia Alexa
Antonio Papell
Director de Analytiks

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