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Complejas relaciones entre padres e hijos en el ecuador de la Semana Internacional de Cine de Valladolid

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Complejas relaciones entre padres e hijos en el ecuador de la Semana Internacional de Cine de Valladolid 1

El realizador vallisoletano Alberto Morais ha presentado en Seminci su último trabajo, La Madre, una película dramática, con una clara influencia de Los 400 Golpes (Truffaut) o Sweet Sixteen (Loach), sobre la problemática vida de un adolescente en el seno de una familia desestructurada. La historia se centra en la vida de un chico de 14 años que vive con una madre (Laia Marull), irresponsable y afectivamente inestable, que no se ocupa de él en absoluto. Miguel, que es el nombre del protagonista, teme que la despreocupación de su madre haga que tenga que volver a un centro de acogida para menores. Para impedirlo intenta, por todos los medios, que su situación de abandono no salga a la luz.

Cuando es ya muy evidente para sus educadores que Miguel subsiste de forma precaria, éstos inician los trámites para que vuelva al centro. Por consejo de su madre, se desplaza a un pueblo vecino para convivir con un antiguo amigo de su madre, un inmigrante del Este que vive con su hijo, mientras ambos trabajan en una serrería cercana. Allí pronto van a surgir conflictos entre Miguel y su familia de acogida, que lo ve con recelo por la mala impresión que dejó su madre en ellos. Miguel empieza a trabajar en la serrería hasta que la situación se hace insostenible y tiene que volver con su madre.

La historia, como decíamos al principio, tiene a la adolescencia problemática como eje temático principal, como ocurre en la película de Truffaut. El Miguel de Morais recuerda mucho al Antoine Doinel de aquella célebre cinta. Ambos tienen que madurar antes de tiempo para sobrevivir a un ambiente familiar que les es adverso y que les forja un carácter tan recio como esquivo hacia el afecto con que otros quieran suplir sus carencias afectivas. En el caso de la película de Morais se trata de la dueña de un bar del pueblo donde Miguel se va a vivir y trabajar, a la que Miguel no le deja que le entregue su cariño.

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También hay un paralelismo muy claro con la magistral Sweet Sixteen de Ken Loach. Ambos protagonistas son víctimas de la inestabilidad emocional de sus progenitoras y anhelan un hogar que nunca han tenido, ni que probablemente tendrán. En lo formal la película es muy tributaria de la manera verista y documental de entender el cine por parte de los cineastas belgas Jean-Pierre y Luc Dardenne. Como estos, Morais opta por rodar la película centrándose en un personaje, sobre el que gira toda la trama dramática. La cámara se convierte en el narrador omnipresente que sigue meticulosamente cada acción y cada gesto del protagonista de la película. De ahí que la película esté rodada haciendo uso abundante del primer plano secuencia, la cámara en mano y el barrido de cámara para variar la atención del espectador hacia otros focos dramáticos distintos del personaje principal.

Esto confiere a la película ese tono realista y documentalista tan propio del cine de denuncia social de los Dardenne. Precisamente en este punto radica lo positivo y también lo negativo de la película. Morais, que ya ha tratado el tema de la infancia en películas anteriores, demuestra ser un alumno aventajado de los belgas pero carece de una mirada más personal de un tema que despacha de una manera un tanto simplista y encorsetada en clichés. El guión, aunque sólido en términos generales, adolece de un gran defecto que lastra completamente el desenlace de la película. No muestra, ni tan siquiera apunta las razones de la negativa del personaje de Miguel para no querer ir al centro de acogida, algo que el director podría haber suplido con un sencillo flashback o un breve diálogo. De ahí que el desenlace de la película resulte totalmente incoherente con la línea apuntada durante toda ella.

La ciénaga, deseos de amar

Había mucha expectación en Seminci por ver La Ciénaga. Entre el Mar y la Tierra, de Manolo Cruz, una película que cosechó un gran éxito en la pasada edición del festival de Sundance, donde se alzó con el galardón del público. Se trata de una película que en principio tiene el espíritu de superación y el amor como donación al otro como temas principales, aunque luego acaba traicionando ese espíritu inicial para optar por un final mucho más edulcorado y más políticamente correcto hoy en día. La historia nos sumerge en la vida de Alberto, un joven que tiene una enfermedad neurológica que lo tiene postrado en su cama, donde contempla la realidad que lo rodea, mientras pinta las cosas que pasan a su alrededor desde la particular óptica que le confiere su enfermedad. Allí recibe los amorosos cuidados de su sobreprotectora madre, doña Rosa, una mujer siempre dispuesta a aminorar al máximo los sufrimientos de un hijo al que la vida no le ha tratado muy bien. A pesar de su condición humilde intenta hacerle las cosas lo más fáciles posibles, aunque no siempre es sencillo. El principal deseo de Alberto es conocer el mar, con toda su inmensidad, algo que sólo puede atisbar con su mirada de artista, desde la postración a la que su enfermedad le confina.

Aunque la costa está próxima a una ciénaga, en cuyas cercanías vive con su madre, en condiciones muy precarias, su enfermedad le obliga a vivir sujeto a un respirador, lo que le impide trasladarse. Junto a su madre, la persona que más lo quiere es Giselle, hija de una vecina con la que doña Rosa tiene algunas cuentas pendientes del pasado. El tiempo que pasan juntos Giselle y Alberto hace que surjan entre ellos profundos vínculos de amor y solidaridad, respecto de los cuales doña Rosa recela, pues considera que una relación entre Giselle y Alberto es imposible, por la condición de este último. No obstante, Giselle no se da por vencida y, una vez que entra a trabajar en una fundación, lucha por conseguir ayuda médica que mejore la condición de Alberto. Tras la insistencia de doña Rosa, decide dejar de visitar a solas a Alberto, aunque no renuncia a conseguir una silla de ruedas que le permita ver el mar que tanto anhela. Doña Rosa, que en el fondo no ha actuado sólo por el bien de Alberto sino para no compartir a su hijo, se siente culpable y decide construir una silla para éste. Finalmente, Alberto y su madre emprenden el tan ansiado viaje al mar.

La película tiene una estructura clásica de melodrama donde el amor se convierte en el principal motivo que inspira las acciones de los personajes. El amor de Alberto por el mar es una metáfora de su anhelo por la libertad, que le está negada por su terrible enfermedad. También el amor maternal de doña Rosa que es, como el amor de cualquier madre, contradictorio, tan gratuito y generoso como excluyente de cualquier otro afecto que éste pueda recibir, de forma que no acepta la competencia de Giselle. El amor de ésta es desbordante y hace que el estar con Alberto y mejorar su vida se convierta en el objetivo de su vida. Precisamente, la imposibilidad de conciliar esas tres maneras de entender el amor es lo que va determinar un final tan poético como injusto con la concepción más auténtica del amor, que es la que encarna Giselle y que ni Alberto, ni doña Rosa pueden entender. En el caso de Alberto porque su enfermedad, los deseos posesivos y sobreprotectores de su madre y el destino le privan al final de la película de la posibilidad de experimentarlo.

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En el caso de doña Rosa, por que su afán de compensar a su hijo por todo lo que ha sufrido le llevan a tomar una decisión que no quiere pero que adopta creyendo así amarle inmensamente. Algo parecido se plantea en la película Mar Adentro, sólo que en la de Amenábar el sentimentalismo de la película no es tan poético, ni tan bello. Es mucho más cerebral y consecuente. Lo más destacado de la película es sin duda la bella fotografía de Robespierre Rodríguez, que combina una paleta de colores muy cálida que enfatiza el lirismo poético de la historia, la mirada artística de Alberto y que se vuelve más realista a medida que la acción de aproxima hacia un final tan terrible. Sólo la belleza de los encuadres, que consiguen trasmitir la belleza de un paraje tan desolado y humilde, merece la distinción de Sundance. Las interpretaciones son muy buenas. Tanto la dulzura y la entrega desbordante de Giselle como la creatividad y el sentido del humor de Alberto están muy bien encarnados. Una buena película que acaba con un final visualmente muy bonito, un plano cenital de la inmensidad del océano.

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