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‘El Ciudadano Ilustre’ y ‘El Rey de los Belgas’, lo mejor de los primeros días de Seminci

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‘El Ciudadano Ilustre’ y ‘El Rey de los Belgas’, lo mejor de los primeros días de Seminci 1

El Ciudadano Ilustre es una película argentina codirigida por Gastón Duprat y Mariano Cohn, quienes atesoran una amplia experiencia en el mundo de la producción televisiva en su país natal. Hasta la fecha, su incursión en el mundo del cine se había limitado al documental (Enciclopedia y Yo, Presidente) y a la adaptación del cuento fantástico del escritor Alberto Laiseca, Civilización. Con su nueva película presentan un interesante análisis sobre el mundo de la literatura de la mano de una comedia que tiene al ficticio escritor argentino Daniel Mantovani como protagonista. La historia nos narra la concesión a éste de un premio Nobel de literatura, a la que sigue un periodo de crisis creativa e identidad artística. Para Mantovani, como para otros escritores como Borges, la concesión de premios y reconocimientos es el signo inequívoco de que la vida creativa de un literato está a punto de extinguirse, como el propio Mantovani pone de manifiesto al comienzo de la película en la escena en que da su discurso de recogida del Nobel en la Academia Sueca.

Horrorizado por haberse convertido en un fetiche literario, objeto de agasajos varios, decide optar por abandonar la esfera pública, hasta que su asistente personal le hace llegar una carta de invitación de su localidad natal, Salas (nombre ficticio basado en la localidad bonaerense de Carlos Salas), lugar al que no ha retornado desde hace 40 años, cuando se marchó de allí para perseguir su sueño de ser escritor. Intentando redescubrir sus raíces, decide volver a un lugar que apenas significa nada en su vida personal pero que ha sido objeto de constante atención en su producción literaria. La película, a partir de ese primer tercio, se configura como una comedia que explota las posibilidades humorísticas que surgen cuando la particular idiosincrasia de la gente de Salas choca con el estatus de gran estrella literaria de Mantovani, lo que exige todo tipo de atenciones y agasajos, que son aquello que Mantovani quiere precisamente evitar. La vuelta a Salas le permitirá redescubrir las verdaderas razones de por qué decidió marcharse de allí, una vez se rencuentra con antiguos vecinos, un viejo amor y sobre todo la particular forma de ser de los habitantes de Salas. La segunda parte de la película es muy interesante pues aborda, desde ese punto de vista satírico, diversos temas relativos a la distinción entre artista y ser humano (con todas sus imperfecciones frente a la visión idílica e inmaculada de la gran estrella), las relaciones entre autor y obra, cuestionando el mismo concepto de autoría o la misma relación entre ficción y verdad, en aquellos textos, como los de Mantovani, que se basan en la realidad para pasar a describirla literariamente.

Derrida planteó en su obra la aporía del origen autoral como fuente del significado literario a partir de la construcción del concepto de indecibilidad, como aquello que no permite fijar el sentido definitivo de un texto, que es algo vivo cuyo sentido siempre está en continua remisión a otros textos y a otras experiencias. Un poco es esto lo que Mantovani intenta explicar a los habitantes de Salas, que se sienten inicialmente muy honrados por ser la fuente de inspiración de un premio Nobel, pero que acaban no teniendo tan buena consideración de Mantovani, una vez que la discordia es sembrada por un vecino. Éste, despechado porque Mantovani no ha elegido su creación pictórica en un concurso local del que ha sido jurado, decide vengarse malmetiendo a Salas contra Mantovani, recién nombrado hijo predilecto de la villa. Este giro del guión permite afrontar la tercera parte de la película, que contiene elementos de thriller que recuerdan a Misery de Rob Reiner, en todo lo relativo al fan obsesivo que acaba convirtiéndose en la gran pesadilla del escritor. Si en la película de Reiner, basada en una novela de Stephen King, se trataba de una rendida admiradora (Kathy Bates) la que acaba convirtiéndose en la peor pesadilla del escritor Paul Sheldon (James Caan), en El Ciudadano Ilustre es casi todo el pueblo de Salas el que acaba convirtiéndose en una alucinación terrible para Mantovani, lo que no deja de funcionar como metáfora de la problemática relación, que siempre existe, entre el autor y su público. La influencia del terror de En la Boca del Miedo (John Carpenter), también está claramente muy presente, especialmente en la parte final de la película durante la escena nocturna en la que Mantovani intenta escapar de la pequeña localidad.

El Ciudadano Ilustre es una película que, como no podía ser de otra forma por tratar de la literatura, asume la propia estructura de una novela con su división en capítulos y en la que están presentes muchas referencias y homenajes, especialmente a Borges (que nunca pudo conseguir el Nobel) y al checo Kafka, cuyas novelas muchas veces describen situaciones angustiosas y absurdas, como las que tiene que vivir Mantovani a lo largo de la cinta. La nefasta relación entre poder político y cultura también está presente en la figura del alcalde de Salas, el clásico regidor peronista que tiene clientelizada a la comunidad a base de buenas dosis de populismo y que, como la mayoría de los políticos, es preso de eso que el recientemente fallecido Gustavo Bueno llamaba el “mito de la cultura”. Esa idea fuerza presente en nuestras sociedades y que tanto gusta a los políticos de instrumentalizar la cultura para adocenar a las masas y así mantenerlas dóciles a los dictados de poder, haciéndolas creer que la cultura es un absoluto que sólo pueden adquirir gracias a su mediación, subyace en todo el episodio que relata la película sobre el concurso de pintura en el que Mantovani es jurado. En definitiva, la obra está bien narrada, combina comedia con un tratamiento interesante de temas más elevados y sobre todo tiene una soberbia interpretación de Carlos Martínez en el papel de Daniel Mantovani, que le valió, muy merecidamente, la Coppa Volpi en la pasada edición del Festival de Venecia. La actriz catalana Nora Navas, una habitual en Seminci en las últimas ediciones, tiene un pequeño papel como asistente de Mantovani.

La odisea de un rey sin corona

La pareja de Peter Brosens y Jessica Woodworth retorna a la Seminci cuatro años después de su premiada película de ciencia ficción, La Quinta Estación, para presentar su nuevo largometraje, El Rey de los Belgas, una interesante película que combina la road movie con el falso documental (mockumentary). La historia, que tiene como trasfondo el célebre viaje de Ulises, se centra en un surrealista viaje de retorno a casa de un ficticio rey de Bélgica, Nicolás III. Éste se encuentra de visita oficial en Turquía, en el marco de una exposición cultural que tiene por propósito favorecer la candidatura de dicho país para acceder a la Unión Europea. Mientras se encuentra allí con su equipo de protocolo, le acompaña un antiguo documentalista de guerra, Duncan Lloyd, a quien la casa real de Bélgica ha encargado la realización de un documental laudatorio de la institución monárquica.

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Duncan, que no se encuentra satisfecho con la idea de hacer un documental al uso sobre casas reales, decide arriesgarse y rodar por su cuenta “otro documental” que muestre una imagen más cercana y real del monarca y su entorno. Mientras el rey, su séquito y el documentalista están en Turquía, se declara unilateralmente la independencia de Valonia, pero no pueden regresar a casa para afrontar la situación debido a que se ha declarado una tormenta solar que impide las comunicaciones aéreas. Esta circunstancia es aprovechada por Duncan para ofrecer un trato al jefe de protocolo del monarca. A cambio de ayudarles a planificar una huida por los Balcanes, Duncan tendrá la oportunidad de rodar un documental mucho más cercano del monarca y su entorno. Al final, emprenden la marcha disfrazados de miembros de un grupo de música tradicional búlgara, mientras son perseguidos por los servicios secretos de Turquía que no quieren que el rey de Bélgica abandone su país sin apuntalar su candidatura de entrada en la Unión Europea.

La idea de la película, basada en un hecho real (la imposibilidad del primer ministro de Estonia para poder volver a su país debido al cierre del espacio aéreo europeo durante la erupción de un volcán en Islandia), permite a la dupla de realizadores plantear una road movie con la estructura narrativa de un falso documental, el que está rodando Duncan, primero a escondidas y luego con el consentimiento del jefe de protocolo del rey. Esto permite una interesante lectura de la institución monárquica, muy encorsetada en los tiempos actuales por una doble limitación: la política que le viene impuesta por el carácter democrático de los estados modernos (el rey reina pero no gobierna) y sobre todo la de opinión pública, que quiere ver en los monarcas un dechado de virtudes y una imagen intachable. Precisamente, ese accidentado viaje del rey por los Balcanes permite contraponer esas dos visiones de la monarquía. Por un lado, la de una institución de rígido protocolo y muy alejada del pueblo llano y, por otro lado, la de un rey que, por la presión de las circunstancias, tiene que interactuar con el pueblo llano de aquellos países que visita en su retorno y en los que pasa por un montón de peripecias.

Hay también en la película una lectura política de la monarquía. En los países de organización territorial compleja, tipo Bélgica o España, el rey es el símbolo de la unidad nacional; sin embargo, por ser monarquías parlamentarias, el rey no tiene poderes políticos efectivos, sino puramente protocolarios. Como apuntaba Carl Schmitt, el rey lo era porque podía ser soberano, es decir, podía decidir en circunstancias excepcionales. Ahora no lo puede hacer porque la soberanía, en una democracia, pertenece al pueblo y a sus representantes políticos. De ahí surge la segunda lectura de la película, como un viaje también interior, el del propio monarca consigo mismo ya que, en una situación tan excepcional, tiene que asumir una nueva forma de nobleza que se podría emparentar con la de los aristócratas griegos, como el Ulises de la Odisea. Éste, a diferencia de los nobles y reyes modernos que lo son por consanguineidad, lo era por lo heroico de sus acciones, por ser capaz de dirigir con valor a su séquito y sortear todas las trampas que los dioses le tendían para impedirle culminar su tarea: el regreso a casa.

Este proceso es precisamente el que tiene que experimentar el monarca belga durante su travesía de vuelta a casa. Tiene que dejar de ser un símbolo para convertirse en un héroe que sortee los peligros con heroísmo. Los directores de la película toman esta idea homérica no tanto para hacer una historia de aventuras, sino para plantear una comedia que funcione como metáfora de un país, Bélgica, que como apunta Duncan en la película es como un “pequeño cacahuete” que no tiene sentido partido en dos mitades. No es casual, por lo tanto, que los directores planteen el asunto de las tensiones nacionales de su país en aquella parte de la geografía europea en la que el nacionalismo desintegrador ha causado mayores desmanes: los Balcanes. Un rey cuya nación se está dividiendo mientras viaja a través de países como Serbia o Bulgaria que han vivido graves crisis y convulsiones por el nacionalismo. Precisamente, este vínculo con el nacionalismo lo buscan los directores introduciendo el personaje de un francotirador serbio de la guerra de Bosnia, antiguo camarada de Duncan con el que éste compartió momentos que dieron lugar a un documental frustrado. Este personaje se convierte en el guía del rey durante su viaje por tierras serbias, alguien profundamente marcado por los horrores de la guerra y que sirve de advertencia, incluso en algunos de los momentos cómicos de la trama que allí se suceden, de que la tragedia es el final más previsible de los procesos políticos secesionistas, en los que se busca aparentemente la libertad nacional.

Uno aspecto muy destacable de la película es la muy buena caracterización de los personajes. Por un lado el del documentalista Duncan, un hombre frustrado por no haber podido hacer el documental perfecto y que se ve abocado a ser cronista cinematográfico rosa de las casas reales. El militar Carlos, un hombre realista y pragmático, que no cree ni en la monarquía como símbolo, ni en la unidad de su país. Louise, la responsable de la imagen del rey, una brillante graduada en diplomacia que domina varios idiomas pero que se ve superada por los acontecimientos. Ludovic es el jefe de protocolo, un funcionario empeñado en salvaguardar la dignidad real a toda costa y que da pie a muchas situaciones cómicas en la película.

Muy acertadas resultan las metáforas visuales en la película, especialmente las náuticas. Vemos al monarca pilotar, como Ulises, un barco que zozobra en el Bósforo, justo cuando sus asistentes le anuncian que Valonia se ha declarado independiente, o en la parte final de la película, cuando deciden regresar por mar y viajar a Italia, acabando en Albania (con una cierta ironía al mostrar una   “patera” real arribando en las costas del país más pobre de Europa). En el pensamiento político griego (Platón, Jenofonte, Homero) el buen gobernante es comparado analógicamente al buen piloto de una nave, metáfora que también aprovechan con inteligencia Brosens y Woodworth, tanto en el aspecto paródico como en el más sutil de la política.

Otro de los aspectos más llamativos de la película es su estructura narrativa, en la que ésta adopta el punto de vista de un falso documental. De ahí que en la primera parte una parte de los planos esté rodada con extrañas angulaciones de cámara para dar a entender que se están rodando de forma oculta por Duncan y así pasar inadvertidos al séquito real. El contrapunto musical también es de lo más acertado, incluyendo el famoso bolero de Ravel, una obra cuya génesis está muy marcada precisamente por la idea del viaje, del cambio frenético, como frenética pretende ser por momentos la surrealista odisea del rey Nicolás III. El Rey de los Belgas es una inteligente comedia que puede atrapar tanto al espectador muy cinéfilo y que ya conoce trabajos más arriesgados de Brosens y Woodworth, como al público que espera algo más convencional.

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