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El precio del dinero

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Crisis económica
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Señores, se tiene que acabar el dinero gratis, está afirmación podría ser perfectamente de Mario Draghi, dirigida a los bancos europeos y, sobre todo, a los gobiernos de la zona euro. El Banco Central Europeo que, con guante de acero y pulso de hierro, gobierna este italiano imperturbable con una cara de poder multiplicar sin calculadora cifras de siete dígitos, es la institución encargada de que la economía no se hunda en el viejo continente.

‘Supermario’ –como le conocen los que le temen- se licenció en economía por la Universidad de la Sapienza, bajo la dirección del profesor Federico Caffe y fue artífice de las más importantes privatizaciones de empresas públicas italianas. Además, fue el autor del texto, conocido como “Ley Draghi”, que introdujo en Italia la normativa en materia de OPAs y al final de los años noventa fue director ejecutivo del Banco para más tarde llegar a vicepresidente ejecutivo de Goldman Sachs, cuarto banco de inversión del mundo.

Ahora, el presidente del Banco Central ha avanzado una de las claves para conocer cuando se pondrá fin a la política expansiva que, en realidad, genera importantes desajustes y hasta puede impedir el fomento de la competitividad de las empresas europeas para que, según ha dicho Mario Draghi, la inflación en la zona euro se acerque finalmente al objetivo del 2% en 2019. Es lo mismo que decir que quedan como mucho dos años de tipos bajos de interés.

Según las previsiones del Banco Central, el año próximo la inflación debería subir y acercarse al 1% y, más tarde, por encima del 1%, sobre todo por el efecto base de los precios de la energía. En este momento el crecimiento de la zona euro parece haberse estabilizado y podría seguir así durante el resto del año. A pesar de lo cual, el horizonte no es optimista, debido a la incertidumbre política que acaba provocando un menor crecimiento mundial, sin que aparezcan en el horizonte burbujas en los precios de los activos o la necesidad de nuevos ajustes para los bancos, cuyos balances se estudiarán a fondo.

La Gran Recesión global y la crisis soberana han provocado que la última década sea la de menor crecimiento del área del euro desde la Segunda Guerra Mundial. Es lo que ha resumido de forma muy gráfica el Fondo Monetario Internacional con la expresión “demasiado lento durante demasiado tiempo”. En paralelo, la inflación se ha mantenido alejada del objetivo de medio plazo de la política monetaria.

La excepcionalidad y la naturaleza de los desequilibrios acumulados, en particular el elevado grado de endeudamiento privado y público, no sólo lastran la capacidad de las economías para crecer y reducir los niveles de desempleo existentes, sino que también limitan el margen de maniobra de las políticas económicas anti-cíclicas, al menos en su marco convencional.

Los tipos de interés de referencia se han reducido hasta niveles situados cerca de agotar sus posibilidades de recorrido a la baja. Así, el tipo de la facilidad marginal de depósito, que se había adentrado en terreno negativo ya desde 2014, se situó en marzo de este año en -0.40 %. En el actual contexto de abundante liquidez, esta tasa constituye una clave que condiciona toda la política económica de consecuencias no siempre positivas.

Y llegados a este punto, la realidad es que la política monetaria no puede ser el único instrumento de la política económica. La política monetaria no puede sustituir a las reformas orientadas a mejorar la competencia y el funcionamiento de los mercados, ni puede contribuir directamente a mejorar la calidad de la política fiscal, ni tampoco a la mejora en la gobernanza de las instituciones europeas.

Es también cierto que la Unión Europea ha sufrido en los últimos años serias dificultades como la crisis de la deuda soberana, la crisis del euro y, ahora, la crisis británica, una serie de tormentas que parecen un buen ejemplo para pensar que, a pesar todo, las instituciones funcionan.

La unión monetaria en Europa se encuentra ante un escenario macroeconómico complejo, caracterizado por unas perspectivas moderadas de crecimiento y una inflación muy baja, a las que se han añadido focos de incertidumbre, como los derivados de la asimilación de los flujos migratorios o el resultado del referéndum sobre la participación del Reino Unido en la UE.

A pesar del contexto, en este esquema, la política monetaria ha podido generar un estímulo considerable a través de la relajación de las condiciones de financiación, pero resulta necesario que el resto de políticas acompañen a la política monetaria si se quiere asegurar la recuperación y mejorar las perspectivas de medio plazo. En este sentido, la política fiscal de los países miembros de la Unión debería utilizar los márgenes de maniobra que permite el Pacto de Estabilidad y Crecimiento para favorecer la actividad y, en paralelo, se debe profundizar en la aplicación de las reformas estructurales que permitan mejorar el potencial de las economías.

Por ello, un país como España no puede tomar otro camino de política económica que aquel que, en primer lugar, permita y estimule el mayor crecimiento del empleo o, lo que es la otra cara de la misma moneda, un más rápido y más sostenible aumento de nuestra productividad y competitividad; y, en segundo lugar, que permita frenar el crecimiento de nuestro endeudamiento público y privado para, después, reducirlo. Por ello, la clave está en el camino de las reformas que protegen y mejoran nuestra competitividad. En realidad, no hay otra opción, las promesas populistas no tienen cabida.

Jack Miur
Siempre atento a la innovación, la ingeniería y El Progreso

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