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El Real sube a escena ‘Parsifal’ en una Europa sin rumbo

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El Real sube a escena ‘Parsifal’ en una Europa sin rumbo 1

Acudir a una ópera de Richard Wagner de la magnitud, la intensidad y la complejidad de Parsifal precisa llegar al teatro con el ánimo en forma –vamos, lo que los angloparlantes llaman in good spirits– y, a ser posible –es casi inverosímil no hacerlo– amar la obra del compositor alemán, además de estar versado, como espectador, en lides operísticas. Porque Parsifal es una experiencia religiosa con todos los componentes que esta expresión sugiere: rito, mística, evocación, solemnidad, consagración, liturgia, trance… No en vano, hasta mediados de la primera década del siglo pasado no se pudo, por expreso deseo de Wagner, representar fuera de su ‘santuario’ de Bayreuth. Es más, el compositor nacido en Leipzig nunca calificó a Parsifal de ópera, ni siquiera de drama musical, como hizo con sus obras anteriores, sino que la denominó festival escénico sacro: bühnenweihfestspiel. Hablaríamos, pues, de una pieza religiosa que tiene, contrariamente a lo defendido por el sajón hasta entonces, un tercio del libreto rimado y una música que anticipa el impresionismo de años posteriores.

Su título es el apelativo de su protagonista, un “casto demente”, un “sabio de la compasión”, que no conoce siquiera su nombre ni su filiación hasta que Kundry –el principal personaje femenino, con una presencia muy destacada en escena en esta producción– le llama Parsifal, del francés Perceval: celui que perce le val, el que atraviesa el valle.

El director de escena de la producción que hoy se estrena en el Teatro Real, Claus Guth, sube el telón con tres hombres sentados a una gran mesa, la obertura ya en su parte final. Un anciano renqueante se levanta para dirigirse a uno de los dos, mientras el otro, sintiéndose despreciado, abandona la habitación. Se trata de un padre, Titurel, y dos hermanos, Amfortas y Klingsor, una de las licencias de Guth sobre el libreto, pues Wagner nunca los unió por lazos familiares.

A partir de ahí, veremos un sanatorio para heridos –de cuerpo y de alma– en la Europa del periodo de entreguerras, a través de una escenografía circular que ofrece mucho juego con diferentes perspectivas a lo largo del montaje. Es en el segundo acto donde más se percibe la ubicación de la ópera en los años 20. A ese lugar de convalecencia, destrozado para entonces, llega en el tercero Parsifal como héroe, a redimir pero también a erigirse en líder. Un Mesías que preludia el absolutismo. Un tiempo antiguo da paso a uno nuevo y el tiempo, como reza el libreto, es espacio. Kundry decide que no tiene hueco en esa realidad impuesta y decide irse, mientras los hermanos, antaño enfrentados, envejecen juntos –¿triunfa al final el entendimiento entre ellos, el perdón y, en definitiva, la compasión?–, dos vueltas más de tuerca de Guth al original.

Anja Kampe encarna a una Kundry espectacular en el apartado actoral y excelente en el vocal, inducida a continuas reencarnaciones. “Quien te desafíe, te hará libre”, le dice Parsifal. Enorme Franz Josef Selig como el sacerdote Gurnemanz, muy bien Detlef Roth en el papel del doliente Amfortas y delicioso el timbre de Christian Elsner, que presta su voz a Parsifal. Muy alto el nivel del resto de intérpretes y del coro, como viene siendo habitual en la formación dirigida por Máspero. La producción cuenta con varias sutiles proyecciones de los pies en camino del protagonista –desnudos al principio y calzados con botas militares al final– y de la devastación de la guerra. La iluminación contribuye crear el ambiente mágico de la celebración religiosa.

En el apartado musical, el público reconoció la labor de la OSM, para la que la composición es todo un desafío cuanto menos por su duración. La orquesta titular del Real se creció con el avance de la obra y se mostró briosa cuando fue necesario, pero quizá Semyon Bychkov, el magnífico director ruso que lleva la batuta en ocho de las diez representaciones, debió haber apremiado un poco más a la formación. Ya se sabe, nunca faltará en Parsifal la polémica entre los que como Richard Strauss apostaban por darle mayor agilidad –así sucedió en las primeras representaciones– y los que reclaman lentitud ritual. En definitiva, más de cuatro horas de música impagable.

Fotos: Javier del Real.

Fotos: Javier del Real.

 

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