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Elecciones, juego de niños

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Elecciones, juego de niños 1

Las dos últimas elecciones generales han arrojado un cuadro que hace difícil la gobernabilidad, por no decir que con el resultado obtenido es imposible. Los comicios de diciembre del año pasado mostraron un resultado de empate técnico que demandaba acuerdo y negociación, pero los líderes recién estrenados se dedicaron durante meses al juego de las llamadas líneas rojas, es decir la negación y el rechazo frontal de toda propuesta que no sea la propia.

En algún caso, incluso presentaron con alarde y fanfarrias acuerdos de nula utilidad, como el pacto entre Pedro Sánchez y Albert Rivera, comparado irónicamente por el presidente en funciones con el acuerdo de los Toros de Guisando o el Compromiso de Caspe.

La primera comparecencia de Pablo Iglesias después de ser recibido por el Rey se convirtió en un reparto de ministerios estratégicos y puestos clave como el CNI o RTVE para miembros de su propia formación. Dicen que era una manera de llamar la atención o, si se prefiere, de bloquear cualquier opción para el entendimiento. La realidad es que se impidió todo acuerdo y, al final, se acabó generando el hartazgo de los ciudadanos que esperaban otra cosa, encontrar soluciones.

Los exegetas de la nueva política acuden a las tertulias televisivas para justificar como meras tácticas lo que de ortopédico tiene esta suerte de ‘juego de tronos’, ayuno de ideas y vacío de propuestas de verdadera renovación.

La repetición de las elecciones castigó a los tres partidos que habían mostrado una actitud infantil, a pesar de lo cual ninguno se ha dado por aludido y sus líderes siguen planteando exigencias, en unos casos incluso antes de sentarse a negociar y, en otros, para negarse a hacerlo, planteando un rechazo frontal al entendimiento. En resumen, hemos entrado en un verdadero juego de niños sin que el servicio público se plantee como una ejercicio de responsabilidad.

Estamos ante el resultado de fabricar durante años una sociedad blanda y débil, que ha hecho de la reivindicación constante, sea viable o imposible, su principal motivo para plantear una especie de queja permanente, que paradójicamente solo conduce a la inacción. El esfuerzo y la superación han dejado de ser valores universales para presentarse por los adalides de este modelo pueril como pesadas cargas de un pasado al que se alude como trasnochado.

No se trata de un mal exclusivo de nuestro país, se registra con mas o menos intensidad en la mayoría de sociedades occidentales, en los que el Estado de bienestar ha generado altas cotas de servicios públicos gratuitos, catalogados como conquistas históricas irreversibles, sea cual sea el cuadro económico que las sustenta. Eso sí, poco importa que se su coste sea viable o imposible. Esto es lo de menos, los conceptos de este maná que cae de un cielo “inagotable” son entendidos como derechos históricos, aunque no se haga nada por mantenerlos o merecerlos. Son una obligación que nadie puede tener la osadía de poner en cuestión y quien lo haga perderá las elecciones.

Como prolongación de esta idea se registra de manera habitual una crítica al gobierno de la legislatura anterior al 20D como el de “la crueldad”, que, como es sabido, tuvo que enfrentar una situación límite, heredada de la etapa anterior, para evitar el rescate de la troika y la quiebra de las cuentas públicas. Este gobierno ha dedicado casi el 40% del presupuesto a gastos sociales, ha garantizado el cobro de las pensiones, los sueldos de los funcionarios y el Estado de bienestar en su conjunto; todo ello a pesar de enfrentarse a la crisis económica más grave vivida en décadas.

Cuando el ex presidente francés, Nicolas Sarkozy, presentó sus ideas para gobernar la república dijo aquello de “quiero una Francia en la que los alumnos se pongan en píe cuando entre el profesor”. Es tan solo una metáfora que puede resumir a la perfección cómo las sociedades occidentales van por un camino equivocado. Se ha creado un sistema en el que no se respeta nada, ni la mínima autoridad, ni la trascendencia histórica de la enseñanza como valor de la educación universal y gratuita, ni el gran logro de un sistema de salud como el español q es ejemplo en todo el mundo.

Cuentan que la serie ‘Juego de Tronos’ se ha despedido dándole al público lo que quería, muertes y venganza. Así es la sociedad actual, que pide cosas sin importar su coste o su valor, ni tan siquiera su significado. Según parece, los estrategas de Podemos, amantes de la serie, todavía se preguntan por el fracaso de su pacto con los comunistas de IU en la última consulta electoral, en la que no consiguieron el ansiado ‘sorpasso’ para adelantar al PSOE. Para averiguarlo, han realizado ‘sesudos’ informes en los que se apunta que un día de playa fue preferido por sus teóricos votantes a la posibilidad de acudir a los colegios electorales, precisamente –como apuntan sus dirigentes– porque su parido –afirman– debe llegar rápido al poder para emprender el cambio. Pero la realidad es diferente y tozuda, los ciudadanos demandan antes capacidad para el pacto. Así era en la Transición. Entonces, izquierda y derecha fueron capaces de entenderse y enterrar el mito de ‘las dos Españas’. Aquel espíritu de concordia también se pone ahora en cuestión para negar cualquier posibilidad a una etapa fructífera que haga posible asentar la recuperación económica.

Las exigencias que Rivera ha planteado a Rajoy son razonables y serán previsiblemente votadas a favor por los populares en su comité del 17 de agosto y, por tanto, toda la presión para sacar al país de la parálisis, que ya dura ocho meses, recaerá sobre Pedro Sánchez. Veremos entonces si acaba el juego de niños y empieza la política de verdad.

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