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Lola y Lola La Billetera: historias de dos buscavidas de comienzos del XX

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Lola
Lola

Lola y Lola La Billetera. Según los que las trataron, ambas se llamaban así y las dos eran poquita cosa (bajitas, delgadas, seguramente jóvenes). A su manera, eran en aquellos tiempos lo que ahora nos machacan con el dichoso adjetivo: emprendedoras. Claro que en el primer cuarto del siglo XX ni existía la palabra ni se correspondían ellas con sus nietas actuales. Pero sí coincidían en que eran independientes y se ganaban la vida, la primera vendiendo y voceando por las calles y cafés los periódicos (La Lola tenía la exclusiva de La Correspondencia de España, el diario de más circulación entonces), y la segunda quizás por la misma senda que su tocaya, ofreciendo –¿y, obligando?– a que el personal le adquiriera algún décimo o billete (de ahí el apodo) de lotería.

Cuesta pensar, a la vista del mundo que nos rodea ahora, lo que era, visualmente al menos, la venta de la prensa en los albores del siglo XX. Con pocos quioscos fijos, tal como se conocieron después, el grueso de las ventas tenía lugar en la calle y en locales públicos a través de las –porque en su mayoría eran mujeres– vendedoras. En efecto, ellas eran mayoría, aunque también muchos casi niños de ambos sexos. Unas y otros salían disparados de los talleres de impresión, con la tinta fresca, y cargados de ejemplares (alrededor de una veintena cada una), que debían vender en su totalidad. Dispuestos a acabar pronto, el anuncio de las últimas noticias se hacía a voz en grito, en las calles como hemos dicho, pero también en los cafés o a la salida de los teatros o, en fin, de camino a uno u otro lugar, ofreciéndolos a los viandantes.

‘La Lola’

Pues bien, entre las vendedoras de periódicos más populares entre el “gremio” madrileño estaba esta Lola (“la Lola”), sin más apellidos y otros datos, inexistentes, que tenía su “despacho” (desde allí salía a recorrerse todo el centro de la ciudad) en el popularísimo Café de San Millán, cerca de la cabecera del Rastro madrileño, frente al entonces popular Mercado de la Cebada.

Muy apreciada por una clientela fiel, al parecer, su aspecto era de una apariencia casi infantil, estatura escasa que intentaba compensar calzando grandes tacones (lo que la empequeñecía aún más), además de vestir estrafalarias y chillonas prendas que realzaran la, por otra parte, su edad real, alejada de la de su aspecto. Su periódico, ya se ha dicho, era La Correspondencia de España, un diario de los llamados “sábanas” (por su enorme tamaño), bajo cuyos ejemplares casi se perdía nuestra Lola en su insignificancia. Muy guapa, por otro lado, y con enorme desparpajo, hacía las delicias de sus parroquianos que eran, en su mayoría, los escritores, autores, actores, periodistas y tertulianos de los cafés más populares. Pero, al final, serían los del oficio –los “chicos de la prensa”– los que harían aún más conocida a la solicitada Lola, bien dedicándole a algún vate unos versos ripiosos, puede que un cuento inspirado en ella por el último narrador, o, también, otro gremio, el de los artistas plásticos, que la plasmarían en dibujos y caricaturas.  

Lola la Billetera

Lola La Billetera

Lola ‘la Billetera’

Por su parte, Lola la Billetera era una muy alabada musa, o algo parecido, de la misma clientela bullanguera (intelectual y artística), y paseante en corte de su tocaya, la vendedora de periódicos, aunque en su caso, moviéndose por la zona comprendida entre el popular Café de Fornos y los teatros Eslava y Apolo.

Anterior en el tiempo a la Lola, era contemporánea en sus inicios del famoso perro Paco, y como el inteligente can, popularísimo en el Madrid finisecular, Lolita con sus décimos o billetes, también aparecía cada noche por los salones del Fornos (también lo hacía el famoso Paco, el perro), y en más de una ocasión, con ella como provocadora o a su pesar, los habituales bohemios que tenían allí sus reales, acababan perorando y organizando habituales escándalos.

A tenor de su apodo, naturalmente, esta otra Lola era una de las numerosas vendedoras callejeras de billetes de lotería, sólo que, en su caso, la Naturaleza le había regalado una belleza algo turbadora que, ya se ha apuntado, embobaba a la fauna bohemia de la capital de España, clavados sus pontífices en sus habituales mesas de los cafés. Sin llegar a la brevedad de la otra Lola, pero también bajita, la Billetera lo compensaba con una explosión de gracia y simpatía. Tuvo, claro, muchas proposiciones amorosas, unas serias y muchas más de las otras. Para, al final, caer en una de las primeras, con una solicitud de matrimonio hecha por un señorito rico, con respuesta afirmativa, casándose, al final, nuestra Lola lotera con aquel, por otro lado, casi desconocido individuo para ella.

Un infierno de malos tratos

Tan sólo se la conocía como Lola la Billetera, pero para madrileños y visitantes quedaría en el recuerdo como casi una institución, refiriéndose a ella, unos como una mártir y una heroína que se pateaba Madrid horas y horas voceando los números de la suerte, y para otros –siempre los más meapilas–, como una buscona que se escondía tras sus décimos de la suerte. Pero, pasado un tiempo, nuestra segunda Lola dejó su vida de vendedora callejera y “subió” al nivel de lujo de sus, hasta entonces, compradores y limosneros de su anterior vida miserable, ganada arteramente por el ya citado señorito.

Los que la habían conocido pobre y risueña, no la reconocían ahora, enjoyada y envuelta en pieles. Solo que tal estado de cosas fue tan efímero que pareció un sueño. Porque, tras ese escaparate, Lolita vivió un infierno de malos tratos por parte de su flamante esposo, llegando la infamia de éste a provocarle la muerte violenta a la hermosa ex lotera. A su entierro acudieron todos sus viejos amigos de los cafés y las tertulias, y también cientos de madrileños, que quisieron testimoniar su pena por un tan desgraciado final de la gentil muchacha.

José María López Ruiz
José María López Ruiz es escritor, periodista, investigador y publicista. Sus trabajos han aparecido, entre otras cabeceras, en Historia y Vida, Guía del Ocio, La Información de Madrid, Dígame, Historia 16 e Interviú, y en Andalucía, en El abanto, Diario de Andalucía, El Correo de Málaga y Málaga Variaciones, entre otras.

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