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“Oligarquías”, de Juan José López Burniol

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"Oligarquías", de Juan José López Burniol 1

The Roman Revolution es una vieja, influyente y controvertida monografía de sir Ronald Syme, editada por Oxford University Press en 1939 y reeditada muchas veces (la última en el 2002). Se centra en los últimos años de la ­República y en la instauración del imperio por Augusto. Su tesis es que la estructura institucional republicana –Senado incluido– era apta para el gobierno de una ciudad como Roma (“en cualquier época de la historia de la Roma republicana, unos veinte o treinta hombres, sacados de una docena de familias dominantes, detentan el monopolio de los cargos y del poder”), pero era inadecuada ­para gobernar los extensos territorios que Roma conquistó, por lo que Augusto se hizo con el poder absoluto tras una guerra civil, restauró el orden público y aseguró la gobernabilidad instaurando el imperio. Preservó una apariencia republicana e impuso una dictadura.

Libertad o gobierno estable fue la cuestión que se planteó entonces a los romanos. Quienes podían decidir –la oligarquía– optaron por el gobierno estable. De esta forma, las casas nobles, los líderes políticos y sus acólitos conservaron lo que tenían por suyo. Y así cabe concluir –como hace Syme– que Augusto “surgió en la guerra civil, usurpó el poder para sí y para su facción, convirtió la facción en un partido nacional, y un país desgarrado y revuelto en una nación con un gobierno estable y duradero”. Ahora bien, Augusto fue un déspota, un dictador frío que eliminó a sus enemigos de modo sutil pero sistemático, mediante la manipulación de la opinión pública y la simulación. La conclusión de Syme es demoledora: “En todas las edades, cualquiera que sea la forma y el nombre del gobierno, sea monarquía, república o democracia, detrás de la fachada se oculta una oligarquía, y la historia de Roma, republicana o imperial, es la historia de la clase dominante”. Y su juicio final es contundente: “No hay necesidad alguna de encomiar el éxito político, ni de idealizar los hombres que alcanzan la riqueza y los honores por medio de una guerra civil”.

Dado que el poder está siempre en manos de una oligarquía, la cuestión que se ha planteado de forma reiterada a lo largo de la historia es por qué opción se inclina la oligarquía dominante cuando su posición es cuestionada y corre el riesgo de verse desplazada y privada de su hegemonía, lo que sucede en épocas de fuerte agitación provocada por un cambio social de calado, máxime si este coincide con una crisis económica grave. Es decir, entre libertad y orden, por cuál de estas dos opciones se decanta la oligarquía. Si escoge la libertad y, para ello, admite y aun propicia las modificaciones del sistema que el cambio social exige para integrar a los que se sienten excluidos de él; o, antes al contrario, opta por el orden expresado en unas leyes y encarnado en unas instituciones que considera intangibles y en cuya defensa se enroca.

De quienes apuestan por la segunda opción –el enroque altivo y tozudo– suele decirse que son realistas. Pero atina Claudio Magris cuando advierte –en El infinito viajar– que “la locura de Don Quijote es, de alguna manera, realista y vidente; mucho más desde luego que la utopía de quien ve sólo la fachada de las cosas y la toma por la única e inmutable realidad. Son los Don Quijotes quienes se percatan de que la realidad se cuartea y puede cambiar; los presuntos hombres prácticos, orgullosamente inmunes a los sueños, siempre creen, hasta el día anterior a su caída, que el Muro de Berlín está destinado a durar”. En la misma línea, Keynes da un paso más y amonesta: “Quisiera advertir a los caballeros de la City y de las altas finanzas que si no escuchan a tiempo la voz de la razón, sus días pueden estar contados. Hablo ante esta gran ciudad igual que Jonás habló ante Nínive (…). Profetizo que a menos que abracen la sabiduría a tiempo, el sistema sobre el que viven se pondrá tan enfermo que se verán inundados por cosas insoportables que odiarán mucho más que los remedios suaves y limitados que se les ofrecen ahora”.

Del mismo modo que las especies que mejor sobreviven a los cambios no son ni las más grandes ni las más fuertes, sino las que tienen más capacidad de adaptación, los sistemas políticos que ofrecen más garantías de continuidad y de eludir, por consiguiente, los sobresaltos revolucionarios son los que muestran más aptitud para acomodarse y ajustarse a la nueva realidad social emergente, lo que comporta cesiones inevitables por parte de quienes ocupan una posición dominante. Esta idea, que ha sido siempre cierta, reviste hoy especial importancia habida cuenta de que las sociedades modernas, con un ni-vel de formación media apreciable, un gra-do de información elevado y una interconexión a través de las redes sociales hasta hace poco desconocida, son infinitamente más difíciles de contener dentro de un sistema represivo de lo que nunca antes fueron. Por eso resulta profundamente realista la idea, aparentemente paradójica, de que el pensamiento radical es el único antídoto del cambio radical.

Artículo de Juan José López Burniol, publicado en ‘Caffe Reggio’, periodismo de opinión. / La Vanguardia

http://www.caffereggio.net/2016/04/02/oligarquias-de-juan-jose-lopez-burniol-en-la-vanguardia/

 

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