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Pensando en Navidad

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Mariano Rajoy gobernó durante cuatro años, enfrentándose a muchos problemas pero sin sobresalto parlamentario alguno hasta finales de 2015, en un momento en el que todos los análisis demoscópicos le anunciaban el final de la mayoría absoluta y la llegada de un tiempo nuevo, tal vez el fin de bipartidismo y la irrupción de nuevas formaciones que hacían presagiar la llegada de una etapa política de clara inestabilidad, precisamente lo que más odia el dirigente popular.

Tal vez por ello se armó de paciencia, seguramente su virtud más acusada, para aguantar el tsunami que, sin remedio, se le venía encima. Su primera reacción fue agotar la legislatura sin alterar un ápice su ritmo vital, desoyendo las voces que, incluso desde su partido, le demandaban un adelanto electoral para -según decían- coger a contra píe a sus adversarios y detractores.

El resultado endemoniado del 20-D le ratificó en su convicción de que, aun siendo el ganador de las elecciones, la solución iba para largo. Desde el primer momento ofreció al PSOE la gran coalición, seguro de que sería rechazada una y otra vez y se apresuró a declinar el ofrecimiento del Rey para acudir a la Investidura, reto que aceptó un Pedro Sánchez deseoso de entrar en liza. Este, tras no salir no muy bien parado por la contestación interna de su propio partido y, sobre todo, después de aquel mágico reparto de carteras que Pablo Iglesias esbozó ante un país incrédulo con lo que estaba viendo, Pedro Sánchez alcanzó un pacto tan exiguo como inútil con Albert Rivera, del que solo salió la necesidad de volver a la urnas en junio.

El resultado del 26-J, casi igual de endemoniado y difícil de gestionar, ofrecía elementos claramente diferentes. Rajoy volvía a ganar, pero era el único que subía mientras que los tres aprendices que le habían dado por muerto político perdían apoyos y escaños. El acuerdo de Podemos e IU no sumaba votos ni arrebataba a los socialistas la segunda plaza, satisfechos por ello pero recibiendo una dura lección al obtener su peor resultado. A la vez, la estrategia de Ciudadanos centrada en el ataque personal a Rajoy resultaba de nula utilidad en sus objetivos electorales, perdían escaños.

La paciencia de Rajoy daba sus frutos, pero ahora no tendría más remedio que aceptar el ofrecimiento del Rey y acudir a la investidura y, aunque inicialmente quiso dejarlo en la habitual nebulosa mariana, dio un paso al frente para intentar salir del aislamiento. Lo consiguió en plenas vacaciones al lograr que Ciudadanos pasara de la abstención al sí, lo que le permitió presentarse en el Congreso con el apoyo de 170 escaños. No era suficiente, pero la estrategia mediática era eficaz, ahora el culpable del bloqueo quedaba evidente. El no contumaz de Sánchez será su final político a manos de su partido o directamente de los ciudadanos.

Realmente Rajoy no quiere gobernar en una situación tan precaria, su paciencia le permitirá aguantar hasta que disponga de una cómoda mayoría que le garantice seguir haciendo su política. Espera conseguirlo en las próximas elecciones o las siguientes, da igual, tendrá paciencia. Resistirá hasta que agote al resto y lo hará de forma que sean ellos los culpables de tal ridículo evidente.

Pedro Sánchez podría haber entrado en enero en el gobierno, trabajar como vicepresidente, evitar el deterioro que la situación supone para el país y para su propio partido y esperar mejores tiempos. Estaría disfrutando la mejor situación, todo el poder o casi, apuntándose los éxitos y cargando los fracasos en la mochila de su coaligado. Es verdad que la oposición quedaría en solitario en manos de Podemos, cuya su inexperiencia unida a su prepotencia impediría que sumara más seguidores, entre otras razones, sencillamente porque no hay más.

La realidad es que el nuevo partido, como reconocen sus propios dirigentes, necesita el poder de inmediato para evitar el desaliento de sus seguidores que estaban convencidos de que verían los resultados de la revolución sin esperas.

Mientras la presión sobre el PSOE es agobiante y su postura de cierre y bloqueo no es entendida por nadie, el PP se mueve en una triple posición de ventaja que supone seguir en el gobierno, aunque sea en funciones, la opción de que su líder sea de nuevo investido presidente, aunque sea para formar un ejecutivo precario, o que todo acabe en unas nuevas elecciones en las que Rajoy se acercaría aún más a la mayoría.

Pero este hombre tranquilo que no se inmuta con nada y que cuando Iglesias levanta el puño en la tribuna de oradores le contesta “hágalo cuando quiera, siempre que no sea obligatorio”; este hombre que cuando hace apenas un año todos le colocaban en el final de su vida política, él ya sabía que para mantenerse en el poder habría que pasar varias veces por las urnas y tener mucha paciencia.

Incluso puede que por la cabeza de este gallego con más conchas que un galápago, curtido en mil batallas, uno de los más brillantes parlamentarios que han pasado por la Carrera de San Jerónimo, estarán pasando todo tipo de sutiles ideas, tramando la recta final de una estrategia que le llevará a permanecer en La Moncloa otros cuatro años, antes de retirarse a su Pontevedra querida.

Como él mismo diría, puede que le salga o puede que no. Teniendo en cuenta el cansancio de los votantes, en especial los de izquierdas, aumentará la abstención por el día elegido para los comicios. Si se suman sus casi 8 millones de votos con los 3 millones cien mil de Ciudadanos, del pasado junio, en una posible lista compartida a la que Rivera no se debería negar para evitar desaparecer, la fórmula le da claramente mucho más que los 10 millones y medio de los votos que obtuvieron en junio entre PSOE y Podemos y que ahora, con toda probabilidad, no volverían a sumar. El resultado con la corrección de la Ley D’Hondt daría en la diana. Mariano lo tiene en algún remoto lugar de su gallego cerebro, pero su proverbial paciencia le impide hasta pensarlo.

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