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Un conde homenajeado

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Luego se llamarían “serpientes de verano”. Entonces, simplemente rumores del estío con los que, y en esto sí era igual, llenar las páginas anémicas de los periódicos. Pues bien, uno de esos falsos rumores fue, y tuvo como protagonista, a don Álvaro de Figueroa, más conocido como Conde de Romanones. Aristócrata donde los hubiere, y, sin embargo, liberal y, digamos, progresista, en ningún gobierno de ese signo faltó él como condimento indispensable, bien fuese como ministro, o como senador o congresista. Ese liberalismo (entonces, como signo de libertad, sin las connotaciones económicas conservadores posteriores) lo ejerció Romanones, y apasionadamente, durante la Gran Guerra, durante la que, en un país dividido entre germanófilos y aliadófilos, don Álvaro fue el caudillo de estos últimos, sobre todo a partir de un artículo en la prensa titulado “Neutralidades que matan”, donde abogaba por que España entrara en la guerra al lado de Francia y los aliados. Pues bien, el rumor era que representantes internacionales de los vencedores de la guerra (los aliados) iban a venir a España y homenajear a Romanones, como agradecimiento de la defensa de la causa europea vencedora. Pero el suflé se vino abajo enseguida ya que ni siquiera el “homenajeado”, al parecer, sabía nada, y estaba pasando el verano tan ricamente en Biarritz. (Aunque para que aún siguiera algo la dichosa “serpiente”, también se rumoreó que el “conde” había sufrido un atentado -tan inexistente como el homenaje-.)

Pero con la excusa que fuese, lo que nunca faltaba en España eran, precisamente, los homenajes, y el que sí se celebró fue el que tuvo lugar en honor de un actor, entonces en la cúspide de su profesión: Enrique Borrás. En aquellos momentos interpretaba el personaje del “abuelo” del galdosiano El Abuelo. Con tan fausto motivo, los reporteros hacían cola para “interviuvar” al actor catalán, verdadera figura extraordinaria del teatro español durante muchos años. Y volviendo a Romanones y su veraneo, también por la costa cantábrica vivaqueaba la familia real, con ausencias del monarca que eran cubiertas por la reina. Y fue doña Victoria Eugenia la que presidió la corrida de toros celebrada en el coso de Santander, en la que iban a torear Juan Belmonte y Fortuna. Gesto este, el de la presencia de doña Victoria, digno de encomio porque se sabía (aunque no se publicaba) que los toros no eran, precisamente, su espectáculo favorito.

Mediaba el mes de agosto cuando, entre las noticias ligeras y anecdóticas, irrumpió la de un asesinato ocurrido en Valencia. La víctima, el señor Conde de Salvatierra, agredido durante un paseo por las calles valencianas, y del que resultó muerto, además del conde, una de sus acompañantes, y herida grave su esposa. Salvatierra había ejercido el cargo de gobernador civil de Barcelona en los años del plomo (que continuaban), y, claro, todos los “poncios” que pasaban por Cataluña estaban señalados al ser parte del conflicto, que parecía eterno, entre la patronal y los sindicatos (sindicatos “libre”, y de clase, respectivamente).

Pero si España estaba malita, al resto del mundo no le bajaba la fiebre. Como precalentamiento de lo que sería, un par de años más tarde, la “marcha sobre Roma”, ya en este de 1920, el poeta italiano Gabriel D´Annunzio, en su desdoblamiento de jefe militarizado, hacía desfilar por toda Italia a sus “valientes” (o ridículos) voluntarios (“arditi”). Sin duda, Italia tenía en el horizonte una amenaza de acabamiento con la débil democracia que, en esos momentos, parecía iba a ser liderada por el célebre poeta, mucho más conocido que el oscuro Benito Mussolini. Y es que, tras más de dos años del final de la guerra, Europa se desangraba en una falsa paz, con chispazos aquí y allá. Como en la Polonia, de nuevo, en guerra con el gigante ruso. Los resultados, sobre todo, de hambre y plagas más que de batallas. Así, toda la prensa publicaba las fotos de largas colas de niños famélicos por las calles de Varsovia, la mayoría huérfanos de aquella guerra. Una hambruna que, con mala conciencia, sin duda, intentaban paliar con ayudas urgentes algunos países, como Estados Unidos, Gran Bretaña, Suiza y también España.

Igualmente, el huracán de la posguerra se llevaría a un cierto ostracismo, a figuras antes intocables y consideradas como héroes de la paz. Como el presidente americano, Wilson, forjador del final de la guerra en Europa. y al que, ahora, a punto de abandonar la Casa Blanca, se le presentaba, sin embargo, un futuro bastante halagüeño. Por ejemplo, recibió ofertas de hasta doce universidades para atraérselo, con hasta 100.000 dólares de sueldo; o también fue invitado a dirigir algunos de los más importantes periódicos del país, donde, más chulos que los universitarios, sus propietarios dejaron a Wilson que se pusiera, él mismo, el sueldo que deseara. No tuvieron tanta suerte, (aunque era un tema ya presente antes) las que habían liderado las luchas feministas. Ahora eran noticia porque acababa de morir, a los ochenta y cinco años, una de las pioneras en la lucha femenina en los Estados Unidos: Olimpia Brown. No obstante, esta desaparición, el futuro del feminismo estaba garantizado porque, junto a la imagen de la anciana, aparecía la que iba a sustituirla, que no era sino una jovencísima sufragista (dieciséis años) llamada Betty Graham.

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José María López Ruiz
José María López Ruiz es escritor, periodista, investigador y publicista. Sus trabajos han aparecido, entre otras cabeceras, en Historia y Vida, Guía del Ocio, La Información de Madrid, Dígame, Historia 16 e Interviú, y en Andalucía, en El abanto, Diario de Andalucía, El Correo de Málaga y Málaga Variaciones, entre otras.

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