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Veraneos regios y luchas sociales

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luchas sociales

Se clausuró en Ginebra el Congreso Feminista, tras la ocupación de la ciudad suiza  por más de tres mil congresistas de todo el mundo, reunidas en el Palacio Comunal de la ciudad helvética. Al cierre, once conclusiones hablaban de las reivindicaciones mínimas para intentar hacer justicia a la mitad del género humano, a la sazón, humillado y despreciado por las leyes. La clausura corrió a cargo de Carrie Chapman, “una de las más claras mentalidades de Inglaterra”. La noticia, tanto del desarrollo de las sesiones como de su conclusión, fue portada en periódicos españoles, aunque con diversos enfoques, ganando los comentaristas “ofendidos” por aquellas mínimas once reivindicaciones. Uno hablaba de que aquellas tres mil hembras “no poseen ese distintivo femenino: la ternura”, y concluía, muy ofendido, de que si ni tan siquiera tenían derecho a esas conquistas mínimas exigidas, mucho menos debían hacerlo “con aires fanfarrones”. (La destinataria directa y más a mano de esta ofensiva, como cara visible de la delegación española en Ginebra, fue la malagueña Isabel Oyarzábal (o Isabel de Palencia) que, en adelante, abanderaría su apuesta por el feminismo y por la revolución.)

Claro, que, en aquella prensa, además de reaccionarios como los citados, había excelentes articulistas, como el veterano Antonio Zozaya, que desde su página semanal hacía piña, precisamente, con una de las conclusiones del congreso suizo. Abogaba el periodista por la anulación de la reglamentación de la prostitución ya que, enfatizaba, esa reglamentación desembocaba, al final, en la triste y odiosa trata de blancas. Con sus argumentos, muy razonados, Zozaya confluía con las feministas del momento en este polémico problema, casi un caso excepcional dentro de sus colegas.

Pero si la trata era ya un “miura” muy peligroso, y polémico dentro de ese mundo turbio, no lo era menos el morlaco del hambre y la miseria generalizadas. Y aquí también había opinadores para todos los gustos, aunque privaban los que no solo se dolían de esa epidemia hambruna, sino que protestaban, y se asombraban, por la falta de “respuestas” populares en forma de revueltas populares. Decía un plumilla desde las páginas de un semanario, que el pueblo español “se somete con mansedumbre de eunuco” al mundo de las injusticias sociales, animando (¡!) a que las masas salieran a la calle y, prácticamente, abogaba por que esas mismas masas hambrientas asaltaran nuestro particular Palacio de Invierno (o nuestra Bastilla). Y es que ese problema era real, estaba en el ambiente, se palpaba por doquier.

Por ejemplo, en plena temporada veraniega, con la realeza y sus adláteres en pleno verano lúdico, pues por allí mismo (San Sebastián, Santander) los sindicatos decidieron declararon la huelga de hoteles (el cierre de los mismos) en la capital guipuzcoana, en pleno desarrollo, además, del Gran Premio de Hípica que se desarrollaba en el donostiarra Hipódromo de Lasarte. Mientras en la capital cántabra eran los tranvías los que no se movían. (En paralelo, y en las mismas páginas ilustradas, aparecía el contraste del rey Alfonso XIII, en una escapada a Santander, siendo saludado -en realidad, casi estrujado- por una mujer casi anciana que era, se decía, la más rendida admiradora de la monarquía y… de don Alfonso. Ella se llamaba Paulita, y era una veterana pescadera del puerto santanderino.)

Del exterior (empezaba a ser ese “exterior” los Estados Unidos, casi en exclusividad) llegaban noticias relacionadas con la impuesta “ley seca”, que prohibía el consumo de bebidas alcohólicas a todo el país. Pues bien, además de dar nacimiento al gansterismo, la medida prohibitiva despertó la imaginación de muchos ciudadanos yanquis, de manera que lo último para burlar la ley seca era un objeto capaz de emitir vibraciones eléctricas que, aplicadas al posible frustrado bebedor, las descargas recibidas por el mismo equivalían, según su frecuencia, a diferentes estados de intoxicación etílica “in crescendo”. Más cerca, en la europea ciudad de Amberes, los Juegos Olímpicos contaban con presencia española por primera vez, al menos en cuanto a nuestra selección de futbolistas por los que nadie daba un duro pero que, ¡sorpresa!, una vez allí acabaron  siendo los segundos, y entre los nombres destacados de nuestra sección ya estaba un Ricardo Zamora, además de Arrate y Belauste. La final se había celebrado entre las selecciones de España y Holanda, jugándose el partido ante más de 30.000 espectadores.

Pero en paralelo a la actualidad negativa y las noticias trágicas de un país enfermo, aun así, la vida seguía, y, por ejemplo, las ciencias ofrecían, cada día a más gente, los inventos hasta entonces casi exclusivos de los ricos y poderosos. Un invento en constante evolución eran los gramófonos, llamados aquí “máquinas parlantes”, que le eran ofrecidas   a los lectores de la prensa popular, a pagar en cómodos plazos, y regalando a los compradores hasta una veintena de discos con las últimas novedades de las composiciones e intérpretes de la propia España y del mundo. Otras “máquinas” con las que estaban familiarizados los españoles eran las motocicletas, en pleno auge, con marcas ya en nuestro mercado, como las Harley-Davidson, cuyo distribuidor en España publicó un anuncio a toda página, justificando el alza de precios “por la subida de los dollars (sic) y de las materias primas”. El precio final, debido a esas circunstancias, suponía que las potentes motos podían adquirirse por 4.200 pesetas (con arranque eléctrico).

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José María López Ruiz
José María López Ruiz es escritor, periodista, investigador y publicista. Sus trabajos han aparecido, entre otras cabeceras, en Historia y Vida, Guía del Ocio, La Información de Madrid, Dígame, Historia 16 e Interviú, y en Andalucía, en El abanto, Diario de Andalucía, El Correo de Málaga y Málaga Variaciones, entre otras.

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