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Pablo Iglesias no es de celebrar goles ni de hacer amigos

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Pablo Iglesias no es de celebrar goles ni de hacer amigos 1

Cuando a Mario Balotelli le preguntaron, hace cuatro años, por qué no celebraba los goles, respondió, quizá con algo de sorna, lo siguiente: “No los celebro porque es mi trabajo. ¿Acaso cuando un cartero entrega una carta lo celebra?”. El delantero debe marcar goles, el guardameta debe pararlos y –disculpen que mezcle fútbol con política– el político debe, sin abandonar su ideología, trabajar por los ciudadanos. Este miércoles dijeron en la Cadena Ser que Pablo Iglesias, después de la gresca que tuvo con Albert Rivera en la fallida moción de censura, es el político que más enemigos se crea en el Congreso. Y hace bien defendiendo lo suyo y a los suyos. Su trabajo no es hacer amigos que no estén en su trinchera.

Que el líder de Podemos se ha equivocado en varias ocasiones con el PSOE lo sabe hasta él. Iglesias aprovechó la tercera moción de censura de la democracia para construir puentes con los ‘nuevos’ socialistas y enterrar el pasado. Quizá pudo ahorrarse escenas como aquella de la “cal viva” y haber sido algo más modesto a la hora de negociar con el PSOE, partido que, al fin y al cabo, sigue siendo el líder de la oposición. Iglesias sabe que si este país gira a la izquierda –alguna vez pasará– no será solo gracias a él: necesita aliados de una mayor envergadura, pues solo con el apoyo de grupos minoritarios no llegará lejos.

Lo que no se le puede pedir a Iglesias es que tienda la mano a Albert Rivera. No puede ser amigo ni aliado de una formación de derechas porque no defienden lo mismo. No puede ser amigo ni aliado de alguien que le echa en cara que gracias a él gobierna el PP cuando fueron ellos quienes votaron ‘Sí’ a su investidura y ‘No’ a la moción de censura. No puede ser amigo ni aliado de alguien que calla ante el insolente machismo de Rafael Hernando (y sí, este es un motivo mayor, lean a Antonio Maestre en La Marea si tienen dudas). Como decíamos, no puede ser amigo ni aliado de una formación con la que, simplemente, no comparte más que el lugar de trabajo. No va a haber acuerdo ahí porque Ciudadanos no ocupa el centro y jamás ocupó el centroizquierda. Es hora de pactos, sí: los de la derecha con los liberales de Cádiz 2.0 y los de la izquierda –o lo que quede de esta– con los de la izquierda.

“Ojalá nos pongamos de acuerdo para sacar al Gobierno más temprano que tarde”, clamó Iglesias, desde la tribuna del Congreso, a los socialistas. “Recojo el guante, estamos dispuestos a construir una mayoría alternativa para desmontar las políticas injustas del PP […] Estoy de acuerdo en que compartimos diagnóstico. ¿Cuál es el problema? En las propuestas tampoco discrepamos tanto. ¿Es un problema de voluntad? ¿De tirarnos a la pista? Creo que así es”, respondió José Luis Ábalos, portavoz del grupo socialista en el Congreso y persona de máxima confianza del nuevo secretario general, Pedro Sánchez. Ahora, ambas formaciones deberán trabajar por llegar a acuerdos para una nueva moción de censura, quizá para este verano, según dejó entrever el propio Ábalos.

Aunque muchos no perdonen a Iglesias siquiera que camine bajo su mismo sol, todos saben que él y Unidos Podemos han salido reforzados de esta moción de censura. Iglesias ha pedido perdón por los errores del pasado –¿qué político se ha disculpado por algo últimamente?–, lo que puede (las encuestas próximas lo dirán) limpiar su imagen como líder; ha emergido la figura de una Irene Montero dura y demoledora, que, durante sus dos horas de intervención, obligó al presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, a escuchar todas las miserias que esconde su partido y que, misteriosamente, no escandalizan a sus votantes; y, por último, ha servido para hacer política útil, oposición al fin y al cabo, dejando atrás episodios ridículos como el del tramabús.

Pablo Iglesias no celebrará este gol. Porque lo que ha hecho es su trabajo, pero también porque ni siquiera ha anotado el tanto del empate, quizá, como mucho, esta moción de censura haya sido el gol que inicia una remontada. El aspirante a la Presidencia no ha hecho el ridículo, tal y como dice en este artículo Enric Juliana, respaldado por la opinión de Iñaki Gabilondo. Si la primera moción de censura, la de un naciente Felipe González contra Adolfo Suárez, en mayo de 1980, fue un éxito, la de Iglesias no puede ser un fracaso. Ambas fueron rechazadas, sí, pero con un margen muy estrecho: González recibió 166 votos en contra; el candidato de Unidos Podemos, 170. En cuatro votos no cabe tal abismo.

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