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Brexit: perdemos todos

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Brexit: perdemos todos 1
Brexit Symbol of the Referendum UK vs EU

Tanto hablar del Brexit, al final lo hubo. Y eso que nada parecía augurarlo antes del cierre de los colegios electorales en el Reino Unido el pasado jueves. Fue, como editorializaba The Economist, una consumación “de impensable a irreversible” en unas horas, las que transcurrieron entre las 12 de la noche y las seis de la mañana del viernes. La salida de la Unión Europea se impuso por algo más de 1,1 millones de votos: 52 % frente a 48 %. Se hundió la libra, cayeron las principales bolsas mundiales y dimitió el premier británico, David Cameron.

Un mal cálculo suyo –parece una de las conclusiones más evidentes– ha provocado que, una vez abandone su responsabilidad, se le recuerde por haber sido durante su mandato cuando el Reino Unido decidió borrarse de la Unión Europea, “uno de los hechos políticos más profundamente dañinos” sucedidos en el país “después de la II Guerra Mundial”, según, de nuevo, The Economist. Porque el Primer Ministro planteó un órdago, como hizo en su momento con Escocia, con el fin de cerrar de una vez el permanente cuestionamiento de la pertenencia a la UE desde parte de la clase política británica, en particular de sus compañeros de filas, pero no porque existiera un clamor popular que lo reclamara.

Tocado y hundido el brillante líder de los tories que iba a Westminster en bici y que, tras una legislatura en la que no tuvo más remedio que pactar con los libdems de Nick Clegg para poder gobernar, consiguió mayoría absoluta. El hombre que, según la mayoría de los medios británicos, hizo una buena campaña a favor de la permanencia de UK en la Unión Europea en el pasado referéndum deja el puesto en las peores circunstancias que podría imaginar y con otro etoniano como él, el ex alcalde de Londres, Boris Johnson, llamando con fuerza a las puertas de Downing Street. La jugada le salió fatal y el Brexit anticipa tiempos muy malos que podría empeorar una hipotética victoria de Donald Trump en Estados Unidos. Veamos algunas de las claves de lo ocurrido atendiendo a lo expresado por los medios serios británicos.

Los jóvenes urbanos votaron de forma masiva por la permanencia. La BBC desvelaba que dos de los principales haghstags que se convirtieron en trending topic durante la jornada siguiente al referéndum fueron #notinmyname –no en mi nombre– y #whathavewedone –qué hemos hecho–, al lado de referencias a un resultado que no representa la voluntad de las nuevas generaciones, que serán las que tendrán que vivir con las consecuencias. Lamento y hasta enfado, en definitiva, desde las primeras horas de la mañana del viernes, a medida que se iba conociendo una diferencia que se antojaba ya insalvable para los partidarios de continuar en la UE.

¿Hubiera cambiado algo si el derecho al voto se hubiese podido ejercer desde los 16 años? Se calcula que el 75 % –la fuente es la BBC– de los jóvenes entre 16 y 18 años hubiera optado por permanecer. En las jornadas que han sucedido al Brexit ha vuelto a salir a la palestra este tema después de que el pasado año una iniciativa parlamentaria que apoyaban tres grupos políticos –laboristas, liberales demócratas y el SNP– propusiera precisamente reducir la edad para votar en dos años. El Gobierno rechazó la medida y no fue aprobada por la Cámara.

Pero, a pesar de que la edad ha sido el aspecto más citado a la hora de hablar de división de opiniones, seguido muy de cerca por la divergencia entre zonas rurales y urbanas, el voto también se ha fraccionado por clase social e incluso por religión. En Irlanda del Norte, donde ha ganado de forma clara, al igual que en Escocia, el Bremain, las áreas católicas se han decantado por esta opción, a diferencia de las protestantes, que han preferido el Brexit. En cuanto a la clase, Londres, con mayor renta que el resto del país, un nivel más alto de formación entre sus habitantes respecto a la media nacional y muchos votantes no originarios del Reino Unido, ha visto con buenos ojos quedarse. En zonas como Wandsworth hasta un 75 % votó a favor de Europa. En cambio, se han posicionado a favor de abandonar la UE las localidades postindustriales del noreste de Inglaterra y los valles mineros donde tradicionalmente ganan los laboristas. Y se han dado casos curiosos como que en Newcastle, una ciudad con muchos estudiantes, el Bremain venció solo por un raquítico 1 %.

La inmigración decantó la balanza. Los británicos quieren cerrar sus fronteras y piensan que la Unión Europea, lejos de ayudar, es un obstáculo, en particular tras la adhesión y en consecuencia la libre circulación de personas de países de Europa del Este: “¿Cómo no van a venir aquí los búlgaros si ellos serían una mala pensión y nosotros el Hilton?”, se preguntaba un firme partidario del Brexit. ¿Servirá para lo que pretenden la decisión tomada? En mi opinión, no. Las barreras no son infranqueables para una guerra como la de Siria o el hambre y la falta de oportunidades de África. Una sociedad tan multicultural como la británica, con un alcalde de Londres de origen musulmán, Sadiq Khan, da un paso atrás. Algunos analistas, he leído, apuntan a la posible condición de estado miembro de Turquía como una de las principales motivaciones de los que apoyaron el Brexit pero el horizonte de una Turquía dentro de la UE se antoja bastante lejano todavía.

La brecha de Escocia e Irlanda del Norte. La ministra para Escocia, Nicola Sturgeon, no tardó en pedir un nuevo referéndum de independencia una vez que en el anterior se les prometió que si se quedaban en el Reino Unido, como a la postre decidió la mayoría, seguirían en la UE. Sturgeon incluso habló de hacer “causa común” con el alcalde de Londres, una afirmación que suena a política ficción. El antecesor de Khan en el cargo, Boris Johnson, alabó la labor de Cameron como “hombre de principios” pero sin pedirle que reconsiderara su dimisión. Sí dijo que al país le espera un futuro “más próspero y más seguro” y que “podrán controlar sus fronteras de forma no discriminatoria pero justa para enfrentar a los extremistas”. Parece que él desvelará cómo si se confirman las previsiones y en tres meses se convierte en Primer Ministro.

Censura al líder de los laboristas desde sus propias filas. Un grupo de miembros del Parlamento que la página web PoliticsHome cifraba el mismo viernes en 55 firmó una carta pidiendo la dimisión de Jeremy Corbyn. El ex ministro laborista y comisario europeo Peter Mandelson fue uno de los que aseguró que Corbyn no podía seguir como líder después de su ‘blanda’ campaña a favor del Bremain.

Las consecuencias económicas. Casi la mitad de la exportaciones británicas tiene la Unión Europea como destino y, atendiendo a The Economist, el Reino Unido “bien podría caer en una recesión”.

El auge de populismos y extremismos en Europa. La Le Pen de Francia y los de otros estados como Holanda no perdieron un minuto en pedir un referéndum similar en sus países.

Voting ballot for the referendum on the United Kingdom's membership of the European Union leave or remain on a Union Jack British flag background

¿Y ahora qué? Se espera que, tras unas negociaciones que se prevén arduas, el nuevo mandatario del Reino Unido y su equipo –el Chancellor of the Exchequer, George Osborne, se retira junto a su amigo Cameron, a quien aconsejó no convocar el referéndum– opten por el modelo noruego de relación con la UE. Un patrón que ofrece al país total acceso al mercado de los estados –que, no lo olvidemos, es el mayor del mundo– pero, a cambio, exige también el libre movimiento de personas. ¿Y no es ésa la principal razón esgrimida por los que han votado sí al Brexit para hacerlo? ¿Qué sentido habría tenido entonces la salida de la UE de los británicos? Además, el presidente del Comité de Asuntos Exteriores del Parlamento Europeo Elmar Brok declaró a The Guardian que el Reino Unido “tendrá que negociar como un tercer país, no como un miembro” y que si quiere un estatus como el de Noruega o Suiza tendrá también que aportar dinero a los fondos estructurales, como hacen esos países. Por no mencionar que todo el conglomerado financiero de la City londinense perderá la condición que le permite vender sus servicios al resto de la UE.

Los líderes europeos ya han solicitado que el proceso no se retrase y han dejado claro que la renegociación es imposible. Europa es ya de los 27 y, aunque las derivaciones políticas y económicas no son fáciles de pronosticar a día de hoy, está claro que, como manifestó el presidente del Parlamento Europeo, Martin Schulz, el Reino Unido ha cortado sus lazos con el territorio donde vive la mayoría de los clientes de sus productos y servicios.

Una de las reacciones más sentidas al resultado del referéndum fue la del premier italiano, Matteo Renzi, que tuiteó: “Tenemos que cambiar para hacerla más humana y más justa, pero Europa es nuestra casa y nuestro futuro”. Merkel aseveró que los líderes políticos se tienen que asegurar de que los ciudadanos europeos sientan cómo la UE ayuda a mejorar sus vidas. “Es una comunidad única de solidaridad y valores. Es nuestra garantía de paz, riqueza, bienestar y estabilidad”, señaló la canciller alemana. Por cierto, los medios británicos destacaron las declaraciones de los presidentes de Comisión, Consejo y Parlamento europeos, además de las palabras del presidente del turno de la UE y de Françoise Holande, Merkel y Renzi pero a un Rajoy en funciones y en campaña ni una miserable mención.

Tampoco está de más barruntar de forma muy abocetada qué pierde Europa, pues el Reino Unido era la segunda economía de la UE y su principal potencia militar. Con su salida, Rusia gana protagonismo en su lucha por la hegemonía en el continente. Dice adiós un país al que desde fuera se acusaba de ralentizar la construcción europea –los avances a partir de ahora en la integración, Merkel ya ha avisado en ese sentido, serán cada vez más lentos y complicados– pero que acataba las normas comunitarias y ponía en marcha las medidas acordadas con celeridad. Una potencia con una especial relación con EEUU y las naciones de la Commonwealth. Un país de tradición liberal dentro del marco europeo y con –como indicaba hace unos meses en estas páginas José Luis González Vallvé, que fuera representante de la Comisión Europea en España– cultura de la rendición de cuentas, esa accountability que sería más que pertinente adoptar en España.

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