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Casado se da de bruces con Calviño

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Calviño

Ha contado Carmen del Riego en una de sus magníficas crónicas para La Vanguardia que en el Partido Popular actual se acaricia la tesis de que será la economía la que acabe entregando el poder a Casado, como ya sucediera con Aznar y con Rajoy, que llegaron al poder en fases bajas del ciclo económico.

En buena medida, la raquítica victoria de Aznar en 1996 se atribuyó en parte a la relativamente mala situación económica del país en la etapa previa al cumplimento obligatorio de los criterios de convergencia económica para ingresar en el Euro; Rato sustituyó a Solbes y España cumplió los criterios y pudo ingresar en el club de la moneda única en el grupo de cabeza de los países que lo forman. De cualquier modo, fue el desgaste del PSOE y de González el que provocó el débil triunfo de Aznar, quien debió ponerse en manos del denostado Pujol para alcanzar La Moncloa.

La victoria de Rajoy en 2011 por mayoría absoluta sí se debió a la desastrosa situación económica de España que, además de padecer las crisis financiera y bancaria, hubo de sanear las cajas de ahorros y resolver el estallido de la burbuja inmobiliaria, esta última de raíces antiguas e impulsada por las reformas de la ley del Suelo que realizó Aznar en 1998. Rajoy consiguió a partir de 2014 que las cifras macroeconómicas regresaran al punto de partida, pero lo hizo con gran inequidad sobre un país estragado por las diferencias sociales, a consecuencia de unos recortes que expulsaron del núcleo central de integración a un 25% de españoles que quedaron postrados en la marginalidad.

Es lógico que Casado, que no brilla por otras iniciativas, aliente esta esperanza, que oculta otras frustraciones y aglutina a los suyos. Pero las circunstancias son totalmente distintas esta vez. En primer lugar, la crisis sanitaria no es propiamente económica, no ha tenido causas estructurales imputables al sistema, como se está viendo con claridad: la recuperación de la movilidad lograda por el efecto de la vacunación masiva está relanzando la actividad y devolviendo rápidamente a los países de nuestra orbita a las situaciones prepandemia.

No se trata por tanto esta vez de imponer duros criterios de austeridad, en los que la derecha española está muy entrenada, sino de todo lo contrario

En segundo lugar, si la crisis 2008-2014 fue abordada por la Unión Europea y por el G-7 mediante rígidos tratamientos de austeridad, que obligaron al rescate integral de varios países—Grecia, Portugal, Irlanda— y al rescate financiero de España, en la crisis pandémica, con la experiencia adquirida y con unas economías mucho más saneadas, la Unión Europea ha aplicado terapias completamente opuestas a las de la crisis anterior. Como primera medida, suspendió el pacto de estabilidad y crecimiento para que los países pudieran endeudarse lo necesario para resolver la pandemia (el endeudamiento a tipos de interés nulos no afecta al crecimiento); y a continuación ha constituido un fondo de recuperación y resiliencia —los fondos Next Generation— de 750.000 millones de euros, aproximadamente la mitad a fondo perdido, de los que unos 150.000 millones están destinados a España, que recibió el pasado 13 de julio luz verde de la UE para la utilización de los mismos ; ya hay 19.000 millones a disposición, y le resto será entregado semestralmente a medida que se cumplan los objetivos pactados.

No se trata por tanto esta vez de imponer duros criterios de austeridad, en los que la derecha española está muy entrenada, sino de todo lo contrario: de aplicar políticas expansivas que permitan recuperar la prosperidad interior al mismo tiempo que se modernizan las estructuras económicas mediante la intervención estatal, que recurrirá sobre todo a la colaboración público-privada.

Y todo esto ha sido planteado, conseguido y está siendo ejecutado por la persona idónea, Nadia Calviño, quien llegó a ser la más alta funcionaria de la Unión Europea —directora general de Presupuestos— y que, al acudir a la llamada de Pedro Sánchez —nadie puede negarse a prestar un servicio al Estado, aunque entrañe sacrificios— mantiene como es lógico el prestigio acopiado durante muchos años de ejercicio profesional en Bruselas. Calviño, una auténtica autoridad en el entorno comunitario, participó en la génesis de estos fondos de reconstrucción, y, como vicepresidenta económica del Gobierno, ha sido la autora del plan económico español remitido a la Comisión Europea, admitido con elogios, para justificar la aplicación de los recursos que empiezan a fluir hacia España, y que habrán de aplicarse preferentemente a los tres objetivos considerados prioritarios: digitalización, descarbonización, formación.

Estos recursos europeos se encajarán en unos presupuestos para 2022 acomodados a la coyuntura, de forma que en 2023 hayamos alcanzado ya la velocidad de crucero de la prepandemia y hayamos preparado el sistema económico para desenvolverse más eficientemente y con mayor productividad.

En otras palabras, quienes tienen el futuro en sus manos y de quienes depende ese ambicioso camino de prosperidad respaldado por Bruselas son el presidente Pedro Sánchez y su primera vicepresidenta. Casado, por su parte, apoyado en personajes de segunda fila —le asesoran el ultraliberal Daniel Lacalle y el desorientado Luis Garicano, curiosamente emparentados ambos con ministros franquistas— ni siquiera parece haber entendido de qué se está hablando.

Antonio Papell
Director de Analytiks

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