Política

Cataluña: realidad y desinformación

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Cataluña: realidad y desinformación 1

Estaríamos haciéndonos trampas en el solitario si no mantuviéramos la convicción de que el conflicto catalán es, en buena medida, consecuencia de los errores cometidos por el Estado en Cataluña, no menos que de una enfermiza prospección introspectiva de los catalanes en su ensimismamiento nacionalista. Quiero decir que la colisión que hemos experimentado y de la que estamos tratando de salir de la mejor manera posible es genuinamente un producto autóctono, por lo que carece de sentido atribuir a otros foráneos la responsabilidad. Dicho lo cual, hay que reconocer también la evidencia de que la desinformación ha jugado un papel esencial en el conflicto. Desinformación que ha sido de dos clases: la intoxicación utilizada por el nacionalismo como instrumento de movilización y agitación de masas, y la manipulación mediática llevada a cabo por agentes externos al servicio de intereses concretos en la  geoestrategia mundial.

El primer capítulo, el de la intoxicación nacionalista, incluye la tergiversación de la historia y del relato en la escuela, así como la intoxicación política interesada que desinforma a la ciudadanía de los términos de la autonomía política de que disfruta Cataluña. El adoctrinamiento en las tesis nacionalistas es un hecho incontrovertible, que puede demostrarse cotejando los textos que se manejan en el sistema educativo. Es urgente que el Estado, a través de instituciones técnicas (la Aneca, la Real Academia de la Historia, etc.), desarrolle la labor de inspección y control que le corresponde, no para censurar los contenidos, obviamente, sino para perseguir abiertamente la desinformación maliciosa y los mensajes de odio que se deslizan en el actual sistema docente, incluida la escuela pública. En lo referente a los tópicos políticos inciertos que se han hecho circular –desde las inexactas balanzas fiscales que se han publicado hasta la burda consigna de “España nos roba”—, es necesario que los intelectuales, la Universidad y los partidos hagan un esfuerzo por imponer la veracidad en los discursos que vertebran el devenir de la sociedad catalana.

Como es conocido, el proselitismo nacionalista afirma que en 1714 el Rey “español”, Felipe V, derrotó y sometió a Cataluña y la despojó de sus fueros y singularidades, cuando la realidad es que los Borbones se impusieron en una guerra dinástica europea e impusieron en todos sus dominios una concepción moderna del Estado que pasaba por la erradicación de los residuos jurídicos medievales.

Igualmente, la historia del franquismo se tergiversa hasta convertirse en una verdadera humorada. Quien escuche a algunos radicales, creerá que Franco sometió a Cataluña de la mano de Castilla, cuando la realidad es que la guerra civil española estuvo provocada por móviles ideológicos y socioeconómicos y en absoluto territoriales. Los demócratas catalanes de los años treinta sufrieron la misma suerte que los madrileños, gallegos o andaluces, y los cuadros políticos que dirigieron la dictadura en Cataluña eran genuinamente catalanes. ¿O acaso habría que olvidar los vítores espontáneos que recibía Franco en sus viajes a Cataluña (o a cualquier otra parte), o aquellas concurridísimas recepciones que ofrecía el dictador en el Palacio de Pedralbes, su residencia, a las que acudía la flor y nata de la sociedad catalana? La memoria no debería flaquear en estos asuntos.

Por lo demás, la manipulación docente, de la que hay verdaderas antologías, es una prueba de la miseria moral y de la pobreza mental de los manipuladores. ¿Cómo se puede enseñar en la escuela que “el Ebro es un río catalán que nace en el extranjero”, como figura en un conocido texto de uso en determinados centros?

El segundo capítulo, el de la manipulación mediática en las redes sociales y medios de comunicación de Internet, hay suficientes datos para que el Estado tome cartas en el asunto. La prensa española, que está realizando una meritoria profilaxis, ha divulgado ya sus hallazgos, y es una realidad la injerencia extranjera. Por los medios sabemos que la herramienta ‘Hamilton 68’, utilizada por la Alianza para Asegurar la Democracia (una organización formada tras el escándalo de la ‘posverdad’ en las elecciones americanas de 2016 que dieron la victoria a Trump, y que analiza de forma permanente unos 600 perfiles de las redes sociales vinculados al Kremlin), detectó que en las semanas previas al referéndum ilegal del 1-O uno de los hastags más frecuentados era #Catalonia. A estas cuentas se sumó Julian Assange, quien por las mismas fechas agitó a los seguidores de Wikileaks para que difundieran una visión deformada de aquella consulta, que hacía pasar a España como el país opresor y a Cataluña como la nación históricamente maltratada. Assange tomó parte en una campaña mediática contra ‘El Periódico’ de Cataluña y su director al haber denunciado estos que la inteligencia norteamericana había alertado a la Generalitat del riesgo de un atentado islamista, como el que efectivamente se produjo en la Rambla de Barcelona este verano. Naturalmente, a esta campaña se adhirieron el colectivo de hackers Anonymus y el analista Edward Snowden, asilado en Rusia después de que los Estados Unidos decretaran su busca y captura por revelación de secretos.

La presencia de actores rusos y venezolanos en las redes sociales durante a etapa álgida del conflicto de Cataluña es un hecho incontrovertible, que el Gobierno ha terminado admitiendo y que ha generado solidaridad y preocupación en la Unión Europea ante las cínicas protestas rusas. Y la complicidad del independentismo con estos movimientos ha quedado acreditada con la entrevista de más de cuatro horas que mantuvo Oriol Soler, uno de los ideólogos de la secesión, con Assange en Londres (Assange está asilado en la embajada de Ecuador en el Reino Unido, como es sabido)

Parece evidente que el Estado español, a través del CNI y de otras instituciones oficiales, debería contar con medios suficientes para detectar estas agresiones, que deberían ser respondidas con contramedidas y, sobre todo, con respuestas políticas. No acaba de entenderse que, en tanto progresaba esta campaña de desinformación, a la que han contribuido gustosamente Puigdemont y todo el soberanismo en general, no se escuchasen los correspondientes desmentidos de forma sistemática, que hubieran debido servir de fondo a las ocasionales declaraciones solemnes de los dirigentes políticos. Evidentemente, el conflicto catalán no se va a resolver eliminando la posverdad pero ya está demasiado enmarañado el problema como para consentir pasivamente que la mentira de adueñe sistemáticamente de él.

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Antonio Papell
Director de Analytiks

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