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Cervezas, Bitter Kas y ultraderecha en Europa

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Cervezas, Bitter Kas y ultraderecha en Europa 1

Estábamos los cuatro amigos de siempre reunidos en nuestro altar habitual: la barra del bar de mala muerte de nuestro barrio. Como era lunes y al día siguiente había que madrugar, uno de nosotros, quizá el más responsable, decidió que era buena idea tomarse un Bitter Kas, patrocinador oficial de la senectud. “Pues a mí me encanta, sobre todo ese sabor amargo que tiene, proporcionado por la genciana, una planta con muchas propiedades”, nos dijo, como si sus manos de informático hubiesen rozado alguna vez un libro de botánica. Llevábamos quince minutos de charla vacía –que si el tiempo, que si el baloncesto, que si la movida de Cataluña, que anda que lo del referéndum, que fíjate lo último de Trump y el norcoreano–, cuando al más callado de nosotros decidió ahogar el buen rollo con un afilado “¿Y de lo de la ultraderecha en Alemania no os habéis enterado?”.

El del Bitter Kas se atragantó, quizá la genciana estaba pasada. “¿Ultraderecha? No exageres, hombre, a los rojos os encanta el prefijo ‘ultra’, lo utilizáis para todo, es vuestro perejil ideológico”, le dijo. “No es una exageración, ¿no habéis visto lo que ha pasado en las elecciones? ¿En serio?”. Agachamos nuestras miradas hacia nuestras respectivas bebidas, como buscando una respuesta en el fondo del vaso. El fin de semana lo habíamos pasado viendo el fútbol, así que no tuvimos oportunidad de enterarnos de lo que había ocurrido en el país germano, más allá de los resultados del Borussia de Dortmund y del Bayern, claro. “Pues…”, respondió el tercero de nosotros mientras pedía su segunda cerveza. “No, claro que no, lo suponía”, resolvió el silencioso, que nunca jamás volvería a callarse aquella tarde.

“Pues resulta que en el país más poblado de Europa se han celebrado elecciones generales este pasado domingo. Resulta que, una vez más, ganó Angela Merkel, como ya anunciaron todas las encuestas, pero –y aquí viene lo trágico de la jornada– la extrema derecha ha entrado en el Parlamento por primera vez desde la II Guerra Mundial”, nos explicaba, al tiempo que yo, del nerviosismo, me pedía mi tercera cerveza y asentía con la cabeza, como si me interesase o comprendiese lo que nos estaba contando. “El partido en cuestión se llama Alternativa para Alemania, Afd, por sus siglas en alemán, y ha obtenido un 13 % de los votos, lo que sirve para situarse como la tercera fuerza política del país. Esto es una locura: ¡un partido racista y xenófobo es la tercera fuerza de Alemania! Seguramente os preguntaréis ‘¿Por qué, de repente, ha obtenido tanto apoyo?’ –en realidad, nos preguntábamos qué cuánto tiempo iba a durar su perorata– Pues, en gran medida, porque parte del electorado germano se enfadó ante la decisión de Merkel de acoger a un millón de refugiados en el país”, nos comentó.

Cuando parecía que ya se había calmado y que íbamos a poder hablar de fútbol, volvió a la carga diciendo que, además, las elecciones celebradas el pasado fin de semana tenían una segunda lectura: “El partido de Merkel ha obtenido ocho puntos menos respecto a 2013, por lo que necesitará aliarse con dos partidos para gobernar; los socialdemócratas, de capa caída en toda Europa, han obtenido el peor resultado de su historia. Estamos viviendo el auge del fascismo y la desaparición de las opciones de centro-izquierda. ¡Es gravísimo!”.

“Pero gran parte de la culpa la tiene la gente que en teoría debe ser de izquierdas, los obreros, que son quienes luego votan a estas opciones”, dijo, en lo que parecía un ataque de lucidez, el del Bitter Kas. “De eso nada”, le respondió nuestro amigo, que parecía un analista político. “El AfD obtuvo un mayor respaldo en las zonas de menor inmigración, en los barrios pudientes; mientras, el SPD, los socialistas, ha perdido a la mayor parte de sus votantes de clase obrera. Pero esto es algo que está pasando en toda Europa”.

“¿En toda Europa? ¿Qué me dices?”, se me ocurrió preguntarle, ante la mirada de enfado de los otros dos, que sabían que esa pregunta le daría coba para una nueva charla. “Pues mira”, dijo, “en Dinamarca, en las elecciones de 2015, el Partido Popular Danés, xenófobo y antieuropeo, obtuvo el 21,1 % de los votos; en Francia, Marine Le Pen, del Frente Nacional, obtuvo en la primera vuelta de los comicios el 21,3 % de los votos, lo que le valió para pasar a una segunda vuelta contra el que ahora es el primer ministro, Emmanuel Macron; en Suiza, el ultraderechista Partido del Pueblo Suizo fue el partido más votado en 2011, con un 26,8 % de los votos y basando su campaña electoral en la lucha contra el flujo de inmigrantes; en Hungría, el Jobbik, Movimiento por una Hungría Mejor, un partido que rechaza los ejes izquierda-derecha y prefiere distinguir a las formaciones políticas en función de su postura frente a la globalización, obtuvo, en 2014, el 20,2 % de los votos y se colocó como la segunda fuerza política del país; los ultraconservadores polacos de Ley y Justicia (PiS) ganaron las elecciones de 2015 con el 39 % de los votos; por último, Suecia, donde los Demócratas Suecos (SD) –muy curioso el nombre, sí–, un partido muy en la línea de Donald Trump, recabaron el 12,9 % del apoyo en las elecciones de 2014”, sentenció.

La lista era larga. Probablemente, ninguno de nosotros nos dábamos cuenta de qué significaba ese auge de las opciones de extrema derecha en Europa. Nuestro acalorado amigo no terminó su cerveza. Indignado, pagó y se marchó, no sin antes subrayar que en España estas opciones no han florecido porque el votante ultra se siente bastante cómodo en la cuna ideológica del PP. “Recordad, si no, a Javier Maroto, quien en 2015 vinculó a los refugiados con los yihadistas; recordad también que el Gobierno del PP se comprometió a acoger a más de 15.000 refugiados y que solo ha llegado el 5 %. Y, sobre todo, recordad siempre a Xavier Albiol, el líder del PP en Cataluña, quien pidió ‘limpiar Badalona’ de inmigrantes. Nunca olvidéis esto, y así no tendremos que llevarnos las manos a la cabeza”, recomendó. Se nos hizo tarde. Pagamos religiosamente la cuenta y, con la mirada, pedíamos perdón a todos aquellos a los que la charla de nuestro amigo les hubiese podido importunar. Esa pobre gente, que solo quiere desconectar del trabajo, y va nuestro amigo ahí, a molestar…

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