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Cómo gobernar en coalición

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Coalición Sánchez Yolanda
Pedro Sánchez y Yolanda Díaz

La llamada ‘cultura política’ de un determinado sistema, que en realidad es el conjunto de usos y costumbres que acompaña al acervo legislativo de un sistema de gobierno determinado, tiene un gran peso en el establecimiento de las relaciones políticas y sociales entre los partidos.

En España, esa ‘cultura política’ se había formado alrededor del bipartidismo imperfecto que buscaron los constituyentes al adaptar a la Carta Magna el modelo electoral que se utilizó, por decreto ley consensuado entre los partidos de entonces, antes de las elecciones del 15 de junio de 1977, las primeras tras el fin el franquismo, que se convocaron y celebraron sin anunciar formalmente que alumbrarían unas Cortes Constituyentes.

En definitiva, este modelo generó una ‘cultura’ pactista entre partidos estatales y periféricos; CiU y PNV completaron mayorías tanto con el PSOE como con el PP, aunque nunca llegaron a formarse coaliciones. Pujol, en concreto, siempre se opuso a semejante corresponsabilidad, y se negó a que Miquel Roca, muchos años representante de la minoría catalana en el Parlamento, fuera ministro del gobierno central, cargo al que fue invitado más de una vez.

Aquel modelo se consolidó y, de alguna manera, todavía perdura, a pesar de los cambios estructurales, con todas sus depravaciones: acabamos de asistir al espectáculo de la subasta de concesiones a cambio de apoyos que tiene lugar entre el gobierno y las minorías nacionalistas periféricas en vísperas de la aprobación de los PGE: PNV y ERC han comenzado a aprovecharse de las disfunciones del sistema para conseguir un trato privilegiado, al que no pueden aspirar las regiones sin fuerzas nacionalistas en el Parlamento estatal. Ello explica los movimientos de la ‘España vaciada’ para hacer otro tanto; de momento, Teruel existe ya ha aprendido también a rentabilizar su escaño.

El sistema político español, que parecía consolidado, se tambaleó sin embargo a la primera contrariedad grave del entramado global: llegó la grave crisis de 2008 en las que las superestructuras políticas de todo el mundo –y también las europeas y las españolas— se desacreditaron por su indigencia intelectual y su incapacidad para resolver las situaciones generadas por la irresponsabilidad de las elites, y aquel proceso dio lugar al nacimiento de partidos nuevos, dispuestos a atender una demanda social que clamaba en el desierto y a responder con fórmulas novedosas a la impotencia de quienes no sabían desligarse del neoliberalismo thatcheriano y reaganista que nos había llevado al desastre. Las consecuencias más claras de aquella situación extrema fueron el paso del bipartidismo al pluripartidismo; el nacimiento de una nueva izquierda, Podemos, con cierta vocación transversal que luego se abortó, y el surgimiento de una nueva extrema derecha, homóloga con respecto a las que ya pululaban por toda Europa. Además, surgió un partido de centro, que pudo haber desempeñado un papel decisivo si su líder, un personaje más mediático que inteligente, no hubiera perdido la cabeza hasta llevar a la ruina y probablemente a la desaparición a aquel proyecto singular.

La principal consecuencia del pluripartidismo ha sido la formación de un gobierno de coalición de izquierdas PSOE-UP, basado en un pormenorizado programa moderado que se firmó el 30 de diciembre de 2019 y que queda visiblemente a medio camino entre las posiciones de partida del PSOE y de UP. La obtención de un proyecto real de gobierno a partir del programa de partido requiere, como es obvio, una cocina que ambos socios han sabido gestionar hasta ahora, pero todo indica que están perdiendo el hábito del acuerdo para embarcarse en un rifirrafe público que compromete la coalición y anuncia la posible llegada de un gobierno conservador que esta vez tendrá un nuevo ingrediente: el estreno de la presencia de la extrema derecha en el ejecutivo de un gran país de Europa.

PSOE y UP parecen no haberse dado cuenta completamente de que el acuerdo entre ambos no es optativo. No han interiorizado de antemano que incluso en asuntos en que existe coincidencia –la reforma laboral o la reforma de la ‘ley mordaza’— habrá discrepancias en las que será necesario buscar el punto medio. Y en todo caso, será imprescindible ajustar las decisiones del consejo de ministros a las pautas europeas. Máxime cuando de ello depende la recepción o no de grandes caudales de recursos para emprender la recuperación económica tras la pandemia.

Es, en fin, una puerilidad que UP y PSOE den tres cuartos al pregonero manteniendo en público discrepancias que se tienen que resolver en privado. Faltan dos años para las elecciones siguientes, y la cuerda no resistirá sin romperse u ejercicio constante de rivalidad furibunda. Alguno dirá que viene muy a cuento la conocida fábula de la rana y el escorpión, aquella en que ambos se disponen a atravesar un río con el escorpión montado en la rana; sin embargo, aquel termina hincando su agujón en esta y ambos mueren irremisiblemente porque el aguijonear está en la naturaleza misma del artrópodo. Los hechos que han rodeado la reforma laboral son la prueba de que hay en la coalición escorpiones que no han entendido del todo el papel que han de asumir ante su electorado y ante la opinión pública.

El modelo portugués

La crisis española debida a la reforma laboral, felizmente resuelta de momento tras una teatralización inquietante, ha desembocado en el primer éxito objetivo del gobierno en el libro de unos presupuestos para 2022, que ya cuentan con teóricos votos suficientes para prosperar, gracias también, como antaño, a las generosas dádivas del gobierno para conseguir la benevolencia de la periferia.

Y ello ha ocurrido cuando más de uno, mirando de reojo a nuestro vecino peninsular, comenzaba a musitar entre dientes aquella paremia de poner las barbas propias a remojar cuando las barbas de tu vecino veas pelar. Como es sabido, el PS de Antçonio Costa no ha conseguido sacar adelante los presupuestos 2022 y ello desembocará seguramente en una convocatoria anticipada de elecciones que podrá fin a la celebérrima y creativa (en su momento) gerigonça.

El modelo portugués de izquierdas, que fue adelantado del viraje hacia el centroizquierda que ha dado Occidente en los últimos años, ha saltado por los aires, sin que pueda darse una razón de peso para ello. Como es conocido, el gobierno socialista encabezado por António Costa se formó en 2015 gracias al apoyo prestado por el Bloco de Esquerda (BE) —una especie de Podemos a la portuguesa— y por el Partido Comunista Portugués (PCP) al PS. El modelo se repitió tras las elecciones de 2019, pero comenzaron pronto las disensiones. De hecho, el presupuesto de 2019 fue aprobado a duras penas con los votos de las minorías; en 2020 salió adelante gracias a su abstención, y en 2021 ha sido rechazado por ellas, lo que supondrá probablemente la disolución del parlamento y la convocatoria de elecciones. Este martes, el presidente de la República, Rebelo de Sousa, que tiene amplios poderes constitucionales, tomará probablemente una decisión después de la reunión del Consejo de Estado. Paradójicamente, Rebelo de Sousa ha hecho esfuerzos inauditos para conseguir la estabilidad y la continuidad del gobierno, y ni siquiera la principal fuerza de la derecha, el Partido Social Demócrata, deseaba ir ahora a las urnas puesto que está teniendo lugar en su seno una costosa elección del liderazgo.

La formación del gobierno de izquierdas en 2015 se debió a la resaca de la primera crisis económica global del siglo, que deprimió a la sociedad, acentuó sus padecimientos, provocó un rescate durísimo y derrumbó las expectativas que la bonanza había generado hasta 2008. La austeridad, que siguió en el país vecino un camino parejo al español, había llenado de pesimismo a los portugueses, que optaron finalmente por la receta progresista que prometía el fin de los sacrificios y la recuperación ordenada de la estabilidad. Lo cierto es que António Costa, recibido inicialmente de uñas por Bruselas, cumplió su palabra, honró sus compromisos comunitarios, puso fin a las humillantes visitas de ‘los hombres de negro’ y pilotó una recuperación mucho más rápida que lo que cabía imaginar.

Las políticas de aquel gobierno han sido socialdemócratas, atemperadas a los criterios comunitarios, pero acabaron siendo rebatidas por los socios minoritarios del PS, que aspiraban a reformas más radicales y profundas, que Bruselas no hubiera admitido. De hecho, los sucesivos rechazos a los presupuestos se han debido a que, a juicio del BE y del PCP, no eran suficientemente de izquierdas. Conseguido el poder, las minorías utópicas han exigido lo que ningún gobierno sensato, europeísta y cumplidor de los Tratados podía ofrecerles.

Como se ha dicho, España y Portugal, tan cerca y tan lejos al mismo tiempo, tienen hábitos políticos distintos y no admiten una comparación cabal más allá de las familiaridades que mantienen todas las democracias entre sí. Pero sí hay algunos parangones que pueden valernos, porque son comunes a toda la izquierda.

Quizá el más claro es la imprevisibilidad del progresismo. La derecha es táctica, maquiavélica, y se encamina de forma rectilínea a la consecución del poder con fines claramente extractivos. Por el contrario, la izquierda tiene una propensión irrefrenable hacia la utopía, considera que el poder no es el objetivo sino el medio de conseguir unos fines filantrópicos y no tiene problema en autodestruirse si cree que con ello realiza un gesto de desprendimiento que beneficia a toda la sociedad. No hace concesiones apenas al posibilismo, no es pragmática —diga lo que diga la derecha— y no acaba de entender que la sociedad puede beneficiarse más de una izquierda templada que no se juegue a diario el ser o no ser que de una derecha que no sienta inquietud alguna por la desigualdad, que predique que lo más progresista es generar crecimiento sin pararse a ver cómo está distribuido o si han quedado víctimas en el camino.

Portugal no es España, pero estaría bien que nuestra izquierda aprendiera las lecciones de la historia, también la portuguesa.

Antonio Papell
Director de Analytiks

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