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¿Cómo llegó el PSOE a los 85 diputados?

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¿Cómo llegó el PSOE a los 85 diputados? 1

Santiago Zavala, el personaje de Vargas Llosa, formula al comienzo de Conversación en la Catedral, una de las mejores novelas que se han escrito, aquella inquietante pregunta: “¿En qué momento se había jodido el Perú?”.

Algo parecido habría que preguntarse, aunque con menos ingredientes subjetivos, en relación al Partido Socialista. ¿En qué momento ha comenzado a derrumbarse el PSOE, que ha pasado de ostentar una posición hegemónica desde las difíciles primeras elecciones generales de 1977 a ocupar una posición mediocre, lejos de la aspiración de la alternancia y compartiendo el espacio de babor del espectro con otra formación que le disputa incluso el liderazgo de la izquierda?

¿Qué ha ocurrido para que se haya desencadenado el declive del PSOE que lo ha llevado a su mínima expresión en esta democracia, esto es, a los 85 diputados de las elecciones generales de 2016? (En realidad, el mínimo histórico en porcentaje de votos lo obtuvo el PSOE en las elecciones del 2015, con el 22,01% de los votos, equivalente a 90 diputados, que se redujeron a 85 con el 22,63 % de las del 2016 en una paradoja más de la ley d’Hont).

En las pasadas elecciones primarias a la Secretaría General, la oposición interna a Pedro Sánchez le hizo responsable de haber obtenido “los peores resultados de la historia”. Según aquellos personajes, su contrincante, defenestrado inicuamente el primero de octubre del año pasado, habría sido el culpable del descenso a los infiernos del venerable partido fundado por Pablo Iglesias (el socialista, el de verdad).

No es un trabajo grato, ni siquiera de buen gusto a lo mejor, el hurgar en el pasado en busca de responsabilidades antiguas en el seno de las organizaciones políticas, que tienen como es lógico altibajos, pero la imputación ha sido tan burda que los expertos y los analistas han salido al paso de la simplificación. Primero ha sido Josep Borrell, quien ha publicado para la ocasión el espléndido y clarificador libro Los idus de octubre sobre el golpe de mano que descabalgó a Sánchez el primero de octubre de la Secretaría General y que hemos glosado aquí mismo. Y, después, entre diversos análisis, ha sido reseñable un artículo reciente de Carles Castro, “La herencia”, en el que demuestra que “el PSOE ya había caído a tasas de voto del 2015 y el 2016 antes de la elección de Sánchez y la eclosión de Podemos y C’s”.

El punto catastrófico del PSOE debe fijarse en las elecciones europeas del 26 de mayo de 2014, con Rubalcaba en la Secretaría General del PSOE, cuando Sánchez no es todavía un político conocido y tanto Ciudadanos como Podemos no han irrumpido aún en escena (Podemos fue creado con los mimbres del 15M en enero de 2014 precisamente para concurrir a las europeas). Si en las europeas de 2009, el PSOE obtuvo el 38,78 % de los votos y 23 escaños, en las de 2014 consiguió el 23,01 % y 14 escaños, con una caída de más de 15 puntos. Podemos ya logró entonces una presencia significativa (el 7,98 % de los votos y cinco escaños), alejada aún de lo que representaría poco después. El PSOE, por su parte, ya alcanzaba el “suelo” en el que actualmente se encuentra, en el entorno del 23 % del electorado.

[pullquote]Hay que ser muy osado para culpar a Sánchez del hundimiento socialista[/pullquote]

Aquel pésimo resultado en las europeas provocó la dimisión de Rubalcaba, y Pedro Sánchez ganaba las primarias en julio de 2014. Un año más tarde, Sánchez, que se presentaba por primera vez al frente de unas elecciones estatales lograba mantener aproximadamente el mismo porcentaje de apoyo (el 22,01%) pese a que Podemos lograba el 20,7 %, desde el 7,98 % conseguido en las europeas. Hay que ser muy osado para culpar a Sánchez del hundimiento socialista.

Hay que mirar más atrás, por tanto. Y en esta antesala del presente no queda más remedio que examinar los elementos que mermaron el crédito del PSOE. En este afán, que ha de ser cuidadoso, podemos remontarnos cuanto creamos necesario, y es sin duda momento de decir que ciertas actitudes de Felipe González, que fue quien llevó al socialismo a sus mayores cotas y contribuyó más que nadie a la modernización de este país, no ayudaron precisamente. Que aquel líder visionario, respetado por todos, ocupara un asiento en un consejo de administración de una compañía eléctrica desconcertó, por decirlo con suavidad, a buena parte de la opinión pública. Y no hay por qué negar la evidencia, sobre todo si se reconoce que este error sólo puede valorarse con justicia si se coloca en el otro platillo de la balanza un impecable y magnífico servicio a España.

En este recorrido en pos de las responsabilidades antiguas tampoco puede omitirse el papel de Rodríguez Zapatero, cuya primera legislatura proporcionó a este país una consistencia moral inocultable gracias a un conjunto de medidas que potenciaron la equidad y la tolerancia hasta cambiar de hecho la sociedad de este país. Desde unos nuevos y revolucionarios planteamientos contra la violencia de género hasta la normalización del mundo LGTB, matrimonio entre homosexuales incluido, pasando por la creación de la Dependencia, el legado de Zapatero es tan valioso como inolvidable. Pero dicho esto, conviene anotar que Zapatero tuvo que anticipar las elecciones generales de 2012 a finales del 2011, presionado por una opinión pública muy irritada por la crisis y por la gestión de la crisis, que afrontó apoyado en personalidades insuficientemente capaces de combatir aquella adversidad. Los patéticos esfuerzos posteriores de Pedro Solbes por desmarcarse de aquel naufragio, que también pilotó desatinadamente Elena Salgado, no pueden ocultar una impericia de la que es necesario hablar para que no se pudra en las entrañas de la historia.

[pullquote]El legado de Zapatero es tan valioso como inolvidable[/pullquote]

Muchos votantes de izquierdas (y también de otras opciones, por supuesto) se preguntan todavía cómo no se vio mucho antes el riesgo que generaba aquella incontrolada burbuja inmobiliaria que los sucesivos ministros consideraron inocua; por qué aquella absurda demora en reconocer el drama que se estaba abatiendo sobre nosotros; cómo pudo ser que Zapatero no dimitiese en 2010, cuando Europa presionó tan intensamente para que realizáramos unos recortes que laminaban el Estado de Bienestar; quién recomendó al presidente del Ejecutivo la reforma tan impertinente como innecesaria del artículo 135 de la Constitución (otros países europeos se negaron en redondo a tan humillante claudicación), o quién aconsejó realmente llevar a cabo aquel inefable ‘Plan E’, que ha pasado a más de una antología del disparate y cuyas huellas todavía se ven en algunos lugares.

Rubalcaba, uno de los mejores políticos que ha tenido este país —y que, entre otros méritos, tiene el de haber acabado con ETA— poco pudo hacer para detener el declive, ni para evitar el ‘peor resultado’ de la historia, con apenas el 27,8% de los votos y 110 escaños en 2011, frente a un PP que irrumpía con abultada mayoría absoluta. Sin duda, Zapatero y Rubalcaba hicieron lo que pudieron y lo que supieron, pero con toda evidencia no triunfaron en su lucha contra los elementos. En cualquier caso, es lógico que cada palo aguante su vela.

No tiene ya sentido que los aludidos pierdan un minuto más en reflexiones como esta, que sin embargo podría servir para ubicar a cada cual en su correcta casilla de salida a partir de ahora. Después de todo, es el futuro y no el pasado lo que importa.

Antonio Papell
Director de Analytiks

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