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Conde, la caída final

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Conde, la caída final 1

Mario Conde fue por voluntad propia el representante más genuino de una determinada época del desarrollo financiero español, y, tras cometer errores que le costaron la exclusión, la persecución y la cárcel, acaba de experimentar el último zarpazo del sistema, que intentó bordear y que ha terminado demostrando su hegemonía inmisericorde e implacable: Conde está siendo perseguido hasta el final, hasta acabar con él definitivamente.

La historia es conocida pero conviene abocetarla de nuevo para las generaciones jóvenes. Mario Conde (1949) era un brillante abogado del Estado en la empresa privada que en 1987, trabajando a las órdenes del rico empresario Juan Abelló, dio un pelotazo que le hizo rico y lo llevó a la fama: consiguió la venta de Antibióticos, la empresa familiar de su patrón, a un inversor italiano, que pagó una cantidad de fábula por la compañía española. Naturalmente, Conde obtuvo de la venta una jugosa comisión, con la que ingresó en le sistema financiero y, después de varios golpes de mano, acabó haciéndose con la presidencia de Banesto, uno de los grandes bancos del país en aquella época.

En torno a Mario Conde, que lució la imagen del gran triunfador, se desarrolló un verdadero fenómeno social. Nunca se había visto tanta adulación por parte de las instituciones, de los grupos influyentes, de los propio políticos… El doctorado honoris causa que le concedió la Complutense –era el 9 de junio de 1993-, en presencia del Rey, fue un homenaje de todos los estamentos al prócer que se había erigido en símbolo de la modernidad, de los tiempos nuevos. Por aquel entonces, se prodigaba la llamada “cultura del pelotazo” y el ministro Solchaga, socialista, explicaba a los cuatro vientos que España era el país en que más rápidamente era posible enriquecerse.

Conde, que lo tenía ya todo, se dejó tentar sin embargo por la vocación política. E insinuó la “necesidad” de su desembarco en el ámbito público para poner orden en un país que necesitaba liderazgo. Aquella intención puso en guardia, como es natural, a quienes aludía en su declaración de intenciones, y asombrosamente se generó un gran consenso en su contra. Felipe González, presidente del Gobierno, y el líder de la oposición, José María Aznar, que se odiaban sin matices, se pusieron sin embargo de acuerdo en cuestión de minutos en la inconveniencia de aquel designio de un advenedizo que quería disputarles sus sillones. Y sucedió lo que tenía que suceder: Banesto no iba bien, como la mayoría de los bancos en aquella coyuntura, y pocos meses después del gran homenaje académico, el 28 de diciembre de 1993, el Banco de España intervenía Banesto, con el pretexto de un gran agujero contable. El gran prócer caía descabalgado y ya nunca más levantaría cabeza.

Unknown-7Comenzó el gran escrutinio sobre la entidad, y Conde y sus más cercanos colaboradores fueron condenados no por la mala situación del banco sino por una ristra de delitos económicos. La pena para Conde fue de veinte años de prisión y sus bienes debían ser incautados para cubrir las responsabilidades, muy elevadas, que se derivaron del saneamiento del banco, que acabó en manos de Botín, previo pago de 313.000 millones de pesetas, menos de 2.000 millones de euros. En 2005, Conde salió definitivamente de prisión.

Conde conservó en realidad buena parte de sus bienes, ya que la ejecución de la incautación no fue completa –en la Justicia española es frecuente que no se ejecute esta parte pecuniaria de las sentencias-, y es de suponer que una parte de ellos fueron puestos a tiempo a nombre de testaferros. Además, según se desprende de lo actuado ahora, Conde había expatriado una fortuna al extranjero, que ha ido reintegrando para poder mantener un alto nivel de vida. La última noticia financiera de Conde fue su inclusión en la lista de morosos de Hacienda, en la que figura con un adeudo de varios millones de euros. ¿Cómo puede deber a Hacienda quien ha sido expropiado de su patrimonio para resarcir al Estado de un quebranto financiero? Habrá que explicarlo.

Conde atribuyó siempre su infortunio a la maquinación del establishment, y publicó un libro “El sistema”, en el que trató de describir aquel aparato infernal que lo arrastró a las tinieblas. La verdad no se sabrá nunca del todo, pero la pura intuición, basada en el relato de los hechos, sugiere que Conde se pasó de listo, jugó de farol, pecó de excesivamente ambicioso y dio a sus enemigos argumentos para provocar su propia destrucción, que acaba de consumarse definitivamente. Ese segundo golpe será el definitivo.

Tras su salida de prisión, Conde apareció bastante en público, e incluso fundó un partido con el que se presentó, sin éxito, a las autonómicas gallegas. También se ha prodigado en una televisión conservadora, en la que ha impartido lecciones de ética y de rigor político. Ahora, cuando el peso implacable de la ley ha vuelto a caer sobre él, le espera un verdadero infierno. Porque aunque no volviese a prisión –que volverá, probablemente-, ya estará bajo la vigilancia atenta del sistema. Es la grandeza –y también la miseria- de la democracia estricta, en que las instituciones aplastan a quienes se sobrepasan. Conde sin duda se merece su destino, pero la fatalidad siempre es devastadora y excesiva.

Antonio Papell
Director de Analytiks

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