Política

¿Debate? ¿Qué debate?

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Lo que las principales cadenas de televisión generalistas retransmitieron la noche del pasado lunes no fue un debate. Por mucho que la palabra apareciera –con un 4 en vez de una A, haciendo una gran campaña de branding a la cadena que lleva por nombre ese número, como comentó en las redes sociales el experto Andy Stalman– en el suelo y en cada uno de los atriles de los cuatro aspirantes a la presidencia del Gobierno que comparecieron. ¿Por qué no lo fue?

En primer lugar, no me parece de recibo un debate con tres moderadores. Una presentadora tan experimentada como Ana Blanco tuvo algún lapsus, Pedro Piqueras estuvo correcto pero poco incisivo –en una ocasión soltó, en lo que se suponía debía ser un debate: “¿Alguien tiene algo que decir por alusiones?”– y Vicente Vallés, que entró tarde en el juego pero al final fue aplaudido por la mayoría de los espectadores como el mejor, se dedicó a realizar minientrevistas a cada uno de los candidatos y protagonizó un pequeño enfrentamiento con el presidente del Gobierno en funciones –Rajoy no pudo disimular su enfado– tras la formulación de una cuestión.

Acostumbrada a ver siempre que he podido debates electorales entre aspirantes a la presidencia de Estados Unidos y a convertirse en Primer Ministro de Reino Unido, jamás he asistido a uno con tres moderadores. Ni siquiera con dos. Lo que sí he presenciado, por supuesto, son interrupciones, con la debida cortesía, a la intervención de un candidato por parte de otro para matizar sus palabras, negarlas u ofrecer un planteamiento diferente sobre una determinada cuestión. Eso, aquí parece que no se contempla cuando discutir –lo cual no quiere decir enfrentarse, sino “examinar atenta y particularmente una materia y contender y alegar razones contra el parecer de alguien”, según la RAE– está en la esencia del verbo debatir.

El espectáculo principió el pasado lunes con monólogos. Algunos, como Pablo Iglesias y Albert Rivera, respondieron de forma concisa a la primera pregunta que les lanzó el moderador de turno y otros ensayaron pequeños mítines y se fueron por las ramas. Vamos, que contestaron lo que quisieron. Pero la repregunta cuando no se refirieron a lo planteado brilló por su ausencia.

La Academia de la Televisión optó esta vez por colocar a los protagonistas detrás de atriles –un poco bajos para dos de ellos–, lo que evitó la sensación de ‘desnudez’ del debate a cuatro que organizó Atresmedia durante la pasada campaña electoral, aunque mantuvo a los candidatos de pie –cosa que me parece oportuna– y la decoración dejó mucho que desear. No seré políticamente correcta: el plató era horroroso. Un escenario caduco, que hubiera podido pertenecer perfectamente a los años 70.

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La realización fue muy mejorable y qué decir del sonido. Un corresponsal de un medio extranjero señaló que era el peor que había oído en su vida en una retransmisión televisiva, con micrófonos mal colocados y un foco o una bandeja –las dos cosas me han transmitido– que provocó un ruido inesperado durante el bloque de empleo, lo que hizo afirmar en TW a Cristina Pardo que era el único contrato fijo del país lo que acababa de caer –perdón por el inciso pero hoy en día sería infumable seguir en España un presunto debate sin twitter o sin un grupo de whatsapp en el que amigos bien informados y jocosos comenten las jugadas–. Además, empezó tarde –Antena3 se lo achacó a la Academia de Televisión y a un retraso en el posado pero todo el mundo culpó a Pedro Sánchez– y con los protagonistas vestidos tal y como se esperaba: traje y corbata azul uno y roja otro, traje sin corbata y camisa blanca el de más allá. No pudieron ser más previsibles.

Si atendemos a lo que se aplicaron en destacar todos, cada uno de ellos ha sido el que más han hecho para que no se repitan las elecciones. Así estamos. Con una cita con las urnas en una semana. Y así parece que seguiremos. Sánchez, que estuvo dos terceras partes del ¿debate? desaparecido, intentó movilizar a los votantes tradicionales del PSOE, su única opción. Su presencia y su intervención fueron irrelevantes y trató de ignorar a Iglesias toda la noche, al igual que hizo Iglesias con Rivera.

Rajoy incidió en que los demás deben dejar gobernar a la lista más votada y se dirigió a aquellos que siguen creyendo en él y a los que les parece la opción menos mala y optan por el voto útil “con la nariz tapada”, como tantos admiten. Soltó aquello de que gobernar es muy difícil. No es broma, lo dijo un presidente del Ejecutivo, aunque ahora lo sea en funciones. Pero bueno, ya había dicho también eso de que preparar un debate era muy costoso. Fue el que más miró a sus papeles e incluso leyó alguno en algún momento, además de abrumar con cifras y retornar a los post-it. Puede que ningún asesor le avisara de los memes que generaron los que se vieron con sus notas manuscritas durante su intervención en el debate de Televisión Española con Pedro Sánchez. O puede que sí.

El caso es que el presidente en funciones enseñó además varios cuadros o diagramas o esquemas en más de un momento, sin detenerse para que la cámara captara la imagen y pudieran verla los televidentes. La realización abusó de los planos largos y hubo hasta vibraciones hacia el final del espectáculo. Las diferencias en el dominio del medio televisivo de unos y otros son bastante evidentes. ¿Y qué decir de quien miraba al adversario de frente o el que se dirigía a la cámara?

Tras dos terceras partes casi soporíferas, Rivera aludió por fin a un caso concreto para, desde él, generalizar. Lo hizo a cuenta de la ley de dependencia. Es una fórmula que emplean a menudo los políticos anglosajones y que se revela muy efectiva para que el ciudadano entienda lo que alguien quiere decir. Sin embargo, no hubo más intervenciones similares pese a su probado didactismo para la población, ya que capta su interés y muchas personas se sienten identificadas con la situación planteada.

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Iglesias, que fue bastante claro, intentó rebajar su a menudo actitud prepotente pero no dejó de dar consejos, con tono docente, sobre todo a la hora de reconvenir a Sánchez por equivocarse de adversario. Tampoco se dejó en el tintero la gracia de pronunciar regular PricewaterhouseCoopers y no de manera ininteligible, como hizo en el debate de A3 al que antes me refería. Lo más jugoso llegó cuando se atizaron Iglesias y Sánchez, por un lado y Rajoy y Rivera, por otro. Este último, quien menos tenía que perder dado que todas las encuestas dan a Ciudadanos como cuarta fuerza política a distancia, ganó en contundencia en la parte final. Vamos, que tras un inicio largo y soso –con una primera pausa demasiado pronto–, llegó el bloque de la corrupción y el ambiente se caldeó. Y se cumplió, cómo no, el silogismo: sale Bárcenas, luego salen los ERE.

Por países, la lista de menciones –ya lo había previsto Izquierda Unida, que planteó en las redes tomarse un chupito cada vez que se pronunciaran determinadas palabras– la lideró Grecia seguida por Venezuela. Irán no apareció y Rajoy citó a China para hablar de pensiones. ¿En serio? Así fue. No a Alemania o a Escandinavia. En resumen, un debate electoral en España, por ahora, pese a que nunca se pierda la esperanza en el momento en el que se anuncia, es algo que cuando sucede siempre decepciona. Y bastante. Porque no es que, como he leído en algunos medios, haya sido el peor debate de la democracia, es que ni siquiera fue un debate.

La oratoria anglosajona

¿Por qué, en cambio, los aspirantes anglosajones suelen estar a años luz de los líderes políticos españoles en estas lides? En primer lugar, porque la formación en oratoria está mucho más desarrollada en los centros educativos británicos y estadounidenses. Estudié durante una temporada en la Universidad de Manchester y no sólo doy fe de esta afirmación desde mi bagaje personal, sino que estuve encantada con la duda que se me planteó a la hora de decidir en cuál participar –la falta de tiempo es lo que tiene– entre las numerosas e interesantes sociedades de debate que existen. Una vez por semana, me reunía con un grupo de alumnos en la Student Union, donde cada día elegíamos o nos tocaba el rol de un país y debatíamos en una ONU improvisada sobre algún tema de interés internacional. Era imprescindible defender la postura que creías asumiría ese país en ese conflicto en particular.

Pero es que, además, estoy convencida de que, tanto en EEUU como en Reino Unido, es más importante un líder que las siglas de un partido, a diferencia de lo que ocurre en España, en especial entre las personas mayores. Los políticos patrios tienen que aprender de los anglosajones en materia de su cercanía al ciudadano. Sin olvidar que una biografía interesante siempre ayuda y suelen tenerla más allí que aquí: experiencia laboral en la empresa privada, formación en Europa… Todo ello da un toque personal a respuestas e intervenciones en debates, algo que, siempre que sea sin abrumar, es muy de agradecer. Un formato en el que es fundamental apelar a lo emocional y en el que los gestos llegan a ser tan importantes como las palabras y las ideas. Sobre todo porque las segundas ya las conocemos de sobra. Nos las han repetido una y otra vez.

Para Debate, la obra de teatro de Toni Cantó que se representó hace unos meses en los Teatros del Canal y está de gira. Su reseña se puede leer en ANALYTIKS: http://www.bolsamania.com/analytiks/2016/06/17/debate-o-la-promiscuidad-entre-la-politica-y-el-periodismo/

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