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La deriva española. Síntomas de un resurgimiento

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Las cosas no van bien en España desde que se reconoció la gravedad de la crisis económica que padecíamos, al igual que todo nuestro entorno y el planeta entero, allá por 2008. El 21 de febrero de 2008, el ministro de Economía de Zapatero, Pedro Solbes, y el candidato a serlo por el Partido Popular —entonces encabezado por Mariano Rajoy—, Manuel Pizarro, mantuvieron un debate en Antena 3, previo a las elecciones generales del 9 de marzo, en las que el líder socialista revalidaría con cierta facilidad el gobierno que había logrado por sorpresa en 2004.

En aquel debate, Pizarro alertó con realismo de la catástrofe que se avecinaba y que el gobierno de Zapatero se obstinaba todavía en negar, en tanto Solbes lanzó un potente mensaje de tranquilidad. Pizarro pedía austeridad para afrontar mejor las adversidades e incluso propuso la desaparición del Ministerio de la Vivienda, en tanto Solbes alertaba de que con el PP peligrarían las políticas sociales. “España no va bien”, fueron las primeras palabras de Pizarro, quien manifestó que los españoles “están preocupados”. “Somos subcampeones europeos en inflación, uno de los países con más endeudamiento en las familias y somos campeones en desempleo”, continuó el político popular, quien preguntó al ministro de Economía qué había hecho para evitar la crisis “del ladrillo y el consumo”. El ministro Solbes reconoció que “hay una cierta desaceleración” y que había algún capítulo del proceso económico que le preocupaba “pero ustedes no buscan soluciones, sino más problemas” —espetó a su adversario—. “Tengo la sensación de que están convocando la crisis. Usted, como conocedor del mundo financiero, ¿le parece razonable realizar afirmaciones cómo las que ha hecho?”, preguntó. “Inflación hay, pero es similar a la que hubo en 2003”. Lo cierto es que según el sondeo que realizó la propia cadena,  para el 47,4% de los espectadores ganó Solbes y para el 37% venció Pizarro. Para el 15%, no ganó ninguno. En realidad, habíamos perdido todos.

Zapatero lanza políticas keynesianas

Lo cierto es que en agosto de 2008, a instancias de la Comisión Europea y del G-20, Zapatero comenzó a anunciar políticas keynesianas —inversiones para la reactivación—, cuando el paro había alcanzado ya el 11%.  En enero de 2009, apelaba a los “esfuerzos y sacrificios de todos” y presentaba el célebre “Plan E”, que fue incapaz de contener el desastre. Finalmente, el 12 de mayo de 2010, tras recibir la advertencia de que España podía incurrir en default y ser rescatada, anunciaba unos recortes de 15.000 millones de euros, que supondrían la rebaja del salario de los funcionarios, la congelación de las pensiones (salvo las mínimas) y un cúmulo de recortes del gasto social. En julio se aprobaba una reforma laboral que trataba de cortar la sangría de despidos mediante el recorte de derechos laborales. En septiembre de 2011 entraba en vigor la reforma del artículo 135 de la Constitución, pactada con el PP, que fue considerada humillante por toda la izquierda y parte de la derecha de este país.

Y finalmente un Zapatero claudicante anticipaba las elecciones, a las que no se presentó, y el 20 de noviembre de 2011 se celebraron las elecciones en que Rajoy consiguió mayoría absoluta frente a un candidato Rubalcaba que se quedaba con 110 diputados. En 2009 hubo una profunda recesión, con un crecimiento negativo del 3,6%, pero en 2010 el crecimiento fue cero.

Cuando Rajoy llegó a La Moncloa, el desempleo superaba levemente el 21%, y en 2011 el PIB retrocedió el 1% en el primer año de una segunda y más larga recesión que arrojaría también crecimientos negativos en 2012 (-2,9%) y en 2013 (-1,7), y apenas en 2014 el PIB creció ya el 1,7%. El paro llegó a ser de casi el 27% en 2013 y al convocar Rajoy elecciones en 2015 estaba cerca del 24%.

Rajoy revirtió las tendencias

A trancas y barrancas, Rajoy, en su legislatura 2011-2015, consiguió revertir las tendencias, aunque no logró evitar un rescate financiero en junio de 2012 a causa de la crisis de las cajas de ahorros. Hubo otra reforma laboral que mermó todavía más los derechos laborales supervivientes. Y la aplicación de las políticas de ajuste, que comenzó a enderezar los valores macroeconómicos, tuvo sin embargo un efecto social catastrófico: el desempleo descendió muy lentamente y se mantuvo en términos insoportables entre los jóvenes, de tal modo que a finales de 2015, la clase media se había reducido drásticamente, había emergido la pobreza laboral —una parte notable de los asalariados no podían mantener a sus familias— y se había extendido por el país una honda sensación de fracaso.

La crisis, que sacó a la luz las incompetencias del establishment, generó un extraordinario malestar que quedó a la vista de todo el mundo con la ocupación masiva de la Puerta del Sol en mayo de 2011. El movimiento 15-M, o de los ‘indignados’, reflejó la falta de horizontes de una juventud que no encontraba ni receptividad ni horizontes, y que mostró su irritación al grito de “no nos representan”, en el sentido de considerar fracasado un sistema político que no era capaz de mantener la equidad en los momentos difíciles. Aquel movimiento fue el germen de “Podemos”, una organización populista ideada por Pablo Iglesias e Íñigo Errejón, al frente de un grupo de jóvenes universitarios decididos a renovar el sistema.

Podemos, que ya se hizo notar en las elecciones europeas de 2014 (obtuvo 5 escaños), irrumpió ruidosamente en las elecciones generales de diciembre de 2015 con 42 escaños. También surgió Ciudadanos, con pretensiones de partido bisagra, que logró 40 escaños. El bipartidismo imperfecto había iniciado su decadencia.

Desde 2014, los mensajes oficiales hablaban de que la gran crisis económica había sido superada y se inició en efecto una etapa de crecimiento económico… Pero aquellos diagnósticos, que eran ciertos, irritaron todavía más a unas muchedumbres que no percibían la mejora, muy selectiva, y notaban que el paro  continuaba todavía por encima del 20% (el desempleo juvenil superaba aún el 50%), los salarios habían alcanzado mínimos históricos, la clase media había sido sometida a un proceso intensivo de proletarización y ya se nos advertía de que, después de los ocho años de decadencia, nada volvería a ser como antes. Por añadidura, en los años peores de la crisis se fueron descubriendo las revelaciones sobre la corrupción del Partido Popular, que se había financiado ilegalmente en una serie de operaciones fraudulentas que habían enriquecido a un puñado de desaprensivos. También aparecieron escándalos en Cataluña, con la implicación directa de Jordi Pujol y toda su familia. La acumulación de episodios de corrupción, unida a la incriminación del propio PP como persona jurídica en los hechos, fue la espoleta cuya detonación dio el gobierno a Sánchez en 2018 mediante una exitosa moción de censura.

Han transcurrido cuatro años desde aquellas elecciones decisivas de 2015 que señalaron el camino del cambio, y todavía no hemos conseguido idear, y mucho menos establecer, una fórmula de gobernabilidad que estabilice al país.

El tiempo de Sánchez

El nuevo gobierno surgido de la moción de censura, presidido por Sánchez, llevaba si embargo entre sus miembros a dos personajes que constituían por sí solos una declaración de intenciones que fue percibida y reconocida con claridad por la comunidad internacional y, en concreto, por la UE: Josep Borrell y Nadia Calviño. Si el cambio de signo del gobierno representaba la oportunidad de la derecha para regenerarse, estos dos nombres aportaban garantías de calidad democrática, de integridad pluralista frente a la crisis catalana y de ortodoxia económica  que impediría cualquier veleidad impertinente y llevaría a España a ser parte activa en el proceso de construcción europea, animada por los cambios en las instituciones. Finalmente, Borrell, ministro de Asuntos Exteriores de Sánchez, sería elevado a la primera línea de la política comunitaria –vicepresidente de la Comisión y alto representante de política Exterior de la Unión Europea—, quince años después de que cualquier otro español llegase tan alto (Javier Solana, Rodrigo Rato y el propio Borrell habían alcanzado con anterioridad aquel primer nivel de responsabilidad).

Con la designación de Borrell ha concluido para España una travesía del desierto que se inició cuando Aznar, en su segundo y desafortunado mandato, cometió la torpeza de abandonar el marco estratégico europeo para adherirse al eje Washington-Londres de la mano del reaccionario Bush, acompañándole incluso a la guerra de Irak. Tras aquel dislate, Zapatero realizó junto a Moratinos un discreto retorno al origen –no hubo lugar a los matices por los problemas internos, pero sí se produjo el retorno al redil europeo—, pero la crisis impidió la debida dedicación a aquel designio y privó a España de aliento para recuperar el resuello diplomático en medio de la gran depresión.

Rajoy, por su parte, no mostró, sencillamente, interés alguno por la política exterior, y con Sánchez, gracias a la mencionada generación de un entorno propicio formado por lumbreras, han comenzado a recuperarse la presencia y la ambición. Los dos pilares personales que sostienen el nuevo proyecto socialista han conseguido restituir la credibilidad de nuestro país en las cancillerías y en los foros económicos. La proeza es digna de consideración.

Ignacio Molina, en un artículo publicado esta semana, cree que, de nuevo, y a pesar de que todavía no está resuelto el problema de fondo de la estabilidad gobernamental, está “España en su sitio”, palabras pronunciadas por el entonces ministro Fernando Morán cuando España ingresó en las Comunidades Europeas en 1986. Y este retorno es debido, en buena medida, al aliento de Borrell, quien ya fue en su momento uno de los grandes actores ideológicos de la etapa de construcción de la democracia política avanzada, primero desde el Ministerio de Hacienda, después desde el Ministerio de Fomento. Ahora, Borrell, que adquiriere de nuevo una gran dimensión internacional (ya fue presiente del Parlamento Europeo), se dispone a prestar un servicio lateral, indirecto pero muy eminente, a su patria grande y a su patria chica: la argumentación que ha derrochado en estos últimos años contra las miserias de un secesionismo ramplón y egoísta, en las antípodas de la magnanimidad de la construcción europea y de la globalización en marcha, ha contribuido a restar todo crédito a los apóstoles de la identidad y la diferencia y ha ensalzado la idea de España como polícroma totalidad, con personalidad refinada, con capacidad de acción y de liderazgo en el concierto de las naciones.

La estabilidad política es ahora un requisito para que este renacimiento se consolide y mantenga. Y para que se desvanezca siquiera en parte el amenazante ascenso de la extrema derecha, síntoma inequívoco de que la irritación social por tanto error acumulado en década y media ha generado patologías que habrá que controlar y resolver mediante las terapias adecuadas y un cierto derroche de grandeza y magnanimidad.

Iberia Alexa
Antonio Papell
Director de Analytiks

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