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El adanismo de Podemos

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El adanismo de Podemos 1

Los tiempos actuales, en que la política ha cambiado con cierta subitaneidad y asoma una infinidad de caras nuevas con estéticas poco convencionales, recuerdan inevitablemente los de la transición, en que, como escribió Bertold Brecht, la crisis existencial se debía a que “lo viejo no acababa de morir y lo nuevo no acababa de nacer”.

Sin embargo, quienes ya teníamos uso de razón entonces y creemos conservarlo ahora no podemos evitar una gran perplejidad al contemplar cómo no se pondera suficientemente la gran disimetría que hay entre ambos momentos históricos, y la injusticia que se comete asimilándolos. Porque si hoy, con toda la razón seguramente, de lo que se trata es de dar un poderoso golpe de timón para revitalizar la democracia, entonces el asunto consistía en desmantelar las poderosas resistencias que se oponían a la instalación de la democracia misma, y muchos ciudadanos derramaron gruesas gotas de sudor, y hasta perdieron la vida a veces, para conseguir avanzar desde el régimen de los vencedores de la guerra civil hacia un sistema plenamente habitable e integrador. Fue muy difícil aquella proeza pero pocos se atreverán a negar que aquellas generaciones que también se proclamaban decididas al cambio y a la renovación consiguieron su objetivo.

Lo ha escrito Manuel Jabois con una precisión admirable, y su diagnóstico me ahorra muchas divagaciones: “lo nuevo se sostiene siempre sobre lo viejo, y lo viejo en el Congreso es lo que permite que lo nuevo esté dentro. Por eso, puestos a ser intensos, en las fórmulas elegidas por Podemos para prometer su cargo, llenas de imperativos legales y nunca más un país sin su gente, hubiera estado bien que uno al menos recordase que en esa cámara que pisaba por primera vez hay en el techo agujeros de bala y hubo diputados que o bien no se tumbaron o bien fueron derechos a los golpistas a abroncarles. Esa gente era de este país y estaba defendiendo, avant la lettre, que Podemos estuviese en el Congreso. También el país tenía gente dentro cuando se votó a favor del matrimonio homosexual: eran gentes del común los que acabaron con la mili, y los que durante años entraban y salían con una diana en la cabeza y otra en los bajos del coche mientras enterraban a sus amigos”.

Por decirlo, si cabe, más claro, resulta inaceptable e indignante cierto matonismo político muy al uso que desprecia cuanto encuentra y pretende erigirse en el adánico inventor de la modernidad radical, pensando que el suelo político que pisa es un milagro de la divina providencia y no el resultado del esfuerzo titánico de las generaciones precedentes. Por lo demás, se equivocan absolutamente quienes piensan que la arrolladora juventud de los partidos emergentes les concede alguna cuota adicional en su capacidad de convicción o en su derecho de participación política. La efebocracia –el término es de Mitterrand- ha impresionado a algunos países del Sur, pero las grandes democracias son intergeneracionales, la experiencia es en ellas un mérito, y la edad cuenta poco en la evaluación que la sociedad hace de sus personajes públicos.

Por concluir, quienes ahora hablan de cambio político como si descubrieran la luz en un mundo de tinieblas han de saber que la ruptura democrática ya la hicieron otros antes que ellos. De ahí la facilidad con que ellos pueden ahora disfrutar derechos que no existían hace poco y libertades que ha habido que conquistar con lágrimas de dolor y no de teatralizada emoción que nadie termina de creerse.

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