Política

El declive catalán del PP y del PSC-PSOE

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Iceta

A partir de las elecciones generales de 2015, el bipartidismo imperfecto del que hemos disfrutado desde el arranque del régimen con los mismos o parecidos actores parece haber pasado a la historia. PP y PSOE han tenido que compartir sus respectivos espacios políticos con formaciones nuevas, Ciudadanos y Podemos, que han complicado enormemente el abanico de partidos y que han conseguido emerger a pesar de los efectos estabilizadores de la ley d’Hondt, que, de acuerdo con las conocidas teorías de Duverger, favorece el bipartidismo al castigar electoralmente a las opciones secundarias.

Ciudadanos, surgida en Cataluña por reacción a los abusos del nacionalismo, ha encontrado finalmente eco en toda España y ha clarificado su posición ideológica al renunciar recientemente a la etiqueta socialdemócrata para abrazar exclusivamente la liberal. Con anterioridad, y como todo el mundo sabe, su líder, Albert Rivera, y el líder socialista, Pedro Sánchez, acordaron un programa de gobierno que no prosperó porque Podemos –conviene recordarlo para que nadie se llame a engaño— prefirió no darle viabilidad frente a la continuidad de Rajoy.

Podemos, por su parte, nació como formación transversal (Errejón), pero pronto Pablo Iglesias escoró al partido hacia la extrema izquierda, lo alió con los comunistas siguiendo los consejos de Anguita y, tras cargarlo de ambigüedad territorial, lo ha situado en una situación marginal que deja casi todo el terreno de la izquierda a disposición del PSOE.

Estas mudanzas recientes, que afectaron severamente a los dos grandes partidos tradicionales, parecían estar remitiendo cuando las elecciones catalanas del 21D han caído como una bomba en las dos organizaciones, PP y PSOE. En el PSOE, el fracaso de Iceta es grave pero reparable; en cambio, el hundimiento del PP, por mucho que se quiera atribuir a la polarización y al voto útil, evidencia un desgaste superior al previsto. Un partido de Estado no puede ser marginal en la región más potente del Estado, que representa la quinta parte de su PIB.

El PP ha restado importancia a lo ocurrido, ha insistido en el efecto del voto útil estimulado con inteligencia por la candidata de C’s, Arrimadas, y ha decidido internamente dedicar 2018 a preparar minuciosamente las elecciones autonómicas del año que viene, designando ya a los candidatos e impulsándoles a situarse en campaña para asegurar un buen resultado, que sea preámbulo de las generales que previsiblemente tendrá lugar en 2020.

Todo indica que este análisis se ha quedado corto. Es cierto que en Cataluña la polarización ha beneficiado a las formaciones explícitamente nacionalistas y antinacionalistas, pero ello por sí solo no explica el paso del PP al Grupo Mixto del Parlament. Los electores han detectado algunos elementos que el PP debería revisar: la falta de ideas y propuestas en Cataluña, que ha dejado la iniciativa del ‘procés’ sin respuestas oportunas y poderosas, después de muchos años de ignorar la auténtica realidad de lo catalán desde el Estado; una respuesta todavía tibia a la corrupción; su incapacidad para entender el concepto de modernización, que hoy es clave en esta anquilosada y viejuna España.

En realidad, el PP no se ha percatado de que el sistema que alumbraron meritoriamente PP y PSOE está decrépito en varios de sus contenidos esenciales, por lo que necesita una actualización inteligente que le insufle nueva vitalidad, lo cargue de nuevas ilusiones y suscite ante la ciudadanía la sugestión de nuevas y más potentes adhesiones. El PP representa un continuismo pasivo, que se vuelve a basar en el turismo y en el ladrillo; que no ha explorado como prometió los territorios de excelencia de un cambio de modelo de crecimiento, basado en una formación más exigente, en un gran consenso educativo, en un refinamiento de los servicios públicos… Y, en lo político, en una reconstrucción del sistema de organización territorial, con la mirada puesta en cercanos modelos de éxito como el alemán.

De poco valdrá que nuevos líderes populares, bien adiestrados, recorran los púlpitos para una campaña electoral sin precedentes si el mensaje no encaja con las expectativas de una mayoría cada vez más amplia de españoles.

El PSC-PSOE, la insignificancia del centro

Han asegurado algunos analistas políticos que la propuesta inconcreta de indultar algún día a los responsables del golpe de mano catalán que resulten condenados –no puede haber indulto sin previa condena— le restó al candidato del PSC, Miquel Iceta, considerable número de votos el pasado 21D. Quien firma estas líneas había manifestado en un programa de televisión poco antes de la declaración de Iceta, aunque lógicamente fuera del ámbito mitinero de la campaña, unas ideas muy parecidas, sin que se produjera revuelo alguno porque la tesis parecía poco controvertible: en el horizonte, la normalización de Cataluña requerirá el indulto de quienes hayan vulnerado el estado de derecho en su intentona separatista, siempre que –el añadido cauteloso era necesario— no hayan cometido violencia contra las personas. Y es que difícilmente podría ser de otra manera: después de una convulsión como la que hemos experimentado, y que todavía no ha remitido, la generosidad ha de ser uno de los principales ingredientes que deben cerrar el desentendimiento.

El PSC fue el segundo partido, detrás de CiU, en todas las elecciones autonómicas celebradas en Cataluña entre 1980 y 2010, con la particularidad de que en 1999 y 2003, con Maragall al mando, fue el primero en votos y el segundo en escaños. Asimismo, fue el primero en las elecciones generales en todas las elecciones desde la de 1979 –con Joan Raventós al frente— y 2008 –con Carme Chacón—.  La crisis del PSC arranca, pues, en el entorno de 2010-2011, es decir, con el proceso soberanista. Todavía en 2012, con Pere Navarro al frente, el PSC fue segundo en votos en las autonómicas, aunque con un escaño menos que ERC; y la débacle se ha producido en las autonómicas de 2015 y 2017, cuando Iceta ha obtenido 16 y 17 escaños respectivamente, los peores resultados históricos.

La llamada soberanista que se produce cuando CiU sustituye su posicionamiento autonomista por el independentismo da lugar a una gran operación intelectual y mediática de marketing. Partidos y organizaciones sociales emprenden una dura campaña basada en a).-España estaría maltratando sistemáticamente a Cataluña (España nos roba); b).-Ante estas agresiones, Cataluña debe “recuperar” la independencia, y c).-Si lo hace, Cataluña alcanzará una prosperidad inmensa ya que dejará de financiar al resto del Estado español, pobre y pedigüeño, y ello le permitirá ser uno de los miembros punteros de la Unión Europea, a la altura de Dinamarca u Holanda.

Este planteamiento, bombardeado a toda la población con creciente intensidad, ha conseguido cristalizar un sector de independentistas que parece estabilizado en los dos millones electores, (insuficiente para que su aspiración merezca siquiera atención internacional), y, sobre todo, introducir una fuerte polarización en la sociedad catalana, que no ha producido enfrentamientos violentos por la madurez de este país pero que sí ha generado una gran fractura afectiva. En consecuencia, todos los partidos se han alineado en un lado o en otro… Salvo el PSC, que, con su proverbial cordura, ha pretendido seguir ocupando la zona identitaria intermedia que en otro tiempo era la mayoritaria pero que hoy está completamente deshabitada.

El PSC, en teoría, debía haberse desmarcado completamente del independentismo (de hecho, ya han marchado los independentistas del PSC, en lo que ha sido una lenta y cruel sangría), manteniendo el catalanismo político, que está entrañado en la propia personalidad española de Cataluña. Pero no ha sido capaz de hacerse entender. 51 ayuntamientos gobernados por el PSC se inscribieron en la Asociación de Municipios por la Independencia, las alcaldesas de Santa Coloma y de L’Hospitalet, en el ‘cinturón rojo’ de Barcelona, se opusieron al respaldo del PSOE al 155. La polarización ha sido tan intensa que los electores independentistas que votaban históricamente al PSC no lo han hecho esta vez. Y los no soberanistas tampoco han visto clara su oposición al independentismo. Iceta ha quedado en tierra de nadie.

Cuando se normalice la situación, si se normaliza, el binomio soberanismo-españolismo volverá a dar paso a la más potente dicotomía derecha-izquierda. Entonces, el PSC podrá reconstruirse completamente. Pero hasta esa hora, no tendrá más remedio que pelear por mantener su espacio político, que, más pronto que tarde volverá a estar lleno de progresistas de buena voluntad.

Antonio Papell
Director de Analytiks

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