En PortadaPolítica

El destino incierto de Podemos

0
Pablo Iglesias, secretario general de Podemos, durante el primer congrso de Vistalegre
Pablo Iglesias

Este domingo se celebra en el auditorio Paco de Lucía de Alcorcón la Cuarta Asamblea de Ciudadanos de Podemos —proceso congresual que se denominará por inercia Vistalegre IV— en la que, tras el resonante abandono de Pablo Iglesias, serán elegidos el nuevo secretario general y los miembros del Consejo de Coordinación, algo así como la ejecutiva de la organización política. Se trataría de una reunión rutinaria si no se diera una circunstancia excepcional: el fundador de Podemos a partir del movimiento del 15M, Pablo Iglesias, un líder controvertido pero con evidente tirón popular para bien y para mal, cuyo ímpetu, vehiculado a través de las nuevas TICs, consiguió por primera vez romper el bipartidismo imperfecto y edificar un nuevo partido, primero transversal, después vinculado a Izquierda Unida, ha dejado la política y ya no concurrirá a cargo alguno. No se producirá, pues, un simple relevo, sino un gran salto en el vacío sobre el acantilado sin que se llegue a vislumbrar aún la otra orilla.

En condiciones normales, un cambio de liderazgo no debería ser ni extraordinario ni peligroso para un partido político consolidado y en marcha. Pero estamos ante un caso excepcional, en que el papel desempeñado por Iglesias, junto a un grupo de jóvenes universitarios a cuyo frente estuvo, ha sido hasta cierto punto carismático. La de Podemos fue la primera experiencia fundacional exitosa de un nuevo partido desde los años ochenta (ni siquiera una personalidad potente como la de Adolfo Suárez logró consolidar una organización significante) y bien podría decirse que sin Iglesias no hubiera habido Podemos. De forma que es perfectamente legítima la duda de que Podemos pueda sobrevivir sin Iglesias.

Es perfectamente legítima la duda de que Podemos pueda sobrevivir sin Iglesias.

La duda no es abstracta: ante las recientes elecciones madrileñas del 4 de mayo, Unidas Podemos quedaba fuera de la Asamblea en las encuestas dado que no alcanzaba el preceptivo 5% de los votos. Fue entonces cuando Iglesias aprovechó la circunstancia para una carambola a varias bandas: dimitió de la vicepresidencia del Gobierno, donde no estaba cómodo, y encabezó la lista por Madrid, que permitió a su partido mantenerse en la cámara autonómica. Sólo elevó el listón anterior tres escaños (hasta 10 asientos, con el 7,21% de los votos), y dio la razón a quienes temían que UP, arrollada por Más Madrid de Errejón, desapareciese de uno de los centros de poder más importantes del país.

Podemos, que asomó la cabeza por primera vez en las elecciones europeas de 2014 con cinco escaños en el Europarlamento y que obtuvo una representación sorprendente en las elecciones generales de 2015 (69 diputados), nació con pretensiones de “tocar el cielo con las manos” y de erigirse en mayoría de gobierno, designio que evidentemente no logró. La cima de su recorrido la consiguió después de las segundas elecciones de 2019, cuando, estando ya en claro retroceso (la coalición Unidas Podemos obtuvo 35 escaños en noviembre, siete menos que en abril de aquel año, 36 menos que en 1976), formó una coalición de gobierno con el PSOE que lo llevó al poder. A lo máximo que pudieron aspirar Iglesias y demás conmilitones. El pacto de coalición, que reservaba a Pablo Iglesias la segunda vicepresidencia del Gobierno y entregaba a Unidas Podemos otras cuatro carteras, fue fecundo para la organización, pero ya resultó imparable desde entonces el declive de Podemos, que sufrió un grave retroceso territorial que se fue agravando en sucesivas elecciones regionales, hasta el extremo de que el propio Iglesias tuvo que ponerse al frente de UP en las madrileñas. Aquella salida abrupta de Iglesias de la vicepresidencia fue el preámbulo de una retirada total de la política que de momento está siendo real y efectiva: Iglesias es consciente de que se ha abrasado en estos años combativos y difíciles en que ha sido la bestia negra de los sectores conservadores y centristas y ha convulsionado el sistema político español.

Aquella salida abrupta de Iglesias de la vicepresidencia fue el preámbulo de una retirada total de la política que de momento está siendo real y efectiva

La estancia de Iglesias en la primera línea política ha registrado una constante evolución. Aunque nunca realizó propuestas verdaderamente revolucionarias ni se desmarcó del sistema democrático vigente, criticó con dureza “el régimen del 78” que a su juicio había sido demasiado benévolo y tolerante con los vestigios del régimen anterior, y en los primeros tiempos, cuando aún mantenía lazos intelectuales con la izquierda latinoamericana, mostraba rasgos que atemorizaban a la gente bienpensante —hablaba de un banco público, de una eléctrica pública— y sugería reformas que excedían a todas luces los modestos límites de nuestro marco constitucional… Pero poco a poco fue ingresando en los cánones de la ortodoxia, y el pacto con el PSOE puede inscribirse por completo en el escalafón burgués de la socialdemocracia. Es obvio que este aterrizaje en la realidad, del que desertaron muchos de sus correligionarios más belicosos, acabó alojándolo en el nicho ya prefabricado de Izquierda Unida, cuya clientela nunca había sobrepasado antes los 21 escaños que consiguió Anguita en 1996.

Iglesias ya no estará presente en Vistalegre IV (no se descarta alguna comparecencia testimonial por videoconferencia) pero todavía se palpará su huella ya que ha señalado a sus epígonos. Ione Belarra, quien ha ingresado en el Ejecutivo de Sánchez como ministra de Asuntos Sociales y Agenda 2030 tras la salida de Iglesias (y la ocupación por Yolanda Díaz de la tercera vicepresidencia sin desprenderse de la cartera de Trabajo), ha sido señalada como candidata a la secretaría general de Podemos, al parecer con notable aceptación de la militancia. Mientras Yolanda Díaz sería, de respetarse el legado del fundador, la candidata a la presidencia del Gobierno en las próximas generales. Es un clásico modelo de bicefalia en que la dirección del partido y la principal candidatura electoral son distintas.

Aunque cuaje la fórmula, el recorrido no será fácil. Yolanda Díaz no es de Podemos, aunque sí de Unidas Podemos como miembro del PCE. Y sus relaciones con Podemos no han sido fáciles ya que Díaz piensa que la formación de Iglesias es demasiado ‘vertical’, es decir, falta de auténtica democracia interna. Además, está por ver el arrastre de Ione Belarra y su equipo, al que no se han incorporado ninguno de los históricos que han ido alejándose del tronco de Podemos, ni mucho menos Errejón, que ha obtenido un resultado magnífico en Madrid y a buen seguro intentará crecer en el Estado al frente de Más País, con un mensaje más verde, más transversal y más pragmático que el que transmite UP.

En definitiva, de lo que se trata es de comprobar a medio plazo si es viable Podemos sin Pablo Iglesias, quien ya tuvo que subirse al carro madrileño para evitar la extinción de sus siglas en la comunidad que hoy controla la popular Ayuso. El tiempo dará y quitará razones, pero parece que somos muchos los escépticos que creemos que la marcha de Iglesias, ciertamente quemado por una vertiginosa aventura política muy controvertible, puede suponer el declive irreversible y rápido de su decadente formación, que quedaría reducida a los límites de una Izquierda Unida funcional y casposa, sin el atractivo ni la capacidad de tracción de un líder corrosivo y dispuesto a ser la conciencia crítica del establishment.

 

Antonio Papell
Director de Analytiks

Pujol cree que el conflicto tiene solución

Entrada anterior

También te puede interesar

Comentarios

Los comentarios están cerrados.

Más en En Portada