Política

El mejor presidente de la democracia

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Presidente Suárez
Adolfo Suárez.

Dice Pablo Iglesias que Zapatero ha sido el mejor presidente de la democracia española, una opinión que seguramente no encontrará gran consenso, ni entre la clase política ni en la opinión pública general.

Hace unos días, este modesto periodista tuvo ocasión de charlar con un gran servidor del Estado, que conoció de cerca a todos los presidentes –y no solo esto– también llevó a cabo, con éxito y acierto, misiones de alto riesgo, fundamentales para la seguridad del país desde el puesto de alta responsabilidad que desempeñó durante largos años. Un conocedor de secretos de Estado, lo que le acredita para que su punto de vista sea de gran valor. Esta cercanía de nuestro interlocutor a quien ha tenido la máxima responsabilidad del gobierno, especialmente en momentos límite y de especial gravedad, avala aún más si cabe la opinión que nos ilustra.

Adolfo Suárez

La respuesta espontánea de nuestro interlocutor fue rápida: el mejor presidente fue Adolfo Suárez, aunque tras el primer impulso, la argumentación fue haciéndose más reflexiva y meditada, para acabar alabando la labor de todos los presidentes por las cosas buenas que hicieron y queriendo olvidar las no tan buenas.

De Suárez habló con pasión, por su fuerza y arrojo. Aun hoy -explica este viejo servidor del Estado- la capacidad para el acuerdo y el entendimiento del joven presidente que cambió el país en un tiempo récord sigue agrandando el recuerdo de unos años de vértigo en los que, frente a dificultades casi insuperables como la involución ultra enloquecida, el terrorismo salvaje o la crisis económica mundial, la Transición fue posible Gracias a aquel líder inicialmente adscrito al régimen anterior,  que sorprendió a todos y supo poner rumbo decidido hacia la democracia como el gran piloto en el que nadie había creído a su llegada y que maravilló al mundo.

Fue el que más objetivos alcanzó en menos tiempo y, lo que es más importante, sus logros fueron los verdaderamente trascendentes, los que aún perduran, como la Constitución.

Adolfo Suárez fue el presidente del consenso y la concordia, el valor del centro que se mantuvo sin tirarse al suelo cuando Tejero entró pistola en mano en el Congreso de los Diputados. Aquel joven presidente se convirtió en un líder visionario que había dibujado en una servilleta de papel los pasos que harían posible la democracia cuando nadie se atrevía a pronunciar esta palabra sabiendo lo que era y, menos aún, lo que significaba.

Aquel 23 de febrero, en el cuarto de banderas del Congreso, Suárez y Tejero mantienen un diálogo tenso. El presidente exige al golpista conocer quién está detrás. El teniente coronel de la Guardia Civil apunta con su pistola a Suárez y le dice que se calle, pero éste eleva el tono “soy el presidente y le ordeno que deponga su actitud e informe de quién está detrás”. La escena es dantesca, Tejero sigue armado, mientras Suárez utiliza su fuerza mental. El presidente vuelve a insistir y, en la cuarta ocasión, Terejo acaba reconociendo que Milans del Bosch da las órdenes. Suárez no solo es valiente, tuerce la voluntad de Tejero como mejor prueba de grandeza.

Sí, el momento crítico de Adolfo fue el 23F, pero no el único; atravesó muchas etapas al borde del precipicio, como la matanza de Atocha, los repetidos atentados de ETA, el secuestro de Oriol y Villaescusa. Demasiado intenso, excesivo. Su conversación con los capitanes generales para explicar la legalización del Partido Comunista, previa al sábado santo rojo. Todo muy fuerte, hasta llegar a la traición de sus propios compañeros en la UCD. Ascenso y caída de un ídolo.

La dimisión y la llegada de Felipe González, el presidente que más años ha estado al frente del Gobierno

Tuvo la gallardía de dimitir y volvió con el CDS sin utilizar electoralmente sus éxitos, prueba de que era un caballero castellano de los que ya no quedan.

Felipe González fue el presidente que más años se mantuvo al frente del ejecutivo, gobernando con puño de hierro y guante también de hierro, con repetidas mayorías absolutas, llevando a cabo un proceso de modernización de la economía que transformó la sociedad profundamente, aunque el prolongado gobierno monocolor de sucesivas mayorías absolutas alentó, además de la corrupción, una politización hasta el límite de las estructuras esenciales del Estado, como la justicia o la administración.

Tal vez Isidoro, el nombre de la clandestinidad de Felipe, fue quien mejor entendió las peculiaridades del pueblo español, lo que Albert Boadella caricaturizó en su adaptación del “retablo de las maravilllas”, a través de un personaje con acento andaluz -Felipe en estado puro- que afirmaba “a la gente le encanta que la engañen”.

González tuvo que meter en cintura a los militares que aún añoraban el régimen de Franco y hasta tuvo que desmontar alguna intentona de golpe, que se desvaneció definitivamente con la entrada en las comunidades europeas. Aquel verbo florido y fácil, a medio camino entre andaluz y tecnócrata, aquellos “por consiguiente”. Tuvo sus momentos críticos, como la valentía para afrontar la reconversión industrial, con ruido de cacerolas a las puertas de la Moncloa y, sobre todo, aquella genialidad para convocar un referéndum -como había prometido cuando estaba en la oposición- para mantenerse en la organización militar, aun cuando su compromiso había sido celebrarlo para salir. Cosas de Felipe, hay que reconocerle habilidad.

La llegada de Aznar y Zapatero

Aznar llegó con su “váyase, señor González” para hacer lo que parecía imposible: que la derecha llegara al poder, rompiendo el famoso ‘techo de Fraga’ que, en la mitad de los 90, parecía insuperable. Encontró las cuentas al borde la quiebra, a pesar lo que cual, logró relanzar la economía para llegar a tiempo de entrar en el euro.

La llegada de Rodríguez Zapatero se produjo en plena conmoción por el atentado más grave de la historia de España y la pésima gestión del gobierno anterior para explicar sus causas, cuando Aznar quiso que su partido utilizara el 11-M para ganar las elecciones. Se equivocó y ocurrió justo lo contrario. Considerado un ‘bamby’, simpático y hasta infantil, Zapatero mostró su lado radical con proyectos que parecen haber inspirado al líder de Podemos. Al final de su mandato no supo o no quiso ver los efectos devastadores de la crisis económica que provocaron, en una sola noche, la llamada a Madrid de los líderes de las principales potencias del mundo para recomendar medidas inmediatas ante la gravedad de la situación. Como dijo Rajoy ‘oiga, hasta el chino’ tuvo que llamar a Zapatero.

A ZP se le fue la mano o, mejor dicho, la lengua cuando dijo, allá por 2003, aquello de “apoyaré la reforma del Estatuto que apruebe el Parlamento catalán” y que acabó dando alas al independentismo. “Es verdad que no fue muy afortunada. Intenté rectificar”, aseguró el expresidente tiempo después.

El turno de Rajoy

Rajoy encontró la caja peor que Aznar y, aun con la prima de riesgo desbocada, logró evitar con resistencia numantina lo que en la Unión Europea llamaban rescate que, en realidad, suponía un ajuste de caballo del que aún no habríamos salido. Si hubiera que valorarle por las cosas hechas, no destacaría en exceso, ya que él mismo afirma a menudo que, muchas veces, lo mejor es no hacer nada.

Rajoy a Iglesias: “Usted puede levantar el puño todo lo que quiera, hombre, siempre que no sea obligatorio…”

Este tímido y gran desconocido ha sido seguramente el mejor parlamentario de todos los presidentes y de todos los portavoces en el Congreso y nos ha dejado frases para la historia, como cuando al ver a Pablo Iglesias en el hemiciclo de la Carrera de San Jerónimo, puño en alto, le espetó: “Usted puede levantar el puño todo lo que quiera, hombre, siempre que no sea obligatorio…”.

Calvo-Sotelo y Sánchez

Leopoldo Calvo-Sotelo es siempre el gran olvidado, tal vez porque estuvo poco tiempo o quizás porque su única iniciativa fuera meternos a toda prisa en la OTAN, lo que acabó provocando que su sucesor convocara el referéndum para quedarse olvidando aquel slogan “de entrada, no”.

El actual inquilino de la Moncloa no entra en el análisis personal de nuestro “garganta profunda”, ya que, aun siendo el presidente actual, todavía no ha ganado unas elecciones que le hayan permitido gobernar y aprobar unos presupuestos propios.

En definitiva…

A la hora de establecer una clasificación por categorías fundamentales, Suárez destaca al imponerse al resto en logros de gran calado como la Constitución y capacidad para el acuerdo, mientras comparte con González el liderazgo en reformas económicas y sociales o en la esfera internacional. área en la que también Aznar destacó junto a Calvo-Sotelo.

Este gran servidor del Estado con quien hablamos nos cuenta algunos secretos que no se pueden desvelar, tal vez por increíbles y porque aún es pronto para hacerlo, pero avalan su opinión sobre los presidentes de la democracia. Todos fueron buenos e hicieron bien su trabajo, especialmente Adolfo Suárez, un presidente irrepetible.

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