Política

El miedo a la otredad

0
El miedo a la otredad 1

Una parte de los intelectuales participa de la idea de que los occidentales vivimos, sin saberlo del todo, en un mundo próspero y virtuoso, en el que disfrutamos de un nivel de vida sin precedentes gracias a una evolución rapidísima de la tecnología en poco más de un siglo, a un incremento espectacular de la esperanza de vida —cada vez son más quienes se aproximan a la centena en condiciones de salud aceptables— y una estabilidad democrática grande que infunde seguridad, ya que el invento de la Unión Europea ha aplacado los fantasmas de la rivalidad nacionalista en Europa. Es cierto que este mundo opulento, teóricamente feliz, no podrá recrearse en sí mismo en tanto no ayude con decisión a desarrollar el inframundo que todavía acoge a una mayoría de ciudadanos del planeta, pero en nuestros países ricos no deberíamos sentir miedo, ni zozobra, ni angustia por la supervivencia: funciona la seguridad, permanecen los estados de bienestar, disfrutamos de servicios públicos que nos aseguran la salud y hasta la compañía…

Hay quienes aseguran que este balance indudablemente positivo que se fabrica con promedios y se refleja en las estadísticas oculta maliciosamente un incremento peligroso de la desigualdad, una pujanza destructiva de los desequilibrios sociales, y seguramente así es ya que se percibe una proletarización de las clases medias y una concentración de la riqueza en un número cada vez menor de potentados.

Esto es así, y habrá que examinarlo con cautela ya que esta inequidad podría ser el germen de una decepción global que pusiera en riesgo el modelo liberal que, como explicó Fukuyama en memorable ocasión, no tiene ya opciones alternativas reales, salvo los brotes populistas a veces masivos pero siempre vacuos ideológicamente. Pero hay sobre todo un elemento que nos incomoda y nos espanta, que nos hiere y nos impide disfrutar de una bonanza que, más que acumulación de bienes, es ya una serie creciente de ‘derechos de acceso’ (la economía circular) que proporciona una mejor redistribución del bienestar que en el pasado. Ese elemento sobrecogedor que nos desatenta es el miedo al otro, el temor al diferente. La constatación de la “otredad”, de la presencia de alguien diferente de nosotros, de un ser humano que siente, padece, piensa, ama y se comporta de otra manera distinta de la nuestra, nos intoxica y nos llena de temores.

Los escenarios de conflicto están muy a la vista: los países del este de Europa, que se han incorporado recientemente a la comunidad occidental, que han dado un salto económico espectacular en poco tiempo y que deberían disfrutar de las libertades recién sobrevenidas, que prosperan material e intelectualmente a gran velocidad, están ensimismados, temerosos de que una presión migratoria sobrevenida desde entornos culturales diferentes enturbie su identidad, amenace sus rutinas, interfiera en sus inercias y en sus ritos sociales ancestrales.

En Alemania, este fenómeno es especialmente inquietante, aunque hay otros países de Europa también contaminados. En 2015, Merkel, en un alarde de grandeza que no debemos olvidar, permitió la entrada en el país de 890.000 refugiados —son cifras oficiales—, particularmente de Siria, Irak y Afganistán, personas que huían de dramáticos conflictos y que salvaron así la vida. Hoy, en un magnífico ejemplo de generosidad que la redime de su pasado, Alemania acoge a algo más de 12 millones de extranjeros, el 14,7% de los cerca de 83 millones de habitantes del país. Y la reacción del populismo xenófobo está siendo brutal. La ultraderechista Afd ha superado ya el 12% de los votos y cada vez son más fuertes las organizaciones neonazis. En Italia, el populismo está en el poder gracias al miedo de la sociedad italiana a una inmigración sin control. Y en España, el problema, liviano toda vía, asoma con inquietante turgencia.

En definitiva, en unas sociedades opulentas como las nuestras, la estabilidad creativa no peligra por la falta de acogida del sistema a los ciudadanos autóctonos (existen recursos y capacidades para hacerlo sin demasiadas perturbaciones) sino por ese miedo atávico y completamente irreal al que llega de fuera, supuestamente a cambiarnos la vida y apoderarse de lo nuestro. Estamos poniendo en riesgo los grandes y acogedores valores democráticos para impedir que se instalen junto a nosotros personas con las que el diálogo cultural y político es más difícil, y con las que el mestizaje requeriría un esfuerzo singular. Pero con las que es posible establecer, a poco que nos esforcemos, una magnífica relación.

El conflicto catalán, que se ha enquistado, tiene de hecho un origen muy semejante: el nacionalista actúa reactivamente contra lo que entiende como un intento de asimilación que el otro practica contra su cultura. Y en ese altar cargado de simbólico miedo hay que sacrificar la ética, la historia, la convivencia, la razón y la prosperidad. El clan se impone a la especie. La horda al esplendor de las civilizaciones complejas. El fecundo mestizaje cede ante la castradora y cómoda consanguinidad. No deberíamos seguir por ese camino.

 

analytiks

Coradia iLint, el primer tren de hidrógeno, en servicio comercial

Entrada anterior

El fraude de la economía colaborativa

Siguiente entrada

También te puede interesar

Comentarios

Dejar un comentario:

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Más en Política