Política

“El nacionalismo es hambre de poder atemperada por el autoengaño”

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“El nacionalismo es hambre de poder atemperada por el autoengaño” 1

Decía Ernest Cassirer que el hombre es básicamente un animal simbólico, que no puede evitar sustraer ciertas esferas de la realidad al dominio de la racionalidad. Mientras que la ciencia o la técnica discurren por las sendas marcadas por las exigencias del raciocinio, la política, actividad cuyo fin es el más excelso de todos según decía Aristóteles, se encuentra presa de formas de pensamiento mítico en muchas ocasiones.

Lamentablemente, la política se vincula en estos casos a juicios que exceden los cauces del pensamiento discursivo para adentrarse en las profundidades de las emociones más primarias. Una forma de pensamiento mítico por antonomasia es la exaltación de la tribu, de la colectividad por encima del individuo y sus derechos.  Un ejemplo de esto lo encontramos en el nacionalismo; la hipostatización de los sentimientos de pertenencia a una colectividad en la idea de una nación que se entiende antropomórficamente. En el sentido de una realidad que siente y vive al margen de los individuos que la componen.

Esta forma prelógica de discurrir en política ha dado lugar al nacionalismo, una ideología tan peligrosa como atractiva. Responsable de guerras mundiales, catástrofes humanitarias sin parangón y sufrimientos indecibles para la especie humana.

Si algo fue la izquierda desde sus inicios fue precisamente anti-nacionalista. La trilogía revolucionaria de la igualdad, fraternidad y la libertad desconoce de fronteras, pasaportes, himnos y banderas. La solidaridad obrera es transnacional o no es tal cosa. La segunda internacional tuvo al imperialismo, hijo bastardo donde los haya del nacionalismo, como uno de sus antagonistas más destacados. La Yugoslavia de Tito surgió como una especie de bálsamo de fierabrás destinada a encapsular las tendencias más repulsivas del atavismo nacionalista.  Frente a esta tendencia clásica hacia el internacionalismo de la izquierda, el fascismo se caracterizó, precisamente, por lo contrario; la exaltación del mito de la nación hasta el punto de defender la eliminación física de aquellos que se opusieran al desenvolvimiento triunfal de la propia nación en la historia.

En pleno siglo XXI el nacionalismo, como otras ideologías totalitarias, debería estar desterrado de la praxis política y destinado a ser recordatorio permanente de los peligros de absolutizar las emociones en hipostatizaciones colectivas, tan destructoras como estériles. Nada produce más estupor que comprobar como el nacionalismo sigue gozando de muy buena salud. Ya sea en la Alemania actual, donde la AfD recuerda los peores fantasmas de la exaltación romántica del Geist alemán, ya sea en la América profunda que entona el mantra trumpiano del make america great again o en la otrora multicultural y cosmopolita Barcelona, donde gentes, que se dicen progresistas, entonan algo tan reaccionario como Els Segadors, exaltación de las bondades de la guerra civil entre catalanes.

Las justificaciones que se aducen para “rehabilitar” el esperpento nacionalista son de lo más variadas.  Algunas ciertamente pueriles como “el fenómeno de la inmigración descontrolada”, “los derechos preteridos de los americanos por parte de las oligarquías corruptas de Washington” o “El memorial de agravios colectivos que se remonta hasta la alta Edad Media”. Otros pseudo argumentos son más sofisticados, pero no por ello dejan de ser meros sofismas, como son ciertas alusiones a “derechos democráticos colectivos conculcados en el vacío” y que no se corresponden más que a una visión fantasmagórica de la realidad propia del mito político nacionalista. La línea que separa la resistencia civil de la exaltación mitopoética nacionalista no es siempre fácil de fijar. Ciertas simbologías reaccionarias, utilización propagandística de los medios de comunicación afines, manipulación espúrea de la infancia, unanimidades imposibles de alcanzar en sociedades democráticas que se caracterizan por el pluralismo ideológico o simples asociaciones conceptuales que suponen contradicciones flagrantes o puros anacronismos (vincular a Marx con María Padilla o Wilfredo el Velloso) son algunos de los indicios que apuntan hacia un desvarío nacionalista.

Los procesos de autodeterminación colectivos para ser verdaderamente democráticos y tener un sentido progresista deben garantizar los derechos de las minorías, prever mecanismos garantistas para su ejercicio y perseguir finalidades de progreso, totalmente alejadas de revanchismos sombríos y reivindicaciones de corte etnicista.

La deriva “derridiana” del nacionalismo catalán capaz de estar dentro y fuera de una legalidad, que supuestamente no reconocen ya, es otro signo más de que aquí no hay rupturas democráticas en juego, simplemente estrategias de negociación con el gobierno central que buscan una posición de fuerza con la que imponer la mayor cantidad de sus tesis. Es una política “cuántica” en estado puro. Con Puigdemont y sus acólitos no hay mejor manera de ejemplificar esa decoherencia cuántica de la que hablara Schrödinger que con este simulacro de secesión berlanguiano en el que estamos instalados. Conllevar el problema catalán, que decía Ortega, debe implicar contemplar estupefactos una teatralización de los miedos atávicos de la burguesía catalana, incapaz de trascender el rol victimista en la que vive anclada ad eternum, un tanto como les ocurre a los adinerados protagonistas de El Ańgel Exterminador del genial Luis Buñuel, presos también de una identidad, artificialmente construida, que les mantiene retenidos en una habitación, donde no hay nadie más que ellos mismos y sus miedos.

Jack Miur
Siempre atento a la innovación, la ingeniería y El Progreso

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