Política

El nuevo PSOE. La incompatibilidad con Podemos

1
El nuevo PSOE. La incompatibilidad con Podemos 1

Apoyado en la rotunda victoria en las ‘primarias’, pese a la potente campaña en contra del aparato socialista y de la cadena mediática que antaño estuvo ideológicamente en el progresismo, Pedro Sánchez se ha consolidado al frente del partido con el 70 % del voto de los compromisarios (en las primarias obtuvo el 50 %), estrenando un nuevo modelo más centralizado que ya no se basa en la presencia en la ejecutiva de los barones territoriales, que integra a Patxi López y que deja fuera del núcleo duro a Susana Díaz y el sector que más agresivamente la arropó durante el proceso precongresual.

Debe haber acertado Sánchez en la reorientación del partido porque la portavocía mediática de sus adversarios tituló su editorial de acuse de recibo en estos términos: “Decepcionante PSOE”. Y, de hecho, se le critican con rotundidad los que a la mayoría de seguidores/militantes le parecen principales aciertos: la redefinición socialdemócrata del partido, después de divagaciones desconcertantes para el electorado de izquierdas como la reforma del artículo 135 de la Constitución; la explícita intención de recuperar el voto de los desertores que fueron a nutrir las filas de Podemos tras el 15M; y la voluntad de resolver el conflicto catalán mediante una negociación abierta en el Congreso de los Diputados seguida, si se llega a un acuerdo viable, de una reforma medida de la Constitución que avance en la dirección federal y racionalice definitivamente el Estado de las Autonomías. En este último asunto, y para evitar equívocos, Sánchez ha repetido incesantemente que no respaldará en ningún caso un referéndum de autodeterminación y que cree en una única e indivisible soberanía nacional.

La recuperación del aliento socialdemócrata, en un marco limitado por las reglas del juego de Bruselas y en un ambiente que se caracteriza por el naufragio del socialismo francés y la recuperación del laborismo británico, es de momento una declaración de intenciones, que habrá que desarrollar en el sentido de una mayor equidad: la recuperación de la crisis económica está siendo muy desequilibrada, puesto que no se ha revertido la devaluación salarial y existen sectores todavía postergados absolutamente. De momento, el cuestionamiento del CETA, que ya había sido rechazado por sectores potentes del socialismo europeo, es un primer indicio del cambio, que habría sin embargo que explicar para que no parezca una decisión seguidista de Podemos.

Más enjundia a corto plazo tiene el llamamiento expreso de Sánchez a quienes, a raíz del 15M, fueron a engrosar las filas del populismo, convencidos de que los partidos tradicionales ya no les representaban porque ni habían gestionado correctamente el país ni se habían preocupado realmente por el gran drama creciente suscitado por la crisis. Los jóvenes, sin posibilidades de presente ni de futuro, fueron los principales desertores de unas formaciones incapaces de asegurarles una instalación en la sociedad y en la vida. El reconocimiento del error y la ulterior rectificación es la condición sine qua non que debe cumplir el PSOE para volver a ser el portavoz del hemisferio progresista. Una rectificación que no pasa, evidentemente, por aceptar las utopías del populismo demagógico ni por aliarse con él, sino por rectificar el discurso y seducir con argumentos y fundamentos a los desencantados.

En el tercer asunto, el abordaje del conflicto catalán, la crítica infame que se le hace a Sánchez es que entra en contradicción al defender al mismo tiempo la plurinacionalidad y la soberanía única de al nación española.  Esa supuesta contradicción, que la Constitución plasmó inteligentemente en su artículo 2 al conciliar literalmente la “indisoluble unidad de la Nación española” con la existencia en su seno de “nacionalidades” y regiones, es la que ha de resolver el problema, conciliando la peculiaridad ‘nacional’ de Cataluña y sus aspiraciones de autogobierno con la preservación del Estado. El pleno reconocimiento de Cataluña como nación histórica, étnica y cultural y en su encaje en un modelo federal ‘a la alemana’ podría ser la solución al trágico diferendo, que, abandonado a su suerte, puede terminar en estallido.

En definitiva, el “nuevo/viejo” PSOE redefine un espacio cuya compacidad reequilibra un sistema democrático afectado por el desvanecimiento de una izquierda democrática que ha de ser, como siempre, el contrapeso de un régimen creativamente bipolar, aunque no necesariamente (por ahora) bipartidista.

La incompatibilidad con Podemos

El sociólogo Enrique Gil Calvo ha explicado en un conciso artículo la incompatibilidad entre Podemos y el PSOE, entre el populismo y la socialdemocracia. A juicio del profesor, tres son las claves: en primer lugar, aunque las dos opciones tratan de seducir  a parecidas clientelas [clase media urbana (funcionarios y profesionales asalariados), clase obrera (trabajadores de cuello azul) y clase popular (empleados de servicios temporales y precarios)], los socialdemócratas tratan de articularlas, cohesionarlas y estructurarlas apelando a sus intereses comunes, en tanto el populismo (Laclau)  lo hace apelando a sus aversiones y rechazos comunes: necesita fabricar un ‘enemigo del pueblo’.

En segundo lugar, hay diferencias de modelo de sociedad: mientras la socialdemocracia aspira al pluralismo universal incluyente, el populismo aspira a construir la hegemonía (Gramsci) entendida como homogeneidad cultural, “y de ahí su propensión a las purgas y las limpiezas excluyentes”.

En tercer lugar, y por último, difieren en la táctica de lucha por el poder: la cultura socialdemócrata se basa en la búsqueda de compromisos de suma positiva por consenso mutuo, mientras que la razón populista tiende a exacerbar el conflicto antagónico. ”

Estas tres incompatibilidades teóricas se reducen en la práctica en dos graves inconvenientes que, como ya se ha comprobado en la práctica tras las elecciones de 2015, hacen imposible reproducir aquí el mantra de la “unidad de la izquierda”. Por una parte, entre Podemos y el PSOE existe una radical discrepancia originaria: el PSOE se siente coautor de la legitimidad constitucional del régimen, a la que no está dispuesto a renunciar; Podemos, en cambio, aunque acata formalmente la legalidad vigente, no se siente vinculado ni intelectual ni históricamente al modelo surgido de la Transición.

Por otra parte, el vínculo establecido por Iglesias con Izquierda Unida, con el Partido Comunista, con el viejo leninismo anguitista, dificulta todavía más la conjunción. El viejo odio del marxismo leninismo a la socialdemocracia, ‘ala izquierda del fascismo’ en la clásica terminología revolucionaria de la Tercera Internacional, hace impensable una cooperación leal.

Antonio Papell
Director de Analytiks

¿Hay hueco para otro partido de derechas? Sobre la nueva propuesta ultra: Avanza

Entrada anterior

Así mejorarán las condiciones de los autónomos españoles

Siguiente entrada

También te puede interesar

Comentarios

Dejar un comentario:

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Más en Política