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El PSOE y la gobernabilidad

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El PSOE y la gobernabilidad 1

La fractura del PSOE en dos alas, una radical y otra moderada, ha sido una constante histórica desde los orígenes del partido a finales del siglo XIX. Es anecdótico el hecho de que incluso el tipógrafo ferrolano Pablo Iglesias fue expulsado durante un periodo de tiempo en 1882, junto a unos compañeros de la Federación Madrileña, del partido que acababa de fundar en 1879, por unos artículos de prensa.

Como es bien conocido, durante las convulsas décadas de los 20 y los 30 del pasado siglo, el moderado Indalecio Prieto y el radical Francisco Largo Caballero pugnaron varias veces en asuntos decisivos para el devenir español. Cuando la dictadura de Primo de Rivera, Largo formalizó la colaboración con el Directorio y Prieto, que se oponía a secundar aquella extraña aventura monárquica, llegó a dimitir de su cargo en el Comité Nacional.

Cuando la huelga general revolucionaria de 1934, que atentaba contra los fundamentos de la República, pugnaron ambas facciones, que llegaron a celebrar un referéndum multitudinario en que ganaron los largocaballeristas, de modo que el PSOE se adhirió a la fallida huelga general, que acabó en un baño de sangre tras la intervención del ejército de la República comandado por el general Franco.

Y en mayo de 1936, cuando el golpe de Estado que acabaría dramáticamente con la Segunda República flotaba ya en el ambiente, Azaña, presidente de la República, ofreció a Prieto el cargo de primer ministro, que rechazó por imposición del sector mayoritario de Largo Caballero. Cuatro meses después, éste logró la jefatura del gobierno con apoyo del Frente Popular contra la opinión de los prietistas. En mayo de 1937, Juan Negrín, moderado y prietista, dividió de nuevo a los socialistas al encabezar un Gobierno de la República apoyado por el Partido Comunista, desplazando a Francisco Largo Caballero. Finalmente, ya en marzo de 1939, Julián Besteiro apoyó al coronel Casado al frente del Consejo de Defensa de Madrid, que abogaba por la rendición y que acabo enfrentado al gobierno del socialista Juan Negrín.

Todo ello aconteció con una particularidad que ha de reseñarse: pese a los graves enfrentamientos entre facciones, no hubo escisiones, salvo en una ocasión relativamente reciente: en las postrimerías de la dictadura, los escasos efectivos del PSOE y la UGT que habían comenzado a organizarse en el interior de España tras la larga travesía del desierto del franquismo (en que el único activismo real fue el del PCE) no veían realista la estrategia del PSOE del exilio y decidieron enfrentarse a la dirección encabezada por Rodolfo Llopis, afincado en Francia.

El enfrentamiento no tuvo solución pacífica y provocó la escisión de 1972, con dos Partidos Socialistas que se reclamaron herederos del de Pablo Iglesias. Los congresos de la UGT de 1971 y del PSOE (Suresnes) de 1974 impusieron las tesis del interior y la Internacional Socialista acabó reconociendo en enero de 1974 la legitimidad del XII Congreso del PSOE, y por tanto dando el espaldarazo al PSOE “renovado” de Felipe González, Nicolás Redondo, Alfonso Guerra… Durante más de cuatro años convivieron sin embargo en la escena del socialismo español el PSOE y llamado PSOE (H) –la H de Histórico–, que llegó a presentarse con sus siglas a distintos procesos electorales.

En todos los demás casos, la solución de los conflictos internos del PSOE fue democrática y relativamente pacífica; los perdedores acataron la hegemonía y la voluntad de los ganadores.

En la etapa democrática, el PSOE, que ha desempeñado el poder en dos dilatados periodos y ha sido el resto del tiempo principal partido de la oposición, resolvió sin sangre el conflicto suscitado por el abandono del marxismo –González dimitió de la secretaría general en el XXVII Congreso de 1979 al no aceptarse sus tesis, pero fue repuesto meses después en un congreso extraordinario– y desde entonces se ha mantenido cohesionado, si bien con corrientes y diferencias internas bien evidentes. Durante gran parte de la etapa de liderazgo de Felipe González, tuvo enfrente a su colaborador, amigo y vicepresidente del gobierno durante varios años, Alfonso Guerra, representante del ala más izquierdista del partido, el guerrismo, en tanto González, aliado con la beautiful people, confraternizaba más fácilmente con las fuerzas sociales y financieras conservadoras. Pero nunca hubo ruptura traumática.

El cambio de sistema representativo provoca una grave crisis en el PSOE

Ahora, tras el brusco cambio del sistema representativo en este país, con la aparición de una nueva formación populista de izquierdas aliada de la vieja izquierda marxista superviviente, aquella vieja fractura entre moderados y radicales ha vuelto a asomar con fuerza por las ventanas de Ferraz.

Una vez que el PSOE ha tenido que compartir a la fuerza el espacio de babor del espectro político y se ha visto incapaz de ser él solo protagonista de la alternancia, de turnarse pacíficamente con el PP al frente de la gobernación del Estado, se han desarrollado las dos sensibilidades que hasta ahora habían permanecido amortiguadas: una parte de los socialistas está por mantener el establishment, por colaborar pacíficamente con la derecha en la gestión del capitalismo –imprimiendo, naturalmente, todos los elementos progresistas posibles–, en tanto la otra parte es más partidaria de la aventura de pactar con la nueva izquierda, para formar una opción alternativa que dispute el poder a los conservadores.

Esta segunda opción está llena de riesgos; primero, porque Podemos es un partido en formación que maneja conceptos antisistema que no son coherentes con la línea medular del PSOE actual, que ha contribuido a la génesis y al desarrollo del régimen; y, segundo, porque la socialdemocracia europea va más bien por el otro camino, por el de la cooperación con la derecha cuando es menester: el paradigma es la gran coalición alemana entre la CDU/CSU y el SPD.

El dilema no tiene fácil solución, entre otras razones por la volatilidad de Podemos (que no ofrece un asidero ideológico sólido todavía) y sería absurdo reducirlo a la persona de Pedro Sánchez, que manifiestamente se inclinaba por una fórmula de gobierno alternativa, con Podemos e incluso con los nacionalistas catalanes, con tal de no pactar con el Partido Popular (para comprender bien este proceso, hay que tener en cuenta que el rechazo visceral de un sector del PSOE a pactar con el PP no era tanto por “odio a la derecha”, como han asegurado algunas fuentes, cuanto por la grave corrupción que ha aquejado a la formación conservadora, sin que, según algunos opinantes, se hubieran exigido las necesarias responsabilidades políticas, capaces de amortizar tales errores y de lavar la cara al Partido Popular).

El problema de esta fractura es que afecta seriamente a la gobernabilidad del Estado ya que en tanto persistan el forcejeo y la indefinición, el PSOE no será un actor sólido, capaz de pactar y de comprometerse en un proyecto de futuro. Como es conocido, el partido está actualmente en manos de una gestora, teledirigida por Susana Díaz, que ha asumido el papel de lideresa en la sombra desde la defenestración de Sánchez el primero de octubre. Lógicamente, esta gestora, que tiene una capacidad de maniobra limitada, deberá convocar un congreso más pronto que tarde, tras un periodo de reflexión y maduración –el sector de Sánchez pretende que sea en tres meses en tanto la mayoría quiere dilatar más la espera–, pero nada asegura que en el gran cónclave socialista se llegue a un consenso: perdurarán, probablemente, las dos líneas ideológicas y estratégicas, incompatibles entre sí.

Este proceso de inestabilidad, que durará tiempo y que podría no concluir con la celebración de un congreso y la elección un líder, será seguramente una rémora para el desarrollo normal del sistema político general, que ya es pluripartidista y en el que son indispensables los pactos. Y este PSOE en estado de esquizofrenia difícilmente se decantará a un lado o a otro de forma definitiva. Y su absentismo, como acaba de verse, provocará previsiblemente nuevos bloqueos. De momento, y si no cunde el sentido común, podría producirse el bloqueo de los Presupuestos Generales del Estado si la gestora socialista no entiende que su abstención en la investidura obliga al partido a ser coherente a posteriori con sus propias decisiones.

Antonio Papell
Director de Analytiks

Ford Performance ha presentado al Nuevo Mustang GT4 de Competición en el Salón SEMA 2016

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