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El sainete de los pronunciamientos

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Pronunciamiento ejército

Este infausto 2020, en que este país ha visto cómo el destino nos deparaba una gravísima jugarreta imprevisible que nos ha abatido física, económica y moralmente, nos ha deparado también unas raciones de nuestro ancestral cainismo, aunque en su versión sainetera y ridícula, como de cuplé demediado y pueblerino.

Karl Marx, cuyas utopías han periclitado pero que sigue vivo en el terreno de la historia y la filosofía, escribió en El dieciocho brumario de Luis Bonaparte esta inquietante afirmación: “Los hombres hacen su propia historia, pero no la realizan arbitrariamente, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo circunstancias directamente dadas y heredadas del pasado. La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”. Por cierto, Marx dejó también escrito que la historia nunca se repite, sino que se caricaturiza.

Los militares jubilados (no todos ellos, obviamente: solo el sector nostálgico que nunca se adaptó a la evolución profunda de este país después de 1975) acaban de dibujar, dramáticamente, la caricatura brutal de la guerra civil. En esta parodia de antaño, una legión de sables oxidados, enmohecidos, incapaces de suscitar temor a alguno y en manos de vejestorios sin fuerza ni coraje suficientes, ha irrumpido simbólicamente contra un gobierno “socialcomunista”  —solo un auténtico loco sería incapaz de distinguir el Frente Popular de los años treinta del pasado siglo, de la inofensiva coalición PSOE-UP, que mantiene resignadamente los trasnochados acuerdos con la Santa Sede, forma gustosamente parte de la UE y de la OTAN, está a punto de ampliar sus acuerdos militares con los Estados Unidos, es un modelo de democracia parlamentaria bien equilibrada (pese a sus defectos) y merece la total confianza de la comunidad internacional—.

Es trágico comprobar que quienes perdieron la guerra civil no se han reconciliado con los herederos de quienes la ganaron y monopolizaron un régimen autoritario durante casi 40 años

Pero los militares que han evocado con nostalgia pasadas rebeliones no iban del todo desencaminados. Oyeron campanas y no resistieron la tentación de responder al tañido de la historia. Porque el clima que hemos vivido desde la entronización de este gobierno a comienzos de año ha sido sencillamente detestable, tras la reintroducción en el Parlamento de la descalificación personal, del dicterio descarnado, de las acusaciones de falta de legitimidad, de las apelaciones nada confusas a la destrucción del otro… Todo en metáfora y sin violencia, pero con un parangón evidente con historias no tan antiguas de este país. Nunca fue más cierto que “la tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”. La sombra de la guerra civil planea de nuevo, sin que ello signifique, ni mucho menos, que vaya a reproducirse.  Entre otras razones, porque el Ejército actual está formado por ciudadanos plenamente conscientes de su responsabilidad democrática. Pero es trágico comprobar —se ha visto al exhumar los restos del “Caudillo”— que, se diga lo que se diga en la tribuna, quienes perdieron la guerra civil no se han reconciliado con los herederos de quienes la ganaron y monopolizaron un régimen autoritario durante casi 40 años.

Las leyes de Memoria Histórica, tan legítimas a la hora de cerrar un drama como el vivido, no han clausurado el pasado, sino que lo han reabierto. Y hoy ese pasado asoma esquelético ante nuestros ojos, ridiculizado, escuálido y sin un ápice de grandeza. La pelea fallida de la familia Franco por quedarse con los muebles del Pazo de Meirás resume perfectamente la cutrez inenarrable del contencioso. El apasionado fervor contemporáneo del presidente de Galicia por recuperar “para el pueblo” la mansión expoliada trata de ocultar la inequívoca alineación de Feijoó con la familia Franco hasta poco menos que ayer mismo.

La realidad es que la parodia que nos toca vivir es inmerecida para una sociedad que se ha portado con ejemplar civismo todos estos años, tutelada por una clase política que no siempre ha estado a la altura. La situación acaba de ser descrita por Miquel Roca en ‘La Vanguardia’: “Sin consenso, sin diálogo, sin respeto a la diferencia, ‘las dos Españas’ cabalgan de nuevo”. Probablemente el diagnóstico sea exagerado, precisamente porque en este panorama lamentable hay más de tragicomedia que de vida real. Pero estaría bien que los partidos que se consideran parte del consenso constitucional, que coinciden con el ámbito central de la política europea, que se manifiestan intelectualmente vinculados al conjunto de valores occidentales, hicieran un ejercicio de contención y detuvieran esta regresión inocultable para volver a los cánones de la tolerancia y del respeto que caracterizaron los tiempos más fecundos del régimen. No se puede construir una sociedad cultivada y razonable recurriendo al grito, al exabrupto y, en ocasiones, a la exhibición del odio.

Las cuarteladas de jueguete

Las tres cartas redactadas por militares en la reserva, es decir, jubilados, dirigidas al Rey, al presidente del Gobierno y, lógicamente, a la opinión pública, varían en el tono, pero en el fondo conducen al mismo despeñadero. Las dos primeras, publicadas por 39 mandos de la XIX Promoción del Aire (10 de noviembre), por 73 de la XXIII Promoción de la Academia de Zaragoza (el 25 de noviembre), y el último manifiesto con centenares de adhesiones, entre ellas la del antiguo general Juan Chicharro que preside la Fundación Francisco Franco —que puede ser declarada ilegal por la nueva normativa de la Memoria Histórica— critican con dureza al Gobierno y las políticas gubernamentales, al tiempo que manifiestan su adhesión inquebrantable al Rey y se ponen a sus órdenes.

En esta contraposición radica lo inaceptable de sus alegatos y de su posición, y es donde los juristas minuciosos podrían encontrar alguna transgresión de la legalidad, ya que como es lógico la libertad de expresión no ampara llamadas al desacato o a la rebelión.

En efecto, los militares que dejan de serlo recuperan las libertades constitucionales a las que habían renunciado en tanto formaban parte del estamento militar, la administración pública que gestiona la fuerza del Estado y que está claramente ubicada en un lugar concreto del marco constitucional. Pueden, pues, opinar particular o colectivamente del gobierno, de sus políticas, e incluso inscribirse en partidos políticos en pos de una participación activa o pasiva en los asuntos públicos… Pero ello no les autoriza a manipular la figura del Jefe del Estado al ponerse a su disposición.

A disposición del Rey, ¿para qué? El Rey ejerce “el mando supremo de las Fuerzas Armadas” (art. 62 C.E [h]), pero “los actos del Rey serán refrendados por el Presidente del Gobierno y, en su caso, por los Ministros competentes” (art. 64.1). E incluso, “al Rey corresponde, previa autorización de las Cortes Generales, declarar la guerra y hacer la paz” (art. 63.3). Quiere decirse que el Rey es la cumbre de un engranaje en el que no disfruta de autonomía alguna, al contrario de lo que sucedía en el franquismo con el jefe del Estado. Pero no son las Leyes Fundamentales del Reino las que nos cobijan sino la Constitución del 78, de forma que la adulación al Rey es al mismo tiempo una invitación a que se salga del marco constitucional y asuma ilegítimamente un poder absoluto que por fuerza tendría que estar asentado sobre las bayonetas para resultar convincente.

El rey Felipe VI monarquía

En otras palabras, la invocación que se le hace al Rey y la abominación de las instituciones, con el Gobierno al frente, no es más que la manifestación de una actitud golpista, que se parece mucho a la pretensión de ejercer ese “derecho de supervisión” sobre el proceso político que se arrogan las milicias de las repúblicas bananeras, incapaces de ver que su papel es abominable cuando no proviene realmente del pueblo, de sus instituciones, de sus reglas universales establecidas en una constitución democrática.

Lo grave del caso es que estos individuos que portaron uniforme han sido los profesores de los militares actuales, por lo que a los ciudadanos nos es lícita la preocupación por las convicciones de nuestros soldados en activo. El domingo, Xosé Fortes, ilustre militar encarcelado por pertenecer a la UMD cuando era capitán de infantería en 1975, recordaba que la estatua de Franco no fue retirada del lugar más preeminente de la Academia General Militar de Zaragoza hasta 2006. No es muy reconfortante la anécdota a la hora de valorar el estado real de nuestras milicias, a las que, por supuesto, hay que otorgar la plena presunción de democráticas y constitucionales.

De cualquier modo, los jubilados vocingleros ya le han hecho un gran favor a este país: hemos incurrido, una vez más, en el ridículo más estrepitoso en Europa, en Occidente, en la OTAN, en la comunidad internacional. El tópico de un país indómito, incivilizado, sanguinario, revoltoso, incapaz de convivir vuelve a relumbrar en los sables oxidados de nuestros viejos militarotes inciviles, herederos de los derrotados en las guerras de África y sin embargo capaces de desangrar al país en la gran querella del 36.

Antonio Papell
Director de Analytiks

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