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Europa federal. España federal

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socialdemocracia en Europa

Si la crisis de 2008-2014, financiera y de deuda, estuvo  punto de representar el final de la Unión Europea por las muy lesivas terapias que impuso a los ciudadanos, la crisis de la covid-19 puede llegar a ser el punto de inflexión que convierta la decadencia en resurgimiento, troque la desafección en adhesión y ponga los cimientos de una integración capaz de erigir una verdadera potencia federal, capaz de competir en plano de igualdad con Estados Unidos y China, dando lugar a una globalización multipolar basada en tres grandes actores.

Por su importancia, debería enfatizarse que el fondo de recuperación recién aprobado por unanimidad de la Unión Europea tiene un espectacular efecto a corto plazo, ya que minimizará los efectos de la gran recesión en que ya estamos inmersos, pero sobre todo representa un salto cualitativo de la propia UE, que ha pasado de ser una estructura confederal en casi todos los aspectos políticos importantes —aunque existe ya un acopio relevante de soberanía compartida que se plasma en un acervo comunitario amplísimo que rige numerosísimos aspectos de nuestra vida—  a un proyecto de federación en que rigen criterios de solidaridad y redistribución fiscal, y en que por tanto se puede plantear, y de hecho se plantea, la mutualización de la deuda en casos extraordinarios y críticos. Como ha escrito Xavier Vidal-Folch, con el nuevo fondo “Europa acelera su transformación federal. Con la inmensa cuantía del paquete de recuperación (casi duplica el presupuesto), el grueso dispensado en subsidios (que generan derechos) y su financiación mediante eurobonos (de riesgo mancomunado en el merado) el salto cualitativo es categórico”.

La construcción de la Unión Europea se produjo, como es bien conocido, para establecer un antídoto eficaz que aplacase y terminase desactivando la pugna secular entre los nacionalismos europeos, que en el siglo pasado protagonizaron las dos guerras más brutales de la historia de la humanidad. Después de la segunda guerra mundial, tomó cuerpo la idea, que tuvo muchos padres, de que para evitar futuros enfrentamiento había que establecer vínculos entre las grandes potencias, mediante instituciones que facilitaran la cooperación y no la confrontación. Hubo básicamente dos corrientes en pugna: las de los federalistas y los funcionalistas, representados respectivamente por Altiero Spinelli (partidario de una unión política) y Jean Monnet (partidario de una unión económica que diera lugar con el tiempo a la unión política). Rubio Llorente escribió sobre el particular que aquel debate concluyó con los Tratados de París y Roma y el triunfo de las tesis de Monnet, a quien, en palabras de Spinelli, corresponde por eso el mérito de haber puesto en marcha la unificación de Europa y la culpa de haberlo hecho por un camino equivocado”. Los términos de la disyuntiva son todavía los actuales: Federación o Comunidad; Estado Federal o Unión de Estados.

Es bien conocido que el germen de la actual UE fue la Comunidad Europea del Carbón y del Acero o CECA, que pretendía comunitarizar la industria bélica. La CECA fue promovida desde 1950 por los franceses Robert Schuman, entonces ministro de Relaciones Exteriores de Francia, con la célebre declaración que realizó el 9 de mayo de 1950 (Día de Europa), y Jean Monnet, negociador designado por el gobierno francés y más tarde primer presidente de la Alta Autoridad de la CECA, que se institucionalizó mediante el Tratado de París de 1951 entre Francia, Alemania Occidental, Italia, Bélgica, Luxemburgo y los Países Bajos. Posteriormente se crearían las demás comunidades, dando lugar a la CEE y la CEEA, cuya unión se pactó en 1957 mediante el Tratado de Roma.​

Pues bien: podría decirse a estas alturas que el proyecto de Jean Monnet ha tenido éxito, setenta años después de su puesta en marcha, y que Altiero Spinelli se revolverá de satisfacción en su tumba al comprobar que finalmente la unión política cuasi federal es ya un hecho, que ha llegado después de inefables rodeos, de múltiples crisis y hasta de una ruptura dramática, el desgajamiento del Reino Unido. Porque otro de los avances que caracterizan la nueva etapa, el viraje federal, es el fin de la unanimidad, que los estados frugales querían imponer en el control del plan de recuperación y no lo han conseguido. Habrá, qué duda cabe, fiscalización estricta porque la absurda teoría de que ‘el dinero no es de nadie’ no se tiene en pie: el dinero público ha de ser cuidadosamente gestionado y sus administradores deben rendir cuentas estrictas, pero será el control democrático que se estila en nuestros regímenes, con mayorías cualificadas y sin posibilidad de veto.

Qué duda cabe de que para que la UE sea una potencia federal —y corre prisa que lo sea porque la orilla trasatlántica de Occidente se desmorona— hace falta que la soberanía se concentre en el Parlamento Europeo. Pero eso requiere un tránsito lento que los lazos crecientes entre los 27 y la confianza que se genere por esta vía irán facilitando a lo largo del tiempo.

Federalismo español

Si la Unión Europea ha emprendido un proceso de integración federal, la covid-19 también está presionando en favor de la evolución de nuestro estado de las autonomías, que es un intento relativamente fallido de descentralizar el Estado sin utilizar los criterios ya conocidos de federalismo —la verdad es que el concepto no tenía muy buena prensa en nuestro país cuando tuvo lugar la Transición—, aunque sí se introdujeron elementos característicos —el Senado, por ejemplo— que, al no integrarse en la lógica federal, han quedado desdibujados y disfuncionales.

Hay un ejemplo muy reciente que demuestra esta disfuncionalidad: la pasada semana, el BOE oficializaba la distribución de los primeros 6.000 millones del fondo de 16.000 que el Gobierno ha creado para atender los primeros gastos sanitarios derivados de la pandemia (Cataluña ya avisó desde el primer momento que consideraba escasa la cuantía, que había de ser de al menos 25.000 millones), y de inmediato ha estallado un gran coro de protestas desafinadas.

Estos 6.000 millones íntegramente destinados a sanidad (hay otros 3.000 millones para sanidad que serán repartidos en noviembre, 2.000 para educación y 5.000 para paliar la pérdida de ingresos tributarios y en el transporte) han sido repartidos con arreglo a cuatro baremos: el 35 por ciento en proporción a la población protegida equivalente; el 30 por ciento en función de los ingresos en UCI; el 25 por ciento por el número de hospitalizaciones, y el 10 por ciento restante según el número de pruebas PCR realizadas.

Los criterios parecen objetivos, por lo que las protestas no tendrían demasiado sentido en apariencia. Sin embargo las ha habido y muy resonantes, tanto en las comunidades gobernadas por el PP como por el PSOE o nacionalistas. Resumiendo las opiniones publicadas en prensa, el reparto “deja mucho que desear” para el presidente castellano manchego; es “totalmente insuficiente y penaliza a Galicia” para la Xunta; el gobierno castellano leonés piensa que el reparto es “injusto” y el presidente de Murcia lo considera “absolutamente intolerable”.

La razón de este malestar es la falta de un sistema de reparto del poder basado en el principio de subsidiaridad, claramente establecido. Y la inexistencia de un modelo de doble representación, en el que la cámara baja representa a los ciudadanos y la cámara alta a los territorios. Está todo inventado, y bastaría con observar el modelo alemán para entender lo que quiere decirse y deducir las transformaciones que habría que hacer a nuestra Carta Magna para que la diversidad territorial quedara definitivamente encauzada, sin rivalidades absurdas.

Probablemente tengan razón quienes dicen que el concepto “federalismo” no suscita en España demasiado consenso. Tampoco lo tenía en 1978 el de “estado de las autonomías” que era entonces algo por construir a partir del Título VIII C.E. que es procesal porque dispone cómo se construye y no cómo funciona el modelo. Pues bien: ahórrense las palabras, no se utilicen nombres escurridizos ni polémicos, pero refórmese la descentralización con sentido común hasta volverla funcional. Porque la pandemia nos ha enseñado asimismo (para indignación de los más radicales separatistas, como Torra) que los modelos descentralizados son más útiles si están vinculados a un gestor en la cúspide que ejerza la coordinación de todos los recursos vinculados a la misma entidad soberana.

 

Iberia Navidad
Antonio Papell
Director de Analytiks

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