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Europa: la última oportunidad de supervivencia

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Europa: la última oportunidad de supervivencia 1

Francia, el país díscolo, escéptico y realista que rechazó en referéndum la farragosa Constitución Europea en mayo de 2005 con casi un 55 % de votos en contra, ha tomado ahora –todo el mundo lo sabe- una decisión trascendental: cuando el Tratado de Roma ha cumplido 50 años y la UE acaba de salir de la más grave crisis económica de su historia que ha dejado importantísimas secuelas, ha apostado por la supervivencia de la idea de integración europea, frente a los cantos de sirena que proponían una ruptura con el pasado y la apuesta por nuevos caminos populistas.

Lo ha hecho a regañadientes y por escaso margen, unos meses después de que los británicos, en un rapto de alocada irritación, hubieran tomado el camino contrario. Y poco más tarde de que la gran decepción de los norteamericanos ante las disfunciones sociales generadas por la globalización brindara una estremecedora oportunidad a un histrión misógino y vociferante, a quien parece como mínimo una imprudencia hacerle depositario del botón nuclear.

Siempre es un acto de osadía tratar de interpretar el sentido profundo del voto de un país, pero no parece demasiado aventurado deducir de la victoria del joven Emmanuel Macron una especie de última concesión de la sesuda y debilitada clase media francesa a la ortodoxia demoliberal europeísta antes de romper definitivamente la baraja como han hecho los británicos y los norteamericanos.

Las reclamaciones heterodoxas eran potentes: el Frente Nacional de Le Pen invocaba los esplendorosos tiempos pasados, la Francia todavía no ‘contaminada’ por la masiva inmigración norteafricana, un país autosuficiente y desafectado de la servidumbre que impone la globalización. En el otro lado, los insumisos de Mélenchon lanzaban los mensajes que aquí emitió Podemos, suscitados por una juventud profundamente airada, sin expectativas ni horizontes. Y en el otro extremo, los ultraderechistas de Le Pen proponían otro modelo duro de introspección, basado en el cierre de fronteras y en la recuperación parafascista de la identidad cultual y racial. En definitiva, más del 45% de los electores del país vecino están ya convencidos de que el marco convencional de nuestro viejo continente está acabado.

Esta evidencia sume a Macron en una clara situación de condicionalidad: su mandato no es incondicional sino que está supeditado a los resultados que obtenga ya que no ha recibido un voto de confianza ilimitada. Su aceptación o no dependerá de que a).-consiga modernizar su propio país, anquilosado, con un sector público del 57% del PIB que lastra la productividad hasta extremos alarmantes; y b).-logre convencer a Alemania e impulsar de su mano el viraje de la Unión Europea en su conjunto, imponiendo un vector claramente federal y poniendo fin a la egoísta hegemonía germánica. Alemania, que ha sido sin duda un potente elemento estabilizador, no solo no ha aliviado los problemas de los países más afectados por la crisis, que han visto cómo se adelgazaba la clase media, sino que ha fortalecido su opulencia sin dar cabida a la preocupación social. El único dato a favor de Merkel en este sentido ha sido el tratamiento oportuno de la inmigración.

[pullquote]Europa debe ser un valor y no una rémora para los franceses[/pullquote]

Macron parece haber entendido el mensaje, y aunque de momento su posición es ambigua –su gobierno, aunque eminentemente conservador, contiene elementos socialistas, centristas, ecologistas, etc.-, es claramente consciente de que Europa debe ser un valor y no una rémora para los franceses y demás europeos de la Eurozona: pretende, como es conocido, dotar a la zona euro de una nueva figura, una especie de ministro de Economía y Finanzas que gestionaría un presupuesto de la moneda única, concebido con una triple misión: invertir en sectores de futuro, prestar ayuda financiera de urgencia y servir de barrera a las crisis económicas; para acceder a ese paraguas, los países deberían acatar determinadas reglas fiscales y sociales.

En el primer encuentro entre Merkel y Macron tras la victoria de este, la canciller ha respondido de momento con evasivas, aunque sin descartar las propuestas del francés. Alemania teme comprometerse con países que no realicen suficientes reformas (o que los países no hagan reformas porque cuenten con las ayudas que de todos modos recibirían) pero, además, hay elecciones generales en Alemania en septiembre, y los criterios de solidaridad, que al final siempre cuestan dinero a Berlín, no son precisamente populares entre los contribuyentes germanos. Habrá que esperar, pues, a que se celebren los comicios alemanes para avanzar por ese camino. No sin decir también con claridad que tampoco el SPD es un paladín de la solidaridad intraeuropea, ni siquiera del fortalecimiento del estado de bienestar alemán, después de los recortes que tuvo que llevar a cabo Schröder a comienzos de siglo.

La CE impulsa una agenda social

Ha pasado casi inadvertida la noticia de que la Comisión, estratégicamente situada entre las dos vueltas de las presidenciales francesas, dio a la luz un “Documento de Reflexión sobre la Dimensión Social de la UE”, que resucita la idea de dotar a la Unión de un “pilar social”, que sería sin duda muy útil para desactivar las protestas, en muchas ocasiones comprensibles y lógicas, de los populismos y de otros actores preocupados por la cuestión. La propia Comisión reconoce que diversas partes de la sociedad europea no saben si la UE es la solución o el origen de sus problemas (el asunto ha sido ampliamente tratado por Andrés Ortega en su blog del Real Instituto Elcano).

Uno de los cinco temas de este trabajo de la Comisión -explica Ortega- versa sobre una globalización “con reglas”, es decir, abierta pero controlada, “que va a cambiar mucho en los próximos años, y que ha de tomar en cuenta el problema de la desigualdad y promover un crecimiento inclusivo. La Comisión ha cambiado así, matizándolo aunque sin caer en el proteccionismo, su discurso sobre la globalización. Propone potenciar el Fondo Europeo de Ajuste a la Globalización (FEAG), creado en 2007, para ayudar a los trabajadores que pierden su empleo debido a la competencia global a encontrar otro. En diez años, ha aportado en cofinanciación 600 millones de euros, y ayudado a casi 140.000 trabajadores redundantes y 3.000 jóvenes “ni-nis” (ni trabajo, ni formación, ni prácticas). Hubiera sido, y será necesario, mucho más”.

[pullquote]La CE ha de tomar en cuenta el problema de la desigualdad[/pullquote]

De hecho, urge una respuesta al ‘Libro blanco’ de Junckers, redactado antes de que el Reino Unido optara por el brexit, en el que -continúa explicando Ortega- “la Comisión plantea tres escenarios entre los que habrá que elegir para ese pilar social: (1) limitar la ‘dimensión social’ a la libre circulación de trabajadores; (2) que los países que quieran hagan más entre ellos en este terreno; y (3) que los 27, es decir, ya sin el Reino Unido que se oponía al desarrollo de la Europa social, profundicen juntos esta dimensión. El análisis de los pros y los contras lleva a la tercera opción, la Europa social para todos, pues, entre otras ventajas, es la que permitiría obtener el mayor potencial del Mercado Único. Sin embargo, no todos están de acuerdo. Algunos hablan de limitar algunas ventajas a los países del euro. Otros incluso a unos pocos de ellos, por ejemplo, para poner en pie un seguro de desempleo común”.

“El nuevo presidente francés, el socioliberal Emanuel Macron -concluye Ortega-, parece decantarse por esta Europa social, aún por concretar, pero nada revolucionaria, aunque no parta de cero. Francia, de hecho, está experimentado un innovador sistema de “cuentas personales” de puntos para tal protección. La canciller alemana Angela Merkel no es una entusiasta de esta Europa social, que con la boca pequeña defiende su rival socialdemócrata Martin Schulz. La patronal ha hecho sonar las alarmas ante unas propuestas de la Comisión que para la izquierda se quedan muy cortas”.

Rajoy se sube al carro de Macron

Aprovechando la euforia del triunfo de Macron, Rajoy se ha subido al carro de una Europa más integrada económicamente, que nos proteja de las crisis –e incluso de los vaivenes-, que sea el anclaje de nuestro desarrollo, y que otorgue solvencia a la moneda única, que es un factor clarísimo de productividad. Hace apenas unos días, se filtraba un documento de Moncloa, ya presentado en Bruselas, en el que se exige avanzar hacia “un verdadero gobierno económico europeo”. Partiendo de la base de que el euro es “un proyecto inacabado”, habría que pasar a una segunda fase que fuera una unión fiscal en toda regla y que incluyese un presupuesto anticrisis –Macron dixit-, un seguro de desempleo común, los eurobonos y las medidas necesarias para culminar la unión bancaria, incluida la mutualización de riesgos. Naturalmente, sólo se podrían acoger a este marco los países que cumplieran unos estrictos criterios de convergencia, tanto fiscales como de comercio exterior. Conviene señalar la alergia que tiene Alemania a este último punto, ya que su superávit fiscal sobrepasa todos los límites marcados. El periodista Claudi Pérez ve así la situación: “Berlín, que disfruta de una situación de privilegio con el euro —pleno empleo, crecimiento, cuentas saneadas, tipos de interés negativos de su deuda y un superávit comercial mastodóntico que infringe las reglas europeas—, es reticente a todo lo que le obligue a rascarse el bolsillo. “No veo por qué hay que cambiar de políticas”, ha dicho la canciller Angela Merkel al hilo de las demandas de Macron”.

“España, en cambio -explica el referido corresponsal-, se alista entre quienes reclaman cambios profundos. El objetivo es activar una segunda fase del euro para que los socios compartan no solo la moneda común, sino también un presupuesto anticrisis, un seguro de paro, un Tesoro, eurobonos y una unión bancaria digna de ese nombre. Madrid quiere una política fiscal conjunta para el euro. Y apuesta incluso por redibujar el Pacto de Estabilidad, el mecanismo de control de las cuentas públicas, para evitar agravar las recesiones con duros recortes si se aplica la disciplina a rajatabla”.

El aviso de Stiglitz

Tras Reino Unido y Estados Unidos, Francia tenía que pronunciarse en el gran dilema entre reacción y modernidad, y felizmente ha optado por ese segundo camino, que nos augura la supervivencia de la Europa Unida y la irrupción de una corriente política que va a oponerse con cierta beligerancia a la antiglobalización.

Stiglitz, el premio Nobel de Columbia, nos advierte sin embargo de un riesgo evidente que no debemos obviar: las buenas noticias francesas no deberían llevarnos a pensar que la irritación de las clases medias que han impulsado el brexit y aupado a Trump era mentira, o que ha llegado a un máximo que no va a sobrepasar, o que la indignación ha remitido y todo vuelve a estar apaciblemente en orden. La victoria de Macron, abultada porque muchos de sus adversarios le han votado para evitar que el fascismo llegara al Elíseo, es un balón de oxígeno provisional y momentáneo, que se deshinchará rápidamente si el nuevo presidente francés no es capaz de rescatar a los desheredados, impulsar un viraje solidario en la Unión, mejorar el nivel de vida de sus ciudadanos y de los europeos en general y gestionar la globalización con más dulzura y sensibilidad para que sus efectos no vuelvan a ser demoledores. Macron debe actuar como si lo peor estuviera por venir, dispuesto a encabezar las reformas que salven lo esencial de esta democracia en dificultades.

Lo ha dicho el catedrático Anton Costas en un reciente y memorable artículo: “Sólo con un patriotismo europeo basado en un nuevo contrato social que ofrezca seguridad económica frente a los riesgos de la integración y las crisis será posible revivir el europeísmo y el liberalismo económico”.

Antonio Papell
Director de Analytiks

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