Política

Fanatismo o incultura

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Fanatismo o incultura 1

Un chaval de apenas 20 años tenía una importante misión el otro día, 1 de octubre, para ayudar a conseguir la independencia de Cataluña. Era el responsable de cerrar la puerta de su colegio electoral en las narices de los policías cuando estos quisieran acceder al centro para requisar las urnas que posibilitaron un referéndum ilegal. Hasta discutió con su madre, quien por teléfono le debió de decir algo así como “deja de hacer el tonto y vente para casa que encima te vas a llevar un par de palos”. Pero el chico se mantuvo firme e incluso intentó convencerme de que la consulta del pasado domingo era legal porque él estudiaba Derecho Constitucional y era capaz de elaborar una teoría que, para los magistrados del TC -que le llevan unos cuantos años de ventaja- no tiene sentido alguno. Y todo por un ideal que contraviene la legalidad a todos los niveles.

“En cuanto cierre la puerta me iré corriendo con los más jóvenes para tapar la entrada”, añadió el chaval, convencido de que se iba a poner delante de decenas de antidisturbios y no sé si muy consciente del dolor que produce un porrazo en el costado. Estaba determinado a seguir los designios del Gobierno catalán que, durante décadas pero mucho más intensamente en los últimos años, ha sido capaz de sumar adeptos a una causa que, curiosamente, pretende conseguir por cauces ilegales la independencia. Para empezar, contraviene el Derecho Internacional, que no incluye a Cataluña dentro de la definición de pueblo oprimido con opción a la autodeterminación, mayormente porque no se trata de una colonia española ni ha sufrido la opresión del Estado. Además, al celebrar un referéndum no permitido, Puigdemont y su equipo pasaron por encima de la Constitución. Y para rematar, el “Govern” también se saltó la ley que elaboró de forma expresa para regir el referéndum. Aun así, según sus datos -poco fiables, cuando menos- dos millones de personas salieron a participar, el domingo, en un evento ilegal.

Quiero pensar que esto se debe a la incultura de quien no sabe de leyes, porque el capítulo del fanatismo -que viene a continuación- me parece aún más peligroso, puesto que es capaz de convencer a padres para que lleven a sus hijos a primera línea de desalojo o incluso a este chaval, un joven con formación universitaria, para ponerse delante de decenas de antidisturbios mientras Puigdemont, el líder de la causa, se esconde de la Policía y cambia a última hora el lugar donde tiene que votar para evitar la visita de la ley. Eso sí, mientras tanto que otros se partan la cara por el “procés”, al que dan la espalda La Caixa y el Sabadell, dos ejes vertebradores de Cataluña que ya han puesto pies en polvorosa de su tierra. Y mientras tanto, allí se persigue al guardia civil para trabajar; igual que se insulta al periodista que, cuando cumple con su obligación, tiene que escuchar eso de “prensa española manipuladora” por parte de unos cuantos fanáticos que no se preguntan qué hay detrás de una causa por la que se parten la cara.

P.D: Al chaval que tenía que cerrar la puerta de su colegio no le pasó nada porque, al final y pese a la permisividad de los Mossos, la Policía Nacional no apareció por allí.

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