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Feliz Día del Periodista infeliz

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Esta semana se ha celebrado el Día del Periodista y no hay peor manera de conmemorar esta fecha que cuando ya ha pasado. Llego tarde a la cita, como llegué tarde a desencantarme con esta profesión. No sé si he huido del periodismo o ha sido él quien me ha desterrado. Comencé a enamorarme de este oficio cuando ni siquiera sabía leer. Mi madre se extrañaba de que a su melenudo hijo le encantase el olor de ese papel. Crecí, pasaron los años y yo seguía queriendo ser periodista, pero no leía más allá de la prensa deportiva. Quizá iba para presidente del Gobierno, y, sin embargo, aquí me hallo.

Ya en la universidad nos dijeron que, si tan vocacional era lo nuestro, que cómo es que no habíamos leído un periódico en nuestras miserables vidas. Nos miramos avergonzados, como si nos hubiesen pillado robando en el supermercado. Aún recuerdo aquel bofetón de realidad que nos soltó el profesor, cuyo nombre no mancillaré en estas líneas. ¿Y si yo no quería ser periodista en realidad? ¿Debí escuchar a toda esa gente que me dijo ‘chaval, búscate algo serio, con más salidas laborales’?

Continué mis estudios, hice prácticas generosamente poco remuneradas en varios medios (y sí, también pasé por la piedra de trabajar gratis a cambio de ‘experiencia’) y, de repente, otro bofetón: el del mercado laboral. Cuando eres becario te tratan como uno más, pero tus jefes saben que hay ciertas cosas que no pueden hacer contigo y, sobre todo, temen una inspección de trabajo, así que intentan tenerte entre algodones: que cumplas tus horas y que te dé tiempo a ir a la uni, donde ni por asomo te enseñan lo que luego aprendes en los medios. Pero todo esto se acaba cuando firmas tu primer contrato.

Después del periodo trabajando como becario llega el ansiado trofeo. Tres cifras en nómina para que, por lo menos, tus padres dejen de darte la paga. Cuando estampé mi rúbrica en aquel papel –en ese momento no lo sabía–, firmas las cadenas que te unen a la redacción hasta que a la realidad le da la gana soltarte. Si tu horario dice que entras a las ocho de la mañana y te tienes que ir a las cinco de la tarde, que no te pille un acontecimiento importante a las cuatro porque no te vas a tu casa hasta que el sol se pone. El periodista no tiene horarios, el periodista no puede tener vida, el periodista tiene que malcomer delante de una pantalla del ordenador, el periodista tiene que estar al pie del cañón –cómo odio esta frase– siempre que la actualidad lo requiera, el periodista no puede quejarse por esto ni cobrar por las horas extra, el periodista que se vaya a su hora tendrá que convivir con las miradas altivas de sus compañeros.

Quizá yo me creé una imagen del periodismo en mi mente que no corresponde con la realidad. Quizá yo pensaba que informar, con más o menos arte, a la gente de lo que sucede en el mundo era algo que se podía hacer compaginándolo con tu vida diaria. Nadie te habla de los periodistas que secuestran ni de los que mueren. Nadie te dice que tienes que luchar por ser el primero en sacar cualquier información, que luego resulta ser un bulo. Nadie te dice que vas a copiar y pegar teletipos de agencia y que vas a pisar la calle en contadas ocasiones. Nadie te dice que el periodismo honrado es el minoritario, ese que apenas puede sobrevivir. Nadie te habla del clcikbait ni de la excesiva importancia para tu profesión de las redes sociales. Nadie te advierte de que los periodistas acabarán defendiendo los intereses de los privilegiados.

“El periodismo es una profesión de riesgo. El mayor de ellos es el de morirse de hambre”. Con esta frase, que no es mía, empecé mi Trabajo Final de Grado y termino este texto. Para celebrar el Día del Periodista, primero hay que dignificar la profesión. Y eso se hace desde dentro.

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