Llevamos siete meses enfrascados en la formación de un gobierno, y ese designio se ha convertido, parece, en un objetivo en sí mismo: la gran urgencia para todo el mundo es salir de la inestabilidad que genera un gobierno en funciones, que puede resolver los asuntos corrientes pero al que no le es permitido, como parece lógico, acometer nuevas iniciativas. El plazo de provisionalidad es inaudito, y pone en cuestión la madurez de este país, que ya mostró su debilidad en términos socioeconómicos con la reciente crisis –de la que todavía quedan severísimas secuelas: el desempleo sigue estando en el 20% de la población activa-, y que ahora enseña displicentemente su endeblez política: los viejos partidos, supervivientes de la crisis, y las nuevas organizaciones, surgidas de la irritación social, no se ponen de acuerdo para ofrecer a la sociedad española una fórmula de gobernabilidad. Es un fracaso en toda regla, que en algún momento deberá ser objeto de profunda reflexión, no sólo por parte de la clase política sino también de la clase intelectual.
Con todo, y aunque nuestra posición actual sea inquietante por la disfuncionalidad de nuestro sistema institucional, el problema real no es el de la relativa ingobernabilidad sino el de la gran rectificación que hay que hacer después de la dolorosa costalada para reemprender un rumbo ascendente y rectilíneo, lubrificar nuestras estructuras institucionales, resolver las graves disfunciones territoriales y remozar la Carta Magna para que recobre la prestancia perdida a causa del paso de los años y de la evolución de las inquietudes y preferencias ideológicas y sociales. Como ha escrito recientemente el ex secretario general socialista Alfredo Pérez Rubalcaba, que sigue siendo una de las mentes más lúcidas del país, frente a las grandes crisis de Europa y de España, es preciso emprender una política grande y no mirar a los pies, a lo nacional, al beneficio electoral.
Esta es la clave de lo que nos pasa. Mientras la clase política está enfrascada en cuestiones de su propia supervivencia que a nadie interesan –es llamativo que se haya producido la marcha de vacaciones de los principales comunicadores de este país en pleno fragor de la investidura, como si no hubiera realmente nada que contar o como si la ciudadanía, agotada, no sintiera interés por conocer lo que ocurre-, después de que el Reino Unido haya tenido lugar el brexit y cuando en los Estados Unidos nos jugamos todos –no solo los norteamericanos- el ser o no ser, los españoles estamos absortos en la contemplación de nuestro propio ombligo (es patética la pugna entre mediocridades con que nos obsequian los supuestos líderes). Y mientras tanto, los independentistas catalanes están desarrollando su proceso unilateral de independencia ante la mirada perpleja de algunos altos funcionarios del Estado pero sin tener enfrente la contundencia política de una superestructura intelectual que mira hacia otro lado, como si la gran quiebra de la convivencia que está teniendo lugar en el interior de Cataluña y entre Cataluña y el resto del Estado fuera un asunto banal que puede zanjarse apelando a leguleyos profesionales, sin aplicar la pasión que requieren las grandes definiciones de la historia.
Por lo demás, mientras algunos muestran alborozo por el hecho supuestamente positivo de que el paro apenas alcance al 20% de los trabajadores en edad y en disposición de trabajar, olvidando que le desempleo juvenil todavía no ha descendido del 46%, nada serio se hace por empezar a redimir al país de las grandes desigualdades sobrevenidas con la crisis, aplicadas disimuladamente y persistentes todavía hoy, en forma de llamativas exclusiones. Hay reconstruir la clase media, para el que gran proletariado no se nos escape por el sumidero de la desigualdad hacia parajes de confrontación y fanatismo.
En definitiva, la formación de gobierno, con ser urgente, es lo de menos: lo que hacen falta son ideas, proyectos, capacidad de puesta en común de las fuerzas presentes en la tarea de redimir a este país del gran trauma recién vivido. Porque, como ha escrito Rubalcaba al final del artículo mencionado, “solo una política grande nos permitirá recuperar la esperanza y combatir el temor de nuestros conciudadanos”.
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