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Golpe de mano en el PSOE

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Golpe de mano en el PSOE 1

Aunque parece que hay cierto pudor a la hora de desvelar las claves del golpe de mano contra Pedro Sánchez, no debería ocultarse, por razones salubridad pública, que el elemento más delicado del asunto es el posible -¿previsible?- desenlace del amotinamiento. Si después de la irrupción brutal de Felipe González –quien al menos reconoce que todavía no se cree dios, aunque lo parezca en ocasiones- que sirvió de señal de salida a Susana Díaz para tomar los cuarteles de invierno, el motín socialista desembocase en la investidura de Rajoy con los votos del PSOE, el socialismo y su historia centenaria habrían muerto y Podemos podría considerarse con razón el único representante de la izquierda política de este país. No por el apoyo mismo, que era y es perfectamente legítimo en una democracia como la nuestra, sino por el método de haberlo conseguido sus partidarios.

Cuando ya se había desencadenado el despropósito, José Borrell, el más lúcido político socialista de este país, ha recordado a sus conmilitones y a todo el mundo que en los últimos comités federales, ulteriores al 20D y al 26J, se aprobó el “no” a la investidura de Rajoy y nadie se atrevió a proponer siquiera la abstención del PSOE para entregar el gobierno al PP. La conspiración se ha producido en voz baja y entre bastidores, y ha estallado en un motín bien poco democrático. Habría que añadir al recordatorio de Borrell que la preocupación con la gobernabilidad tropezaba, evidentemente, con la opinión de las bases y los electores socialistas, y ello contuvo evidentemente las ansias cooperativas de algunos de los reunidos con el hemisferio conservador.

Así las cosas, es de presumir que los amotinados no tienen el apoyo de las bases, por lo que harán lo posible y hasta lo imposible por no contar con ellas si consiguen finalmente imponerse al aparato encabezado por Pedro Sánchez. Este autismo, en un partido que ya elige mediante primarias a los secretarios generales y a los candidatos a las instituciones, deslegitimaría a los críticos y añadiría confusión y sospechas a sus decisiones. Es difícil y arriesgado tratar de interpretar a las clientelas electorales, pero parece evidente a la luz de lo expresado en las redes sociales que las comparaciones que se han establecido de este amotinamiento con el tamayazo de Madrid y hasta con el golpe del general Casado apoyado por Besteiro en 1939 no sugieren que los electores del PSOE hayan interpretado positivamente el movimiento, que, por lo desproporcionado y brutal, se deslegitima en sí mismo.

Si se excluye la cuestión de la gobernabilidad, el gran argumento que aducen los golpistas es “la sangría de votos” que se ha producido en las sucesivas elecciones a las que ha concurrido el PSOE con Sánchez a la cabeza.

La expresión “la sangría del PSOE” se está utilizando para describir con melodramatismo la pérdida de votos y escaños del Partido Socialista en las elecciones autonómicas del 25S y, por extensión, la que tuvo lugar el 20D en las generales, agravada el 26J. Se suele utilizar para responsabilizar del desastre a la última dirección del PSOE, e incluso para justificar un golpe de mano que a más de uno nos trae a la memoria el célebre tamayazo madrileño; porque bien está que se pida cuentas a los políticos de la gestión que hacen de la representación que ostentan, pero en esta clase de asuntos, como en la vida, conviene atribuir bien las paternidades.

Para efectuar un mínimo recuento que nos permita calibrar lo sucedido en los últimos años conviene recordar que la indignación popular que acabó afectando al sistema de representación emanado de la Transición tuvo su punto culminante en la manifestación del 15 de mayo de 2011, que dio fecha y nombre al movimiento de los Indignados. Podemos no nacería sin embargo hasta enero de 2014, por lo que el bipartidismo imperfecto todavía regía cuando se celebraron las elecciones de 2011, en las que el PSOE, con Alfredo Pérez Rubalcaba al frente, obtenía 110 diputados con el 28,76% de los votos. Había perdido 59 escaños y el 15,11% de los electores desde los 169 escaños y el 43,87% de los votos que Rodríguez Zapatero había logrado en 2008.

Podemos participó por primera vez en unas elecciones estatales en las europeas de 2014, en las que obtuvo cinco escaños y el 7,89% de los votos, suficiente representación para que la construcción de aquel partido todavía balbuciente y germinal fructificara. El bipartidismo empezaba a agrietarse y pronto se vería que el sistema de representación avanzaba hacia una fórmula cuatripartita, con Podemos a la izquierda y Ciudadanos en el centro derecha.

En las primeras elecciones generales a las que concurrió Podemos, las del 20 de diciembre de 2015, esta formación y sus confluencias obtuvieron el 20,68% de los votos y 69 escaños (Ciudadanos, el 13,93% y 49 escaños). La irrupción de las nuevas fuerzas redujo como es natural el espacio de las otras dos, y el PP consiguió el 28,72% y 123 escaños (63 menos que en 2011) en tanto el PSOE, ya con Pedro Sánchez al frente, logró el 22,01% y 90 escaños (20 menos que en 2011). Pese a que Podemos nacía en la izquierda, el partido más damnificado por su nacimiento fue el PP.

Evidentemente, Sánchez consiguió menos escaños que Rubalcaba pero no está claro que se pueda afirmar que logró un peor resultado. No es lo mismo competir con un solo rival de derechas para ocupar un determinado espacio que hacerlo contra tres contendientes, dos de ellos compitiendo en el propio espacio.

Algo parecido puede decirse de lo ocurrido en las elecciones vascas y gallegas de este 25S. En las vascas, el PSE consiguió el 11,94% de los votos y 9 escaños frente al 19,14 y los 16 escaños de 2012. Pero entremedias irrumpió Podemos, que ganó en Euskadi las elecciones generales del pasado 20 de diciembre con el 25,97% de los votos, 15.000 más que el PNV. Evidentemente, el PSOE empeora su posición, pero no se le puede culpar al secretario general de turno de la presencia de Podemos. En Galicia ha sucedido lo mismo: el PSG-PSOE ha bajado, pero Podemos ha irrumpido también con fuerza por primera vez.

Si hay que atribuir responsabilidades sobre esta cuestión, hay que mirar sin duda más atrás: Podemos nace de los errores cometidos por los dos grandes partidos en la génesis y la gestión de la crisis. Para entender la indignación social que cambia el modelo político de este país y arrincona a las grandes fuerzas convencionales, es preciso señalar a quienes fabricaron y alentaron la burbuja, dilapidaron alegremente recursos y erraron radicalmente a la hora de afrontar el gran turbión.

Iberia Navidad
Antonio Papell
Director de Analytiks

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