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¿Hacia un gobierno en Cataluña?

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Bandera de Cataluña

Cuando se escriben estas líneas, todo indica que el primer fin de semana de mayo será el de la decisión de Puigdemont de auspiciar la formación de un gobierno en Cataluña que recupere las instituciones del autogobierno. Los intentos de investir a Puigdemont, a Sánchez y a Turull han fracasado y la opción alternativa a proponer a un candidato ‘limpio’ sería celebrar nuevas elecciones, algo que habrá que hacer en todo caso si el día 22 no se ha resuelto el asunto (ese día cumple el plazo de dos meses desde la primera votación de la investidura de Turull, que no prosperó, de forma que quedarían convocadas automáticamente nuevas elecciones autonómicas). Elsa Artadi, portavoz del JxCat en el Parlament, ex militante del PDeCAT (se dio de baja poco antes de las elecciones autonómicas de 2017), directora de campaña de JxCat, sería la personalidad que suscitaría el mayor consenso nacionalista, y de hecho ERC ya ha prestado su conformidad, bastante cálida, a su investidura.

El problema consiste en que Artadi, una brillante economista doctorada en Harvard que entró en la Generalitat de la mano de Mas-Colell, no será del agrado de la CUP; el escollo podría salvarse si pudieran votar por delegación Puigdemont y Comin, pero Ciudadanos ya ha recurrido tal autorización ante el Constitucional, por lo que las fuerzas nacionalistas podrían no consumar la investidura… En cuyo caso las elecciones serían en principio inevitables ya que la CUP sólo está dispuesta a votar/investir a Puigdemont por una cuestión de fuero. De hecho, la CUP no hace más que recitar su papel antisistema.

Habrá que ver, en fin, si se avanza hacia la investidura (que podría estar en manos del Constitucional por la razón apuntada) o si no habrá más remedio que asistir a una nueva consulta, de resultado imprevisible pero que, por lógica, no arrojará resultados muy distintos de los del pasado diciembre.

Si se forma gobierno, el desarrollo posterior dependerá de cuál sea la decisión de Alemania con relación a Puigdemont. Si es extraditado, nos encontraríamos con grandes posibilidades de que arrancara un proceso de normalización: las instituciones recuperarían su actividad en el marco estricto del Estado de Derecho y se retiraría la intervención estatal.

Sin embargo, conviene recordar que el pasado 8 de marzo los ‘nacionalistas democráticos’ —es decir, JxCat y ERC— acordaron una fórmula tramposa de retorno al poder de la que todavía no se han desdicho, y que continúa por tanto siendo verosímil en el supuesto de que Puigdemont no sea extraditado por Alemania a España. En virtud de aquel acuerdo, el expresidente de la Generalitat mantendría el poder efectivo mediante la presidencia del Consejo de la República, en el exilio, que impartiría las instrucciones oportunas a un gobierno títere que operaría en Cataluña. Aquel dirigiría la campaña internacional de propaganda y este dirigiría las labores de agitación callejera y social.

En definitiva, tal salida bicéfala constituiría un flagrante fraude de ley que no normalizaría la economía catalana, ni pacificaría la confrontación interna entre unos hemisferios en radical desacuerdo, ni facilitaría una relación fluida entre las instituciones catalanas y las estatales. Naturalmente, este desarrollo requeriría la aquiescencia de Artadi, quien por su biografía fuerte no parece un personaje manejable, pero la vehemencia patriótica puede propiciar lso más inefables sacrificios.

Si finalmente los acontecimientos se desarrollan según este escenario pesimista, que encerraría una radical deslealtad, no parecería posible que el Estado se resignase a convivir con tan delirante esquizofrenia independentista, lo que pondría en duda la pertinencia de levantar el artículo 155 antes de tiempo: el reconocimiento del regreso a la normalidad no debería tener lugar en tanto no se constatase que la situación es efectivamente la que hace innecesaria y ociosa la aplicación de cautelas y de medidas excepcionales.

Hoy por hoy, todo indica que la práctica totalidad de lo que es y representa ERC y una gran parte del PDeCAT —es decir, la mayor parte del nacionalismo democrático menos algunos miembros del club de fans que jalean a Puigdemont y forman su entorno mas cercano— desea un retorno leal a la legalidad, para plantear con nuevas premisas un proyecto independentista conciliable con el Estado de Derecho y con la voluntad de Europa. Pero el expresidente conserva el liderazgo épico que nadie se atreve a contradecir en público por respeto a una legitimidad moral que ya es sólo pura fabulación (quien lo haga será, ya se sabe, traidor y ‘botifler’).

Lo lógico sería que los nacionalistas le dijeran claramente a Puigdemont que los intereses generales de Cataluña obligan a prescindir de la teatralización que él pretende conservar a toda costa y que ya es hora de bajar de la nube y adaptarse al proceso posible, que es el de regresar al marco constitucional. Bromeaba hace poco el director de La Vanguardia con el miedo escénico insuperable que les entra a los conmilitones de Puigdemont cuando están en su presencia, de forma que no encuentran las palabras para decirle lo más pertinente. Ya está bien de liturgias que están costando un alto precio a los ciudadanos de una Cataluña que aún está a tiempo de rectificar antes de irse definitivamente a pique.

Antonio Papell
Director de Analytiks

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