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Homofobia: cómo se genera el odio

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Homofobia lgtbu

El concepto de odio es polisémico e inconcreto en nuestra lengua. Por un lado, refleja detestación con un sustrato más intelectual que intuitivo: se odian las ideas autoritarias, se odia al traidor o al felón… Por otro lado, el odio es un impulso destructivo hacia lo que nos genera repulsión instintiva, que suelen ser lo ignoto de los otros, lo que en ellos nos refleja e interpela. “El infierno son los otros”, dice un personaje de Sartre en A puerta cerrada, y ello hace que en todo hombre esté la sombra de un verdugo.

“El infierno son los otros”, dice un personaje de Sartre en A puerta cerrada, y ello hace que en todo hombre esté la sombra de un verdugo.

Los delitos de odio están emparentados con esa segunda acepción, y se han intensificado últimamente a un ritmo de más del 10% anual según los datos oficiales, con un crecimiento aún más alarmante de los relacionados con la identidad sexual, con la homofobia o, más concretamente, con la lgtbfobia. Estas líneas se escriben cuando en el país ha cobrado cuerpo y forma la preocupación por este asunto —el presidente del Gobierno presidió este viernes una reunión de la comisión de seguimiento del Plan de Lucha Contra los Delitos de Odio— a pesar de que haya resultado falsa la última brutalidad cometida en este penoso segmento discriminatorio: el joven veinteañero de Malasaña que denunció una horrible y cruenta humillación se lo había inventado todo.

Algunas voces inteligentes han salido a preguntar si no será también víctima de una alienación grave quien, en un mundo que no le acoge, comete semejante equivocación, relacionada con una marginalización que es el gran determinante de que los homosexuales jóvenes tengan que formarse guetos para defenderse del ahogo ambiental y, como es bien patente, también de la amenaza física, a menudo indeterminada pero bien palpable y visible para quien tenga ojos para ver.

Esta burda mentira, que nadie sabe adónde conduce —el desequilibrio y la racionalidad casi nunca van a de la mano—, lanzada por un iluminado con enfermizo afán de notoriedad, ha constituido un duro golpe contra los homosexuales, que habían reaccionado con legítima ira ante la afrenta inexistente, pero también ha sido un alivio para toda la sociedad porque hemos constatado que la animosidad contra el diferente no alcanza por fortuna unas dimensiones tan brutales.

Pero la animosidad existe, y todavía nos bulle a todos en la memoria el asesinato cruel de Samuel, el joven gallego que fue pateado hasta la muerte por un grupo de salvajes en La Coruña, que cometieron el macabro crimen al infamante grito de ‘maricón’. Y este caso gallego no ha sido más que la punta de un penoso iceberg formado por un rosario de cientos de agresiones, menosprecios, insultos, ofensas callejeras, miradas condenatorias de soslayo, que forman parte del día a día de quienes disuenan de las pautas marcadas: las otras razas, las otras sexualidades, están siendo cohibidas ambientalmente…

No es exagerada la evocación de los años treinta alemanes, cuando germinaba el nazismo sobre un ambiente distendido de creciente rechazo a los judíos, de modo que acabó fraguando la radical división en las dos categorías de ciudadanos: el Volksgenossen (compañeros de la nación), formado por la raza aria, y el Gemeinschaftsfremde (residentes), que no pertenecían al cuerpo histórico y cultural de Alemania, y que incluía a los judíos, los gitanos, los miembros de las comunidades lgtbi, los “asociales hereditarios” y los discapacitados físicos o mentales.

El hecho de que esté teniendo lugar una evidente y agresiva discriminación de las comunidades lgtbi, más o menos potente pero indiscutible puesto que está tasada en las estadísticas oficiales, y el de que la tendencia de semejante patología sea ascendente, abre una cuestión clave: la de si existen responsabilidades más elevadas y difusas en la generación del clima en que tales brutalidades se prodigan con mayor frecuencia e intensidad. Javier Ortega Smith ha tenido la indecencia de condenar “todo tipo de violencia” al referirse al falso crimen de Malasaña, pero ha añadido que «la violencia tiene una causa directa con la entrada masiva de inmigración ilegal». Alguien ha tenido que recordarle que, en el caso de Samuel, el único que salió en su socorro, con grave riesgo de su vida, fue un inmigrante ilegal, quien nos dio a todos una impresionante lección de civismo. Tras descubrirse la mixtificación de Malasaña, Vox se ha desahogado, con la bajeza moral que cabía esperar.

El presidente Sánchez ofreció el pasado miércoles unos datos estadísticos iluminadores sobre la idiosincrasia de este país: el 91% de los participantes en una encuesta no tienen impedimento alguno en proclamar que algún miembro de su familia es homosexual. Este porcentaje asombroso contrasta con el 61% de los norteamericanos y con el 55% de los franceses, lo que explica la tolerancia visceral que caracteriza a esta ciudadanía nuestra, sana y mestiza, acostumbrada a realidades multirraciales y hedonista por el clima, la cultura y la historia.

En este marco, la prédica de la singularidad racial, de ese patriotismo egoísta y rupestre que hace que miremos por “los nuestros” y los protejamos de “los otros”, genera desconcierto y difunde una espesa niebla de desconfianza y miedo. Como el viento del sur, que decían que recalentaba las conciencias, el viento ultra desatenta los circuitos habituales de convivencia, generalmente abiertos y generosos, y ese resquemor insidioso que se nos quiere infundir abona complejos de inferioridad, temor al diferente, apego enfermizo al clan y verdadero odio a lo desconocido, a lo que no se entiende, a lo que se desconoce.

Vox condena —dice— toda violencia, pero al mismo tiempo asegura que la paz solo llega cuando hemos creado una sociedad perfectamente homogénea, cerrada introspectivamente sobre sí misma, apegada a la misma tradición y fiel a idénticos principios. Esta castradora pretensión uniformizadora es sencillamente inicua en un mundo globalizado en que estamos buscando caminos de concordia y en que la multiculturalidad deberá ser la base de la mayor riqueza.

Vox no instiga, en efecto, de manera directa la violencia salvaje, la homofobia, la violencia de género (sabe que el partido podría ser ilegalizado si tuviera la osadía de decir claramente lo que piensa), pero comprende a los violentos y nos culpa a los demás de no haber creado una sociedad autoritaria y perfecta, basada en una raza superior, en que tales crímenes fueran imposibles. Nefasto influjo que nos está costando muy caro y al que debemos combatir con toda la fuerza de nuestra inteligencia.

La víctima de Malasaña

Que nadie use, pues, este caso fallido para desacreditar el terror de quienes, en este país y a día de hoy, se sienten inseguros por ser quienes son.

La historia ha dado numerosas vueltas estos días: nos ha sobrecogido la denuncia falsa de un joven homosexual que aseguró que había sido agredido por ocho encapuchados que le habían tatuado en el glúteo la palabra ‘maricón’ con intenciones homofóbicas. Es bien evidente el daño que esta mendacidad ha producido a la lucha contra la homofobia, con un efecto parecido al que produce una sola mentira en el ámbito de la violencia de género, que es utilizada por los maltratadores para intentar desacreditar las denuncias de las mujeres agredidas. Pero el asunto no debería cerrarse con tanta rapidez porque tiene recovecos que conviene explorar.

En un mundo saludable, en el que fuera plenamente asumida la diversidad —racial, sexual, identitaria— y perfectamente interiorizada la equiparación entre el hombre y la mujer en todos los sentidos, el extraño comportamiento del joven de Malasaña hubiera sido absurdo e inverosímil, y por lo tanto no hubiera seguramente llegado a ocurrir.

Lo que nos debe preocupar de este caso no es, en fin, que nos haya mentido una falsa víctima, sino que el relato, rocambolesco desde el principio, resultase hasta cierto punto verosímil para casi todo el mundo. La sombra de todas las demás víctimas de la homofobia, que sí son reales, ha dado cobertura a quien, por ser homosexual, vivía con el miedo inherente a ello y quién sabe si se desequilibró por la propia amenaza. Que nadie use, pues, este caso fallido para desacreditar el terror de quienes, en este país y a día de hoy, se sienten inseguros por ser quienes son.

Antonio Papell
Director de Analytiks

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