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Jóvenes sobradamente desesperanzados

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Jóvenes sobradamente desesperanzados 1

Un domingo de cada mes nos reunimos en un bar de mala muerte (o low cost, que es como se llaman ahora a las cosas que son una mierda) cuatro amigos, de entre 25 y 28 años. Y quedamos, como es costumbre, para ver cada cinco minutos nuestros móviles, ignorarnos un poco, protestar y discutir sobre algo. En esta ocasión, me dio por mencionar cierto artículo que leí en la red. Se titulaba ‘Por qué las terrazas están llenas si la gente no tiene un duro: una teoría sobre tu futuro’ y lo firmaba Hector Barnés en El Confidencial (ver). “Las terrazas están llenas, entre otras razones, porque la gente no tiene dinero para más”. Pues era verdad, la terraza en la que nos encontrábamos estaba repleta. ¿Estarían el resto de mesas compuestas por jóvenes como nosotros?

Siempre acabábamos ahí por un motivo: porque se come mucho pero mal. Lo uno por lo otro. Es el “no te quejes, que al menos tienes trabajo” en versión gastronómica. Con una cerveza te dan un plato de algo que está muy lejos de ser unas patatas bravas, otro de pan descongelado la semana anterior con una loncha de plástico con sabor a jamón serrano y unos finger de queso bien fritos, bien grasientos. Así que pedimos dos cervezas, nos dejamos cinco euros y merendamos y cenamos. Y no es que nos guste ir a estos antros, pero es que no nos queda otra. Hemos aprendido (o nos han enseñado u obligado) a resignarnos con todo.

Entonces aparcamos los móviles por unos instantes y empezamos a comparar situaciones para ver quién era el más precario, y comprobar si las cifras de los organismos oficiales, o las que arrojan las investigaciones son más o menos correctas. Por ejemplo, lo que dice UGT en el Panorama del empleo joven (ver) tras analizar los datos de la Encuesta de Población Activa (EPA) del primer trimestre. Según el documento, en España, el 56 % de los trabajadores menores de 30 años tiene un contrato temporal (el 73 %, en el caso de los menores de 25 años).

Uno de nosotros es del norte, pero lleva en Madrid desde que comenzó la carrera. Ha terminado periodismo y publicidad y ha hecho un máster que le ha permitido trabajar como becario (porque , se trabaja, aunque muchos se empeñen en decir que están aprendiendo) en las mejores empresas de publicidad del momento –creo que en alguna de ellas incluso le llegaron a pagar, todo un privilegio–. El máster, nada barato, le ha llevado por varios países del mundo. Al volver a Madrid pensó que las agencias se rifarían por contar con alguien como él, un tipo que además no va nada mal de idiomas.

Después de no encontrar nada en un mes, decidió aceptar unas prácticas que le ofrecieron. Le dijeron que 300 euros al mes, 25 horas semanales. No le dijeron que, en realidad, iban a ser 35 horas. Tampoco le comentaron que, si había trabajo que corría prisa, debía echar horas extra. Y se les pasó mencionarle que, quizá, si el ritmo de trabajo era abultado, tenía que trabajar los fines de semana o los puentes. Primero tragó con la jornada completa. Luego se puso firme y, cuando su jefe le echó en cara que se marchase “a su hora”, es decir, a las 19.00, le recordó que él era becario, que cobraba como tal y que su rol en la empresa debería de ser distinto al que le estaban dando. “Es que así se trabaja en todas las agencias; si no lo aceptas, mal vas a ir”, le dijo, si no me falla la memoria.

[pullquote]Hemos llegado a un punto en que pagar 800 euros a una persona es mucho[/pullquote]

Se fue de allí. “Una cosa es que sea joven y otra, que sea gilipollas”, comentó. Otra vez a mandar currículos. De momento no ha conseguido nada, y a punto está de tener que volver a su casa, con su madre. Pero antes, le entrevistaron para otra agencia de publicidad. Pedían que se diese de alta como autónomo, y él estaba dispuesto si le pagaban, como mínimo, 800 euros. “Le debió de parecer mucho, por la cara que puso… pero vamos, que no me han llamado”, relataba con tristeza. Hemos llegado a un punto en que pagar 800 euros a una persona es mucho. Los hay incluso que, como Beatriz Astolazabal, la consejera vasca de Empleo y Políticas Sociales, consideran que con 600 euros al mes se tiene una vida digna garantizada (ver). Y no se le cae la cara de vergüenza.

Nos pedimos otra caña porque el calor apretaba y otro de nosotros empezó a hablar. “Pues yo, gracias a –o por culpa de– una ETT [Empresas de Trabajo Temporal], llevo ya dos meses trabajando”. Este colega, el único latinoamericano de nuestro pequeño grupo, me dijo lo que le pagaban cada hora. No lo recuerdo muy bien, pero echando el cálculo llegué a la conclusión de que eran unos 600-700 euros al mes, con sus fines de semana. No tiene estudios más allá de la ESO, no tiene idiomas. “Solo tengo estudios para ser camarero, o segurata”, nos dijo. Le preguntamos que por qué no buscaba en algún bar y nos dijo que no quiere saber nada de la hostelería. “En el último sitio donde estuve me trataron fatal, la jefa nos humillaba; en el anterior, un bar de barrio, estuve tres meses sin contrato, doblando la jornada y tan solo con un día de descanso… No quiero volver a la hostelería, ojalá me quede donde estoy”, zanjó.

Este amigo nuestro es el mayor del grupo, el que más cerca ve el abismo de la treintena, así que le pregunté que cómo iba eso de irse de casa, que si había mirado pisos, que si tenía intenciones de abandonar el nido. “Con lo que gano no me da ni para el alquiler y los gastos”. No hice más preguntas. Su caso es el mío, el nuestro (salvo, de momento, el del norteño), el de toda una sociedad. “Según la última encuesta del Instituto Nacional de Estadísticas (INE) sobre los hogares en España, el 54,1 % de los jóvenes de entre 25 y 29 años continuaba en 2016 viviendo en el hogar familiar”, les dije.

Se hizo un silencio incómodo con la llegada del camarero. El chaval no debía de ser mayor que nosotros. ¿En qué condiciones estaría trabajando? ¿Viviría también con sus padres? Pero en cuanto se fue, continuamos charlando. Mientras yo me limitaba a escuchar, preguntar y tomar notas mentales, el tercero de nosotros empezó a hablar. Nos contó que el año pasado pudo emanciparse a sus 24 años, pero que tuvo que volver a casa de sus padres y que ahora tiene un trabajo que le da para ayudar en casa, pagar la letra del coche, que por aquel entonces pensó que era buena idea comprarse uno, y costearse sus vicios. Poco más. Dice que quizá venda el automóvil porque ya casi no lo utiliza y que lo que más le entristece de todo es no ver nada claro su futuro. “Tengo en mente varios proyectos, pero sin dinero no voy a ningún lado; en mi trabajo no puedo ascender y, encima, absorbe todo mi tiempo, salgo de casa a las 8.00 y llego a las 20.00”.

Imposible tener una vida más allá del trabajo, salvo los fines de semana (eso si la jornada es de lunes a viernes, claro). Imposible emanciparse. Imposible hacer planes de futuro a largo plazo. Esa es la conclusión que sacamos de aquel domingo. Nos terminamos las cervezas y las tapas y pedimos la cuenta. “Qué hacemos ahora?”, preguntó uno. “Rezar, que es el consuelo low cost”, dijo otro.

Sergio García M.

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