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La crisis de la izquierda europea

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Las primarias del PSOE no van a ser una consulta pacífica, según los indicios que ya se acumulan. La desconfianza entre los candidatos ha aflorado y se manifiesta en asuntos cruciales como la financiación de las campañas, la disposición de censo, la limpieza de las afiliaciones, etc. Y nadie le puede extrañar este mar de fondo cuando la crisis actual se debe a un golpe de mano que descabalgó con malas artes al anterior secretario general, sin que sus adversarios fueran capaces de plantear claramente en el comité federal cuál era el motivo del disenso: facilitar o no la gobernabilidad permitiendo la investidura de Rajoy. Como el propio presidente de la gestora, Javier Fernández, reconoció en un rapto de honradez intelectual, nadie quiso abanderar aquella causa, que quizá hubiese inhabilitado a su promotor en el futuro, y se optó por la marrullería y la cuartelada. Es claro, en fin, que semejante fractura tiene difícil arreglo, al menos a corto plazo.

En España, la crisis del PSOE bloquea en la práctica la alternancia política y debilita el parlamentarismo. Pero el fenómeno no es solo español: la crisis de la izquierda está adquiriendo proporciones inquietantes en toda Europa, y amenaza con descentrar unos sistemas políticos que habían pivotado durante décadas en pos de un equilibrio entre el centroderecha liberal y el centro izquierda socialdemócrata. Salvo en Alemania, donde la incorporación del socialdemócrata Martin Schulz a la política interna después de brillar en la política europea ha lanzado a sus conmilitones a sensaciones cercanas a la euforia ya que le han nombrado presidente del SPD con el 100 % de los votos (su predecesor, Sigmar Gabriel, sólo logró el 74 %). Todo indica que Schulz, que obtiene en las encuestas un 31 % (en las generales de 2013 el SPD logró el 25,7 %) disputará la cancillería de igual a igual a Angela Merkel en las elecciones federales del próximo 24 de septiembre.

Pero no hay engañarse: en Holanda, el PvdA ha pasado del 24,8% de los sufragios en 2012 al 5,7% en 2017, lo que significa descender de los 38 escaños a 9. Las razones son lógicamente complejas pero sin duda ha influido la percepción de que el ministro de Economía y presidente del Eurogrupo, Jeroen Dijsselbloem, encuadrado en el gobierno del liberal-conservador Mark Rutte, ha sido el promotor de las medidas de austeridad, no sólo en su propio país sino en toda la Unión Europea.

En Francia, donde el presidente Hollande, desahuciado por las encuestas, no se ha atrevido a insinuar siquiera la posibilidad de presentarse a la reelección, su primer ministro, Valls, perdió las primarias, que ganó Benoît Hamon, considerado radical en exceso y quien, si no se produce un milagro, ni siquiera llegará a la segunda vuelta (los sondeos le ubican en cuarto lugar y le vaticinan un apoyo del 13 %). Buena parte del socialismo francés se está aproximando al centrista François Bayrou, quien a su vez está cada vez más cerca del europeísta sin partido Emmanuel Macron, hoy por hoy el candidato con más posibilidades de batirse con Le Pen y de convertirse en el presidente de Francia si el electorado francés actúa democráticamente y con racionalidad.

En Reino Unido, el laborismo, de la mano de Jeremy Corbyn, está a punto de convertirse en una fuerza marginal. Incapaz de defender la europeidad frente al conservadurismo particularista y pueril de Cameron, impotente ante un referéndum de desconexión que no parecía incumbir a los laboristas, el mediocre líder del centro izquierda va ahora a remolque de May en el proceso de salida de la Unión Europea, en el que tampoco parece tener opinión ni voz.

Y en España, la izquierda, que no encontró el modo correcto de enfrentarse a la súbita crisis global de 2008, salió del poder por la puerta de atrás en 2011 y se sumió en un extraño vértigo autodestructivo del que está muy lejos de haber salido todavía. A pesar de que el populista Podemos ha cometido el error histórico de abandonar sus pretensiones de transversalidad y ha optado por confinarse en el mismo nicho que ya ocupaba Izquierda Unida, el PSOE está ensimismado en sus conflictos de identidad después de haberse fragmentado internamente en unos absurdos reinos de taifas autonómicos. El gran debate socialista es estratégico y versa sobre si debe cooperar con la derecha en una gran coalición o buscar aliados por la izquierda en pro de un gobierno de ese signo, sin que se eche de menos de momento una propuesta realista y atractiva que sirva de alternativa al centro-derecha que ha generado una gran desigualdad con su gestión de la crisis.

De momento, Bruselas, inspirada por criterios neoliberales, marca las pautas, que los países, sea cual sea su inclinación, acatan sin plantear debate (este ha sido el papel de Hollande, por ejemplo). Y tampoco se advierte en la familia socialdemócrata una especial preocupación por descubrir e implementar un discurso, bien para persuadir a Bruselas, bien para adaptar los mandatos comunitarios a criterios progresistas. La confusión es grave, y no se ve el modo de que alguna luz nos saque del actual bloqueo.

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